La reforma migratoria se presenta como una iniciativa bipartidaria del legislativo, ciertamente. Pero los principios contenidos en el memorándum de los ocho senadores promotores responden en lo fundamental al programa avanzado por Obama en mayo del pasado año. El Presidente prometió que, en caso de victoria electoral, enmendaría su promesa incumplida durante sus primeros cuatro años y resolvería los aspectos más importantes del dossier migratorio, con un objetivo final preciso: dotar de ciudadanía a los once millones de ‘ilegales’ que viven, trabajan y, por tanto, contribuyen a la prosperidad de Estados Unidos.

Algunos temieron que se tratara de una argucia electoralista para recuperar la confianza de la población latina, que le había apoyado masivamente en su aplastante triunfo de 2008. Sea como fuere, dio resultado y Obama obtuvo en noviembre el 71% del sufragio latino. Hubiera sido imperdonable otra dilación. En plena sintonía con las bases y la mayoría del liderazgo de su partido, Obama ha animado la iniciativa legislativa, pero con el añadido de añadir su prerrogativa ejecutiva si el resultado del pacto político resultara alicorto. Como había hecho días atrás con el control del uso privado de las armas de fuego.

El contenido de la ley lo avanzábamos en el comentario anterior. La clave del pacto está en la atención a las preocupaciones republicanas para reforzar el control de las fronteras y frenar el tráfico ilegal de personas. Los demócratas no han tenido problemas para admitir esa exigencia republicana: en gran medida, la comparten. En todo caso, se trata de una realidad superada. El control ya se ha venido ejerciendo, y con alto grado de eficacia. Pero lo más importante es que ese flujo de personas en busca de una vida mejor ha caído en picado en los últimos: en parte, por el incremento de la vigilancia, pero sobre todo porque las expectativas de trabajo y prosperidad en el gigante del Norte han disminuido con la recesión.

«LOS DEMOCRATAS QUIEREN, LOS REPUBLICANOS LO NECESITAN»

Con esta frase resumió Bob Menéndez, senador demócrata por New Jersey, la ecuación política que puede desatascar el conflicto migratorio. Efectivamente, los latinos se han convertido en una base de enorme arraigo y vitalidad en las filas demócratas. Sólo un sector de esta comunidad hispano-parlante, por lo general el más próspero, se alinea con las posiciones republicanas. Aparte del reducto anticastrista de Florida y otras ‘bolsas’ reducidas de población, los latinos votan demócrata. La perspectiva de un hispano en la Casa Blanca no es sólo un guiño de ficción televisiva.

Pero, paradójicamente, ¿podría ser un latino republicano el próximo Presidente de los Estados Unidos, o el siguiente al próximo? No es descartable. De hecho, uno de los impulsores de la reforma migratoria, aunque con supuestos más restrictivos, es el senador por Florida y estrella ascendente del partido, Marcos Rubio. Se da por seguro que competirá en las próximas primarias. Quizás su candidatura sea prematura. Pero podría resultar una escaramuza útil para disputar a los demócratas su hegemonía en ese caladero de votantes.

Y es que más allá del debate sobre la extensión y amplitud de los derechos de los inmigrantes, de la naturaleza de la reforma y de la tensión entre los derechos sociales de las personas y de las empresas (muy importante este último punto), lo que subyace aquí es la batalla por conquistar un electorado cada vez más influyente.

¿VIRAJE MODERADO DEL GOP?

Los moderados del GOP (‘Great Old Party’) ven en el dossier migratorio una oportunidad útil para reconducir la estrategia general y recuperar una senda más centrista. Ha sido especialmente significativo en este sentido el tono dominante en el cónclave de invierno del Partido. Las críticas al Tea Party y a la deriva extremista han sido muy explícitas y severas. Lo que coincide con encuestas recientes, que reflejan una desafección creciente de las bases republicanas hacia las posiciones fundamentalistas de esa plataforma que consiguió secuestrar el mensaje del partido hace casi cuatro años.

Hay otras novedades que permiten avistar un cambio de ánimo en el liderazgo republicano. Después del acuerdo sobre el abismo fiscal, no completamente exitoso para Obama, pero mucho menos para la oposición conservadora, los dirigentes legislativos del Partido Republicano se abstuvieron de plantear el desafío del techo de deuda, a sabiendas de que no obtendría el respaldo de la opinión pública. De forma discreta, optaron por aplazar el debate, una forma suave de retirada.

El apoyo a una solución del asunto migratorio que incluya lo fundamental de las aspiraciones progresistas podría ser, por tanto, un síntoma más de ese viraje al centro de las posiciones republicanas, aunque los sectores más conservadores darán la batalla, como advierte Ángela Davis, la experta en inmigración del ‘think tank’ Centro para el Progreso Americano, en el NYT. De hecho, otra iniciativa legislativa paralela que contempla sólo la apertura de visados para captar talento y cerebro puede dificultar o provocar confusión en el debate. Pero, a la larga, es importante insistir, no es sólo la inmigración lo que está en juego, sino la reacomodación a largo plazo de las bases políticas de apoyo.

UN PERFIL CAMBIANTE

En la primera década de siglo, el porcentaje de la población latina ha aumentado casi cuatro puntos, hasta llegar al 16,3%. Aunque los tres estados tradicionales (California, Texas y Florida) albergan a la mitad de la población hispana, esta minoría ha aumentado significativamente en la última generación en otros estados de la Costa Este y el Medio Oeste (13% y 7% del total, respectivamente) e incluso los Grandes Lagos (con Illinois a la cabeza).

Los republicanos son conscientes de que su mensaje no encaja con el perfil socio-económico dominante en el electorado latino, pese a la emergencia de una clase media hispana. Por ello, hasta ahora han basado su estrategia de captación en dos factores: la creciente influencia de las confesiones evangelistas en ese sector de la población y su presunto ‘conservadurismo’ en materia de valores sociales, culturales, familiares o religiosos.

Sin embargo, también en esos aspectos, los latinos están evolucionando como lo acredita Gary Segura, de la Universidad de Stanford. Este profesor de Ciencia Política maneja diversas encuestas y consultas para asegurar que una mayoría de latinos acepta ya con fluidez el aborto, la libertad de elección sexual, el matrimonio homosexual y otras realidades sociales.