Hace ya cuatro años, al poco de tomar posesión Obama de su cargo presidencial, una prestigiosa asociación de defensa e investigación en derechos humanos, la ‘Project Constitution’, reunió un panel de once destacadas personalidades para que analizaran la política de persecución del terrorismo tras el 11 de septiembre. La conclusión de los trabajos, presentada esta semana, sanciona con claridad que «Estados Unidos se embarcó indisputablemente en «desapariciones forzosas», «detenciones secretas» y «torturas.

No se trata de un descubrimiento, por supuesto, pero el documento tiene un innegable valor de testimonio acreditativo por varias razones: la cantidad de información revisada y analizada, la claridad de la exposición y de sus conclusiones, el carácter independiente de la investigación y la relevancia de los componentes del grupo investigador.

El panel ha sido dirigido por dos figuras no de primer orden (no hubiera sido posible, dada la naturaleza del trabajo), pero sí de singular significación: el republicano Assa Hutchinson, que sirvió en la Administración Bush, primero como jefe de la DEA (la agencia antidrogas) y luego como subsecretario del Departamento de Seguridad Nacional; y el demócrata James R. Jones, embajador en México durante la Administración Clinton.

El informe final tiene casi seiscientas páginas. Repasa todas las prácticas de detención e interrogatorio de la CIA y confirma los abusos cometidos con los prisioneros sospechosos, como los ahogamientos simulados, el encadenamiento en posiciones forzadas y la privación de sueño durante días, entre otros. La mayor laguna del informe ha sido no haber tenido acceso a las 6.000 páginas de un documento, todavía clasificado, del Senado, elaborado a partir de material interno de la CIA. Los investigadores estiman que el mantenimiento de estas áreas de secreto aumenta el riesgo de que la tortura siga vigente en el tratamiento de prisioneros.

Más allá de los testimonios fácticos, las valoraciones de los autores son contundentes y demoledoras: el uso de la tortura -concluyen- «daña la posición de la nación, reduce su capacidad de ejercer la censura moral [de los adversarios] cuando sea necesario y aumenta el peligro para el personal militar nortamericano cuando sea capturado».

Los miembros del panel no sólo critican a la Administración Bush, responsable de estos comportamientos inaceptables y perjudiciales para la seguridad de Estados Unidos. Al Presidente Obama le reprochan el secretismo y que no haya sido capaz de mantener sus promesas de limpieza del sistema de detenciones y persecución del terrorismo. Estas críticas han sido concurrentes desde varios sectores progresistas. El propio NEW YORK TIMES dice en un comentario editorial que la visión presidencial de «mirar adelante y no atrás» no puede justificar el silencio o la inhibición.

LAS PRIMERAS LECCIONES DE BOSTON

El desprecio por la legalidad y la humanidad que los principales exponentes de la lucha antiterrorista en Estados Unidos demostraron después de los atentados de 2001 obedeció a una histeria nacional bien lubrificada, como es bien sabido, por los ideólogos extremistas ‘neocon’. Pero no debe pasar desapercibida la falta de reflejos de numerosos medios informativos, y no sólo los afines o corifeos de los ‘halcones’ de Washington. La promoción de un nuevo enemigo -interno y externo a la vez- tras el vacío creado por la desaparición del adversario soviético resultaba rentable no sólo para los poderosos intereses industriales, militares e ideológicos, sino también para la narrativa mediática y su afán interesado de simplificar los mensajes y su proyectada visión del mundo.

Resulta ejemplar la responsabilidad demostrada por Obama tras conocer las explosiones en el maratón de Boston. Su llamada a no sacar conclusiones precipitadas no fué sólo un acto de prudencia o sensatez políticas. El presidente debe ser consciente de que el país necesita abordar los asuntos de terrorismo no sólo con serenidad, sino también con claridad de juicio. Los términos empleados por el Presidente para responder al terrorismo son modélicos: «sin egoísmo, compasivamente, sin miedo». Parece evidente que Obama quiso evitar que, sin pruebas solventes, se atribuyera el atentado al ‘enemigo islámico’.

Desgraciadamente, la propia presión de los acontecimientos, la inevitable tensión emocional, la habitual ansiedad mediática por saturar en vez de clarificar y explicar y los residuos del pánico creado por el peligro, inducido tanto o más que real, han producido algunas perlas de esas que se acumulan en el tratamiento inadecuado de crisis y conflictos.

El semanario NEW YORKER publica a este respecto un significativo artículo acerca de un joven saudí que participaba en el maratón y que resultó herido de consideración por las bombas. Mientras que la gente trataba de ayudarse y socorrerse mutualmente, de repente, un joven fue derribado por uno de los presentes ante su aspecto sospechoso. ¿Cuál era? Que corría -como todos allí-, que avisaba del peligro de otra bomba -algo muy probable que terminó ocurriendo. Y otro detalle más: sus rasgos árabes, el elemento definitivo. Lo que ocurrió a continuación -dice NEW YORKER- no sorprende demasiado: la creación de un «sospechoso detenido saudí». El artículo detalla los comentarios prejuiciosos de responsables políticos y comentaristas iluminados. El relato dominante se hizo consistente con el prejuicio: el atentado sólo podía ser obra de un islámico, vino a ser el pensamiento inspirador.

Al cabo, no hubo detención, ni el sospechoso era tal, sólo un ‘testigo’. El caso quedará como un ejemplo más de mala práctica informativa, por supuesto; pero también de la vigencia de los fantasmas que una perversa concepción/ejecución de la ‘lucha contra el terror’ ha logrado incubar en la mente de muchos norteamericanos.