El primer y gran obstáculo que se encuentra la izquierda en este camino es el la creencia extendida en torno a la inevitabilidad de la crisis y de las consiguientes políticas de ajuste. Pareciera como si la hecatombe sufrida en la economía europea se debiera a una especie de fenómeno natural ajeno a las responsabilidades humanas, y que los recortes brutales de los derechos ciudadanos figuraran en el vademecum económico como la única receta efectiva para salir del agujero. La propia izquierda gobernante ha colaborado de forma errónea en tal falacia.

La prioridad, por tanto, pasa por denunciar el relato falso y construir uno nuevo y ajustado a la realidad. La crisis que sufrimos los europeos no tiene que ver con las placas tectónicas del subsuelo, sino con el desarrollo de un modelo económico concreto: el capitalismo especulativo, desregulado y depredador de derechos. Y la estrategia del austericidio solo está contribuyendo a aumentar el desastre de la recesión, el paro y la precariedad social. Durante las últimas semanas se han hecho públicas algunas informaciones que ayudarán a explicar estos hechos.

El economista jefe del Fondo Monetario Internacional, Olivier Blanchard, acaba de firmar un informe escandaloso, que desautoriza totalmente las recomendaciones de ajuste drástico realizadas sobre las autoridades económicas de la Unión Europea y sus Estados. Blanchard y sus hombres de negro, todos con títulos en la Escuela de Chicago y los Goldman Sachs, reconocen “errores de previsión en el cálculo de los efectos de las políticas de ajuste sobre la producción y el empleo”. Es decir, que durante los cuatro últimos años han marcado un camino que solo lleva a profundizar el deterioro de la economía y el sufrimiento de los europeos.

Y ya está. No ha dimitido nadie. Resulta que sus “multiplicadores fiscales” fallan más que las escopetas de feria, y que han estado retorciendo el brazo de los gobiernos de Grecia, de Irlanda, de Portugal, de España… para que aplicaran sacrificios brutales sobre sus poblaciones, y que todo ha sido inútil, contraproducente incluso. Pero ni Blanchard, ni Lagarde, ni su antecesor Rato, ni nadie ha pedido perdón o, aún más sorprendente, no han requerido una rectificación en la estrategia errada. Después de firmar este informe vergonzante, los propios subordinados de Blanchard han recomendado incomprensiblemente al gobierno portugués una nueva vuelta de tuerca para reducir aún más el gasto público y los derechos sociales.

Pero este informe sí debe servir a la izquierda para desenmascarar a la ortodoxia neoliberal fracasada. Tras la espantada de Blanchard, ya solo quedan dos explicaciones para la persistencia de la estrategia austericida en la economía europea: la ideológica y la del interés alemán. ¿A quién le conviene continuar con el ajuste, a pesar de la recesión y el paro? A quienes usan la crisis como coartada para imponer un modelo de sociedad segregador y sin derechos, y a quienes desde Alemania buscan la ventaja propia sobre el sufrimiento ajeno. Esta es la realidad.

Ahí están los últimos datos de contabilidad del paro en Europa y en Estados Unidos para corroborarlo. Según Eurostat, las políticas de ajuste ejecutadas desde Frankfurt han provocado un aumento del paro en la zona euro hasta el 11,8% en 2012 (el 26,6% en España). Mientras tanto, las políticas de crecimiento aplicadas desde el Gobierno Obama y la Reserva Federal han logrado recortar el desempleo hasta el 7,8% en el mismo año. Para Merkel y Rajoy, lo primero es atender al déficit, después al paro. Para Obama y Bernanke, primero se atiende al paro y después al déficit. ¿Quién ha dicho que solo hay una receta? No, hay más de una, y con resultados bien distintos.

La crisis no ha surgido como la lluvia o el viento, de forma natural. No. La crisis ha sido la consecuencia directa de una política equivocada, de derechas, que puede resumirse en el capitalismo especulativo, desregulado y depredador de derechos. Y las políticas de ajuste impuestas desde la derecha alemana y aplicadas con fruición por la derecha española solo conducen a profundizar el agujero en el que nos estamos enterrando, como reconoce uno de sus principales inspiradores, el mismísimo economista jefe del FMI, sin haber dimitido inmediatamente, eso sí.

Hay otro camino. Hay una economía distinta. No se trata de reivindicar el sovietismo, pero es preciso señalar al capitalismo depredador como el enemigo a combatir. La socialdemocracia debe renovar su proyecto sentando las bases de una nueva economía del bienestar: una economía de mercado sí, pero con reglas para el desarrollo económico sostenible, y con garantías para la plena vigencia de los derechos sociales, laborales y de ciudadanía.

Las políticas para salir de la crisis han de ser políticas que estimulen un crecimiento equilibrado y sostenible, con mecanismos fiscales progresivos y con nuevos modelos de desarrollo, fundamentados no en el burbujeo especulativo periódico, sino en el emprendimiento eficiente, el avance de la educación y el conocimiento, la apuesta por la innovación, la capacitación logística y tecnológica, la sostenibilidad ambiental…

Y si hay algo que la izquierda debe abanderar en su nuevo relato económico es la bandera de la igualdad social como palanca para el desarrollo justo y el progreso colectivo.

No. No somos lo mismo.