Hablando de ‘abismos’ o ‘amenazas’, seguiremos sosteniendo la respiración en Europa, debido a la persistencia de políticas incomprensibles para la gran mayoría de la ciudadanía. Si en Estados Unidos se instala la polarización política más aguda en dos generaciones, de este lado del Atlántico prima un extraño consenso, por mucho que las dialécticas políticas cotidianas hagan pensar en confrontaciones agudas. El amplio espectro centrista, de derecha a izquierda, continua anclado en recetas que, hasta ahora, han profundizado la crisis, han convocado la recesión, han ensanchado la desigualdad y no han resuelto nada. El año que comienza será escenario de más sacrificios para la mayoría, de penitencias por errores o pecados nunca explicados honestamente y de invocaciones a una recuperación todavía lejana.

Alemania elegirá en puertas del otoño con qué instrumentos políticos –gobierno monocolor, bisagra centrista o gran coalición- intentará seguir maniatando toda la política europea con su ortodoxia socio-económica. Antes, acudirán a las urnas los italianos, bajo la tramposa fábula de la cigarra y la hormiga en que se ha convertido la aparente disyuntiva entre Berlusconi (el atropellado) y Monti (el cauteloso), con la izquierda en el papel de pasmado espectador del resultado. Algo así le ocurre al Presidente francés, tan atrapado en el laberinto europeo que hasta su propia casa le resulta un paraje intransitable. La opción social-demócrata en Europa no termina de encontrar una vía de actuación creíble e identificable.

EL ETERNO CONFLICTO

Y mientras el mundo occidental se ensimisma en sus fracasos, la periferia emite señales de alarma. No debería ser una novedad que la región mesoriental presente los signos más alarmantes. Tres conflictos pueden desatarse con especial crudeza: la prolongación de la matanza en Siria, una tercera intifada palestina contra la alocada colonización israelí de su tierra y un desenlace no pacífico del proceso de nuclearización iraní.

Siria no sólo puede ser un nuevo Irak, sino que amenaza con reavivar el nunca resuelto conflicto sectario en ese país y provocar un efecto multiplicador de confrontación regional étnica y religiosa. El liderazgo palestino puede verse desbordado de nuevo por la frustración de la población y la impotencia internacional frente a la provocación del extremismo israelí. Netanyahu no ha dudado en jugar a la ruleta rusa para revalidar su mandato en las próximas semanas. Le será mucho más difícil empujar a un reforzado Obama a una conflagración con Irán –que elegirá sucesor de Ahmadineyad en junio, aunque no un cambio drástico de rumbo-, pero en los intentos podrían arruinarse del todo las ya escasas perspectivas de encauzamiento de las disputas. En Egipto, los Hermanos Musulmanes tendrán que demostrar que Islam y democracia son compatibles.

UNA GUERRA RETÓRICA, ¿O ALGO MÁS?

Lo que si representaría una relativa novedad sería el estallido de una conflictividad aguda en Extremo Oriente. La guerra fría no ha terminado nunca del todo en Asia oriental. Pero sí han funcionado con cierta eficacia similares mecanismos que han mantenido al planeta a salvo de una conflagración general.

Tendremos que acostumbrarnos a escuchar la letanía de reproches y amenazas entre chinos y japoneses por la soberanía y el control de unas pequeñas islas en el Mar del Sur de China. La fiebre nacionalista está en auge y no se avista remisión en un breve lapso de tiempo. Al contrario, lo más probable es que asistamos a una cierta escalada en los meses venideros. La gran pregunta es si este conflicto tiene potencial suficiente para desencadenar una guerra; o si, por el contrario, este pulso de nacionalismos no pasa de ser una cortina de humo para esconder problemas internos de los contendientes y excusas para la imposición de medidas de control y alineamiento de sus poblaciones a las decisiones de los centros respectivos de poder.

China estrenará en marzo nueva cúpula en el Estado y en el Gobierno, tras los cambios decididos en ese centro del pilotaje político que sigue siendo (y por muchos años, parece) el Partido Comunista. Xi Jianping inaugurará su mandato con un triple desafío: impedir que la economía se atasque, embridar la corrupción y dejar claro a sus vecinos y/o rivales que la hegemonía china en el Extremo Oriente no es pura retórica ni simple exigencia mercantil.

Por su parte, Japón se enroca en sus políticas conservadoras, con la vuelta al poder del viejo PLD, producto como pocos de esa guerra fría y agente fundamental de un modelo económico en ruinas. Si ha obtenido de nuevo la confianza de millones de ciudadanos no es tanto porque haya incubado ideas nuevas, cuanto por el fracaso sonoro de reformistas y progresistas. Pero, haciendo virtud de la necesidad, el burocratismo de décadas anteriores será sustituido por una puesta en escena más nacionalista y combativa. El primer ministro Abe parece decidido a romper tabúes: enterrará la Constitución ‘pacifista’, desarrollará unas fuerzas armadas sin complejos, rescatará la energía nuclear del shock Fukushima y sostendrá un discurso de firmeza no exento de pragmatismo con Pekín.

Telonero de este pulso mayor, el tercer Kim consecutivo seguirá reclamando titulares desde una Corea del Norte más cerca del punto de ruptura de la contención internacional.

En todo caso, lo más probable es que, embridados y estimulados por Estados Unidos, los dos colosos asiáticos se atengan a una cierta disciplina y no desborden sus pasiones. Pero, como es sabido, la gran amenaza del nacionalismo excluyente es que la explotación de los orgullos propios y las miserias ajenas a veces escapa al control racional y puede desencadenar acontecimientos incendiarios que precipiten males mayores.