Las responsabilidades vendrán después, ahora es el momento de la acción. Y la acción consiste, como señalaba Tomás Gómez en la Asamblea de Madrid, en garantizar la salud pública; en atender adecuadamente a la enferma; en revisar los protocolos y reforzar los dispositivos de protección y vigilancia epidemiológica; y en crear Gabinetes de Crisis y poner a su disposición todos los medios para la atención de casos sospechosos. Los protocolos son inútiles sobre una mesa o colgados en una pared; exigen formación, entrenamiento, ensayos, simulación. La existencia de un protocolo no aporta ninguna protección, lo que protege es su implantación.

Hay que investigar qué pasó para evitar más contagios. Hay que saber qué atención recibió la enferma desde que sintió los primeros síntomas hasta su ingreso en el Hospital Carlos III. Hay que saber por qué una persona, en vigilancia epidemiológica por su contacto profesional con los pacientes de Ébola, tras presentar sus primeros síntomas, ha tardado varios días en ser atendida como requería su caso, y ha sido dirigida a la Urgencia de un hospital general en lugar de a una unidad especializada en atender estos casos. Hay que saber los preparativos que se realizaron en relación al Ébola: equipo responsable, elaboración de protocolos, difusión de los mismos y formación de personal sanitario, instrucciones para la atención a casos sospechosos, etc. Hay que saber si los equipos de protección personal eran los adecuados o no. Hay que saber e informar de todo para estar más seguros.

Lo que no se puede permitir es que se intente criminalizar a la persona enferma, centrando la información en si actuó bien o mal, o en qué falló, cuando ha arriesgado su propia vida para intentar ayudar a otras dos personas enfermas de Ébola. Y mucho menos, decir en la Asamblea de Madrid que la enferma “mintió” y “ocultó” información.

La noticia del primer contagio del virus del Ébola fuera del continente africano, que se ha producido en Madrid, ha causado alarma y gran preocupación en la sociedad española, y especialmente en la madrileña. Esta situación, muestra, con toda evidencia, la fragilidad sobre la que se asientan muchas de las “seguridades” sobre las que vivimos y de las “certezas” sobre muchos riesgos de los que nos creemos a salvo, porque ocurren en lejanos países que aparecen en las noticias o los telediarios.

De pronto, hemos recordado que habitamos en una sociedad del riesgo y con riesgos. Un mundo inseguro, donde por estar en Europa vivimos con una elevada sensación de seguridad, protección e inmunidad. En un mundo global los factores de riesgo se multiplican. Por ese motivo, es preciso conocerlos, estudiarlos, prevenirlos y darles solución cuando se presentan.

Cuando hace unos meses, e incluso antes de producirse este contagio, hablábamos o escuchábamos algo sobre el Ébola, nos parecía algo terrible pero lejano. Terrible, porque según la Organización Mundial de la Salud (OMS) los brotes de enfermedad por el virus del Ébola tienen una tasa de letalidad que puede llegar al 90 por ciento. Lejano, porque siendo una enfermedad que surgió en Sudán y la República Democrática del Congo en 1976, cuando aparecía, lo hacía en África (Uganda, República Democrática del Congo, Sudan, Gabón, Congo, Guinea, Liberia, Sierra Leona, Nigeria…) Pero ahora está aquí.

La vulnerabilidad del mundo globalizado en el que vivimos se nos ha presentado cara a cara y de repente. Casos como este, muestran lo rápido que cambia todo y la necesidad de estar preparados, por muy seguros que nos podamos sentir. Es hora de la acción y de unos Gobiernos que estén a la altura de lo que está en juego. No son sus cargos o su imagen, sino la salud pública de los españoles.