«Lula ha acertado porque no ha hecho nada de lo que dijo que iba a hacer cuando estaba en la oposición», me decía hace unos años en su despacho de Sao Paulo su antecesor en la presidencia, el economista Fernando Henrique Cardozo. El comentario reflejaba la acritud de una rivalidad política que, aunque matizada, se ha mantenido durante el mandato de Lula. Hay una falta de empatía y unas heridas no cerradas entre las dos figuras más relevantes de la actual generación de dirigentes brasileños. Que Lula y Cardozo no se encuentren en las antípodas políticas no hace más incomprensible sus dificultades de entendimiento -y hasta de comunicación-, sino todo lo contrario. Ambos han competido y compiten, por personas interpuestas, por el mismo electorado de centro: con un perfil más socialdemócrata, el ex-sindicalista; más inclinado a los postulados liberales, el economista.

Lula ha sido el exponente más exitoso de ese socialismo posible que emerge en América Latina de la ruinas del consenso de Washington. Los grandes poderes económicos-mediáticos-fácticos de Brasil abortaron su acceso a la presidencia en dos ocasiones, al presentar su eventual victoria como una catástrofe para el país. A la campaña negativa, destructiva y sin escrúpulos se añadía una cohorte mejorable de asesores y cierta inmadurez en la construcción de la alternativa política. Pero Lula, reflejo de su propia biografía personal, ha hecho de la perseverancia la clave de su éxito político.

Unos datos recientes ilustran la dimensión del acierto del presidente brasileño: el trabajo infantil se ha reducido a la mitad en los últimos dieciocho años. Este logro se debe a múltiples factores, pero el más publicitado es el mecanismo de la Bolsa-familia, una ayuda que el Estado otorga a las familias muy humildes a cambio de que garanticen la asistencia de sus hijos a la escuela. Este programa no lo inventó la administración Lula, sino la de Cardozo. Lo que Lula ha hecho es reforzarlo y ampliarlo con otros de similar impacto social. Pero como el ex-presidente me comentaba, la diferencia es que Cardozo afrontó ese desafío social en un entorno económico mucho más desfavorable que el que le ha tocado gestionar a su sucesor.

En todo caso, este «enfoque social» no ha apartado a Lula de una cierta aquiescencia con las principales reglas ortodoxas del capitalismo global. El equipo de asesores económicos del «compañero-presidente» han tenido claro que Lula no podía convertirse en el Allende del siglo XXI. Cuando Lula dice ahora que «Brasil es serio» en el escenario económico mundial» está queriendo decir que su «socialismo posible» no está desafiando a los grandes intereses corporativos ni socavando las bases de la economía de mercado. Es la propuesta socialdemócrata europea clásica: permitir la acumulación para garantizar la distribución.

Los comentaristas liberales reconocen esta actitud «razonable» de Lula y le otorgan la acreditación de «respetabilidad». No sólo por generosidad intelectual. La emergencia de una izquierda pujante en América Latina, tras la ruina de los experimentos neoliberales, inquietó a las elites del subcontinente y a sus padrinos corporativos del Norte. Era importante abortar una estrategia común de desarrollo económico al servicio de las mayorías y vigilar un proyecto político liberado de las habituales tutelas históricas. Se articuló un discurso de los socialismos enfrentados o, al menos, incompatibles: el razonable de Lula, o del chileno Lagos, incluso del uruguayo Vázquez, y el desquiciado, autoritario, corrupto y tributario del castrismo, personificado en Chávez, en Morales o en Ortega.

Los adalides del liberalismo creían que Lula iba a asumir esa estrategia como aceptó los límites en el reformismo interno. Pero no lo ha hecho. De ahí que estos días hayamos leído análisis en los que se reprocha a Lula que no haya tomado distancia suficiente de Chávez. O incluso de Castro. Se ha llegado a decir que la presencia reciente de Lula en La Habana tenía que ver con la ambición brasileña de conseguir un puesto permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU. ¡Si algo no debería hacer Lula para promover esa aspiración, más que legítima, es precisamente fotografiarse con una dirigencia cubana en franca descomposición!

Seguramente lo que pretenda Lula sea afirmar que la potencia brasileña no obedece órdenes. Ni de Estados Unidos, ni del resto del concierto dominante en la escena internacional. Ese mismo espíritu explica la iniciativa conjunta con Turquía para negociar con Irán el control de su material nuclear. El acuerdo es similar al que se alcanzó en octubre pasado, pero no idéntico. Entonces, la cantidad de uranio pobremente enriquecido que Irán se comprometía a desplazar fuera de sus fronteras para que fuera tutelado por terceros países (Rusia, Francia…) representaba el 80% de su stock; ahora, esa misma cantidad (unas 2.600 libres) sólo son la mitad de sus reservas, porque los iraníes han continuado produciendo estos meses.

Lula se erigió en mediador, no sólo por idealismo o por un ataque de protagonismo internacional, sino para preservar las relaciones económicas brasileñas con Irán. Pero eso es lo que cabe esperar de un dirigente responsable en la escena internacional. Es lo que hace Obama con China, que no es precisamente una democracia. La administración norteamericana ha comprendido el sentido de la negociación amparada por Brasil y Turquía y ha respondido con pragmatismo. En vez de desacreditarla y combatirla, ha optado por «superarla». Clinton intensificó los contactos con Moscú y Pekín para ultimar el borrador del proyecto de sanciones, que deberá debatir en junio el Consejo de Seguridad de la ONU. La diplomacia brasileña replicó con la misma prudencia: consideró prematura la insistencia en las sanciones, pero no puso el grito en el cielo, sabedora de que la resolución está lejos de aprobarse. El mecanismo de inspección de buques en alta mar, para controlar el tráfico de tecnología nuclear que pueda entrar en los puertos iraníes, presenta riesgos de confrontación que permitirán a China y a Rusia retrasar su aplicación.

Hay discrepancias recientes. En Honduras, Washington dejó de presionar a las autoridades golpistas para no reforzar a los «chavistas», mientras desde Planalto se defendía el aislamiento del régimen transitorio, y aún hoy se pone en duda la legitimidad de sus herederos electorales. Obama y Clinton van a cuidar al amigo brasileño, por inconvenientes que puedan resultar ocasionalmente algunas de sus posiciones. Los creadores de opinión en Estados Unidos lo han confirmado estos días. En el dossier iraní, se mostrará la misma flexibilidad. Entre otras cosas, porque la influencia brasileña puede servir de apoyo a la verdadera partida diplomática por asegurar: la comunicación con Pekín.