Un retroceso muy grave, que pone de manifiesto dos cosas. Una primera, que viene a confirmar que somos la única especie en el planeta que teniendo conciencia de lo que somos y hacemos, y de las consecuencias que provocan nuestros actos no pone remedio a unas actuaciones que pueden llevar a la destrucción de la Tierra y a la extinción de la especie. Otra, que solo si los ciudadanos nos movilizamos activamente, los gobernantes antepondrán el interés general a los particulares del poder económico.

En 1992 la humanidad dio, con la aprobación de la Convención de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático, un paso importante al plantear como objetivo común el cuidado del planeta y la disminución de las emisiones de gases de efecto invernadero para poner fin al calentamiento global.

La cuestión del medioambiente daba un salto cualitativo decisivo acorde con su transcendencia, al colocarse en el primer plano de las inquietudes de la agenda internacional y reconocerse que era necesario un esfuerzo global, coordinado entre todos los países, para modificar el modelo de crecimiento económico que estaba agotando los recursos y destruyendo el planeta, con graves consecuencias para las personas.

Estos avances se confirman en 1997, con el llamado Protocolo de Kioto, que con un periodo de vigencia hasta 2012 planteaba compromisos concretos a cumplir por los firmantes. Pero también resurge con fuerza la oposición de Estados decisivos en el problema, como EE.UU que no lo firma.

Comienza la cuesta abajo que se visualiza en Copenhague, en 2009, cuando se tienen que prorrogar los trabajos ante la falta de voluntad política para acordar nuevos compromisos y lograr la aplicación plena de lo anteriormente firmado. Sigue en Cancún, en 2010, aunque se acuerda la creación de un Fondo Verde para financiar a los países en desarrollo en su adaptación a tecnologías no contaminantes y mitigar el cambio climático hasta 2020. Y ahora llega a Durban, donde era urgente y una oportunidad establecer medidas vinculantes para que los países desarrollados redujeran la emisión de gases de efecto invernadero, y para que se pusiera en marcha el Fondo Verde. Objetivo no cumplido.

Las consecuencias son evidentes y claras. Por una parte, no se cumplen los acuerdos firmados para proteger el medioambiente. Y por otra, no se avanza en nuevas medidas necesarias. Un ejemplo que confirma lo dicho es donde están los 100.000 millones de dólares que se prometieron en Copenhague para ayudar a los países más pobres a combatir el cambio climático. Lamentablemente en ningún sitio.

Lo evidente del fracaso se ha pretendido enmascarar con el acuerdo de prórroga del Protocolo de Kioto, que aunque es el único con carácter vinculante, ahora en la letra pequeña, con una nueva clausula incorporada, podría dejar de ser legalmente vinculante.

Decía Machado que difícil es cuando todo baja no bajar también. Eso es lo que está pasando con el cambio climático, por culpa del interés cortoplacista del poder económico que domina mucho del poder político en numerosos países.

Si queremos cambiar el rumbo de los acontecimientos debemos activarnos como ciudadanos y exigir a nuestros gobiernos compromisos claros y vinculantes a nivel nacional pero también a nivel internacional. Si queremos derrotar a la contaminación y acabar con la degradación del planeta tenemos que ser protagonistas activos de un movimiento global que cambie el modelo económico y productivo. Lo podemos hacer porque caminante no hay camino se hace camino al andar.