Una cifra demasiado elevada para un país que ha sido capaz de dotarse de dos buenos instrumentos para combatir la desigualdad y terminar con la violencia, como son la Ley de igualdad y la Ley contra la violencia de género. Pero además, se ha puesto en marcha la asignatura de Educación para la Ciudadanía en un intento de ir más allá, ya que la educación en valores que promueve esta materia es una buena herramienta para conseguir que la sociedad en la que vivan nuestros hijos sea, realmente, más igualitaria.

La violencia machista es un reflejo extremo de la falta de igualdad real que persiste en la sociedad entre los hombres y las mujeres. Su origen se encuentra en patrones culturales arcaicos que se perpetúan en acciones cotidianas y rutinarias, aceptando modelos y comportamientos profundamente desigualitarios que se continúan transmitiendo de forma acrítica. El modelo de hombre protector-mujer que necesita ser protegida o salvada es un binomio que se repite hasta la saciedad en cualquier historia de ficción. La publicidad utiliza mayoritariamente y de forma habitual la imagen de la mujer como soporte-objeto de venta, acentuando estereotipos “femeninos” sin que apenas se cuestione. El desequilibrio económico y la discriminación salarial, que siguen padeciendo las mujeres con respecto a los hombres -que oscila entre el 30 % y el 13% de diferencia según distintas fuentes- es otro buen ejemplo de mantenimiento de una desigualdad real y arraigada en la sociedad española, sin olvidar que según el INE la tasa de actividad de las mujeres en España está 20 puntos por debajo de la de los hombres, con todo lo que ello conlleva en relación a la dependencia y supeditación obligada que padecen muchas mujeres con respecto a sus parejas. Cuando en una pareja los dos trabajan, siguen siendo mayoritariamente las mujeres las que soportan la doble carga trabajo/hogar, perpetuando un aprendizaje de roles de desigualdad que los hijos perciben desde la cuna. A todo esto hay que añadir que, desde ciertos ámbitos se continúan cuestionando las normativas para equiparar a hombres y mujeres en las direcciones de las empresas, con el argumento de que no se puede obligar a instituciones privadas a que practiquen la paridad. ¿Desde cuando existe la diferenciación público-privado para atender o no una norma?

Muchas veces se ha dicho que para terminar con la violencia es necesario que la escuela tenga un papel activo, porque la igualdad también se aprende y la escuela es un ámbito público de socialización fundamental. De tal manera, que si se trabaja desde la infancia en los momentos en que se fijan los roles existen más posibilidades de transformar el futuro e invertir las tendencias. Esta, entre otras, es una de las razones que impulsaron la asignatura de educación para la ciudadanía, que pretende formar también en valores de igualdad, pero que por desgracia ha chocado con los sectores más retrógrados de la sociedad española y con la jerarquía de la Iglesia católica. Claro que bien pensado, es difícil que acepte y enseñe valores de igualdad -entre géneros y también en su sentido más amplio- una institución tan profundamente desigualitaria y jerarquizada como la Iglesia católica. Por ello, considero importante seguir reclamando que las confesiones se aprendan en las iglesias o en los templos y no en las escuelas.