Empecemos a ponernos de acuerdo en algunas cosas. Primero, es necesario y urgente que el profesor/maestro vuelva a tener “autoritas” ante sus alumnos. Segundo: la formación es una competencia escolar, mientras que la educación es un concepto mucho más amplio que afecta al conjunto de la sociedad.

El problema de la falta de disciplina y autoridad no viene de ahora. Se ha ido larvando desde hace tiempo y es producto de un desarrollo cultural y social que aún estamos madurando. Empecemos a descartar los elementos de responsabilidad: se ve demasiada televisión (y no sólo en temas de violencia, sino que nuestros adolescentes copian modelos de las series americanas para jóvenes); nuestra sociedad de consumo propicia “dar” a los jóvenes todo lo que piden para que no les falte de nada; muchos padres desacreditan la autoridad de los profesores; y nuestra sociedad de triunfos valora más a quien gana dinero rápido, a quien triunfa con poco esfuerzo, y margina la investigación, el esfuerzo, la constancia, la tenacidad, y el afán de superación. Los chavales sueñan con ser cantantes o futbolistas, pero no investigadores o escritores, por poner algún ejemplo.

Pero hay algo que no hemos mencionado. La educación en libertad es sin duda más compleja que el autoritarismo: gestionar adecuada y equilibradamente la libertad es muy difícil.

No sirven ya los modelos que nos recuerdan que “cuando mi padre me dirigía una mirada ni me movía, pues ya sabia los que me esperaba”. No se puede volver atrás. Ni pensar que nuestros progenitores nos educaban mejor. La autoridad no puede venir desde el ordeno y mando, sin ninguna reflexión, porque hemos luchado mucho para conseguir una sociedad autocrítica y de participación. Pero no es aceptable que unos menores reivindiquen permanentemente su igualdad con el adulto sin haber asumido ni aprendido su cuota de responsabilidad. Entre el padre de antes – que no admitía opinión y en su casa se hacía lo que él decía -, y los padres modernos – que prefieren ser colegas antes que educadores -, existen muchas posiciones intermedias más equilibradas.

Gestionar la libertad es dejar también que el joven aprenda a ser autosuficiente, autónomo, capaz de fracasar por sí mismo (sin que papá lo saque de todos los apuros porque tiene dinero), aprender el esfuerzo de ganar un sueldo, la independencia de labrarse un futuro (incluso de aprender algo tan sencillo como poner una lavadora).

Hay que aprender a decir NO. El niño tiene que asumir que todo no es gratuito (ni económica ni socialmente) y que papá no es un pozo sin fondo. Estamos preocupados y aterrados porque hemos sido sobreprotectores, porque hemos querido dar a nuestros hijos lo que no tuvimos, y porque los hemos convertido en unos pequeños dictadores autoritarios que sólo entienden de derechos y no de deberes. Superar la frustración es parte del aprendizaje.

En mi opinión, la solución no está en crear leyes y decretos que otorguen sobre papel la autoridad del profesor. Quizás no haga daño escribir normas, salvo que no se apliquen, pues entonces generan mucha más frustración y decepción, al desconfiar de un sistema que no funciona. Hay que incidir sobre el entorno del joven, pero también sobre él como individuo, porque si no partimos de que tienen su parte de culpa y responsabilidad, estaremos creando adultos irresponsables. Ahora bien, lo que llama nuestra atención son los comportamientos extremos, y es hora de actuar antes que se generalicen unos comportamientos individuales formados en un sustrato colectivo social, cultural y económico. Pero no todos los adolescentes actúan de la misma manera; no todos son iguales ni se comportan de forma incívica.

Y no quiero que se malinterprete la siguiente reflexión, pero me corta la respiración cuando se pretende legislar por puro electoralismo. Un buen político no puede ser sólo oportunista (que no es lo mismo que oportuno) como le ocurre a Esperanza Aguirre. Hay comportamientos de algunos partidos que enarbolan la bandera de la disciplina, que no se están ganando el respeto social, como ocurre con la falta de ética del PP incapaz de limpiar y apartar a sus corruptos, y buscando teorías de la conspiración, en lugar de pedir perdón por el dinero público robado, los comportamientos indignos, y la trama de sinvergüenzas que han encontrado cobijo bajo sus siglas.

En la Comunidad Valenciana, el gobierno de Camps fue el primero en decretar sobre la violencia en las aulas. No ha funcionado ni ha servido de nada. Mientras, los padres y profesores han realizado la mayor manifestación educativa contra el gobierno Camps jamás vivida en la democracia valenciana (más numerosa que la de los atentados del 11 de marzo); se ha instrumentalizado la asignatura de Educación para la Ciudadanía; se han nombrado inspectores “políticos” para perseguir a los directores y profesores que protestan; se ha negociado con la construcción de colegios triplicando sus costes de forma sospechosa e irregular; acumulan sentencias judiciales por no aplicar normas y leyes aprobadas; y los profesores son los peor pagados de toda España teniendo, muchos de ellos, que opositar fuera de la Comunidad Valenciana.

La gestión y los comportamientos públicos son muestra evidente de que a nuestra sociedad le hace falta aprendizaje en valores. Porque mentir y engañar también es un pecado, no sólo religioso, sino social que hay que desterrar del comportamiento político.