La revolución egipcia presenta rasgos que la hacen única en el contexto de las alteraciones políticas y sociales vividas en los últimos quinientos días en el mundo árabe. Un régimen autoritario y prolongado cayó… pero no del todo. Una alternativa islamista surgió con fuerza, pero no se ha conseguido imponer en el plano institucional. Una pluralidad política se dibuja y expresa cotidianamente en las calles, pero pareció impugnada en las urnas durante las interminables elecciones legislativas. El Ejército, como pilar del Estado y única fuerza de continuidad institucional, parece por el momento la referencia interna y externa, pero está corroído por su falta de legitimidad. Algunos de los candidatos reciben a veces más apoyo de otras formaciones políticas que de las que originalmente proceden. Otros han sido neutralizados por instancias provisionales de poder en oscuras decisiones, o bien se han desdibujado, perdido, deslegitimado o simplemente diluido en el marasmo político.

Nadie puede asegurar que dispone de una hoja de ruta para Egipto. Los militares, que parecían los garantes de la estabilidad, se ven obligados a pactar con los Hermanos Musulmanes, sin duda el mayor polo de atracción social y de expresión política. Pero la división interna expone a la cofradía al asalto permanente de sus rivales (ya sean los piadosos ‘salafistas’ o los segmentos decididamente laicos) y a la manipulación de los uniformados. Militares y cófrades han pactado y se han enfrentado, han convenido voluntades y dejado que sus intereses contradictorios las rompan poco después. Unos y otros buscan el poder: conservarlo, pese a todo, los primeros; conquistarlo y mantenerlo, los segundos.

Las dudas sobre las prerrogativas presidenciales en la práctica abonan este clima de inestabilidad. Se tiene la sensación de que todo puede ocurrir: desde una involución autoritaria, sangrienta o no, con un grado de apoyo exterior dependiente de las circunstancias del momento, hasta un desbordamiento revolucionario.

CANDIDATOS: PERFILES Y SIMULACIONES

A la hora de escribir estas líneas, la elección, en términos puramente nominales, parece jugarse, sin descartar la sorpresa, entre dos candidatos: Abdel Moneim Aboul Fotouh y Amr Moussa.

Fotouh representaría esa mayoría musulmana devota pero no extremista, lo que fue la democracia cristiana popular en la Europa de posguerra. Ese sector social y político se considera comprometido con los valores tradicionales del Islam, sin renegar de ciertos principios democráticos y de una tolerancia afincada en el respeto de los derechos humanos y de las convicciones individuales. Todo ello con matices, naturalmente, y sometido a interpretaciones, que a veces pueden resultar desagradables en Occidente.

Pero Fotouh no es el candidato de los Hermanos Musulmanes, organización a la que perteneció hasta hace dos años, de la que fue vicepresidente, incluso, y que representó con cierta brillantez. Pugnas personales, ideológicas y políticas lo colocaron frente a sus antiguos camaradas, hasta el punto de que ahora lo consideran un renegado. El candidato escogido por la cofradía, su líder político, Khaïrat Al-Shater, resultó excluido por la Comisión Electoral, alegando una supuesta doble nacionalidad egipcio-norteamericana, irregularidad poco explicada, nunca documentada convincentemente y apenas aceptada. Los Hermanos Musulmanes acudieron entonces a su ‘número dos’, Mohammed Morsi, un candidato más oscuro, carente de carisma y un tanto dogmático, al que sólo recientemente han conseguido proyectar con cierta fuerza.

Frente a Fotouh, ha surgido, en la franja más decidida laica, despojada de cualquier significación religiosa militante, liberal en las formas -y elitista también, todo hay que decirlo-, el septuagenario Amr Moussa. Opaco, invisible o desaparecido en los primeros meses de la revolución, este diplomático y político del antiguo régimen ha tratado en las últimas semanas de borrar todas sus huellas de vinculación con Mubarak. Más aún: de empeñarse en una historia de discrepancias con el “raïs” destituido. Sin embargo, como Ministro de Exteriores lo sirvió convenientemente y luego, como Secretario General de la Liga Árabe, siguió actuando oficiosamente en colusión con él. Sin embargo, Moussa asegura que ese puesto pan-árabe fue, de hecho, una ‘patada hacia arriba’ que le propinó Mubarak propició para alejarlo de la escena política egipcia. Algo poco creíble, si se tiene en cuenta que en ese Egipto sólo había espacio para el moderno ‘Faraón’.

En un reciente debate televisivo, Moussa intentó presentar a Fotouh como una especie de lobo (islamista radical) con disfraz de cordero (tolerancia hacia la minoría cristiana copta, las mujeres y los sectores laicos), aprovechando que era bien considerado por los ‘salafistas» de Al Nour. Fue un intento inútil. Los radicales decidieron apoyarlo no por identificación ideológica, sino por puro cálculo político. Fotouh había roto con los Hermanos Musulmanes, rivales del Al Nour en la busca del voto piadoso, y, al mismo tiempo, era y es el mejor situado para batir a Moussa.

Más allá de esta tríada de candidatos preferentes, una decena más se baten por una difícil notoriedad. El más destacado de los ‘outsiders’ es Ahmed Shafiq, el último jefe de gobierno de Mubarak, el candidato de las Fuerzas Armadas (él mismo es militar retirado: fue jefe de la Aviación, el mismo puesto que tenía Mubarak cuando sucedió al asesinado Sadat). Su pobre gestión de las semanas revolucionarias ha arruinado ese perfil tecnocrático que se labró cuando, tras dejar el uniforme, se puso al frente de la reconversión de la Aviación Civil. El resto de candidatos pertenecen a la atomizada izquierda de resonancias ‘nasseristas’. Los ‘jóvenes revolucionarios’ (o al menos alguno de sus más visibles portavoces) se han alineado con Fotouh, en gran parte por su carisma y su historial de perseguido bajo el antiguo régimen, pero sobre todo porque fue el único que frecuentó la Plaza Tahrir en momentos emblemáticos del proceso revolucionario. Eso puede llevarle al sillón de Heliópolis (sede de la Jefatura del Estado).

Está por ver si el astuto Moussa ha conseguido inocular el miedo en los sectores laicos y concitar, en torno a su discutida figura, a todos los que prefieren a un Egipto más secular que devoto. Sería el giro ‘girondino’ de la revolución egipcia, siempre bajo la amenaza de un ‘brumario’ que cierre el ciclo revolucionario.