En Perú gobierna desde verano de 2006 la opción socialdemócrata representada por el APRA, uno de los partidos más veteranos y contradictorios de América Latina. El presidente Alán García pidió otra oportunidad y el pueblo peruano se la concedió. Su primer gobierno, en la segunda mitad de los ochenta, acabó hundido en la ineficacia, la hiperinflación, la corrupción y el inicio de la sangrienta experiencia mesiánico-terrorista de Sendero Luminoso. Más populista que socialista, García parecía muerto políticamente. Pero la terrible década del fujimorismo, las contradicciones de Toledo, la fragilidad de la derecha conservadora y el miedo al triunfo de la opción bolivariana se congregaron para resucitar a un político al que le gustaba ser considerado como el Felipe González de América Latina.

En realidad, en los ochenta García se pareció muy poco al expresidente español. Veinte años después, el líder aprista parece haber enterrado las orientaciones y prácticas de su primer gobierno y está decidido a marchar por una vía que podría considerarse no ya típicamente socialdemócrata, sino abiertamente liberal. Las cifras, por ahora, cuadran. Perú ha tenido un crecimiento del 8,5% en 2007, el más grande de la región, con una inflación desacostumbradamente baja, ligeramente por debajo del 4%.

“No somos de derechas, no somos neoliberales, como dicen nuestros rivales políticos. Somos progresistas. Nos inspira algo que repite Felipe González: no hay progreso de las capas populares sin empleo. Y el empleo lo crean fundamentalmente los empleadores, no el sector público”. Así nos resumía estos días en Lima el primer ministro peruano, Jorge del Castillo, la acción de su gobierno.

Alán García se ha planteado dos instrumentos prioritarios para lograr un crecimiento económico sostenible y competitivo: alcanzar acuerdos de libre comercio con Estados Unidos, con las potencias asiáticas emergentes y con la Unión Europea, y generar un clima de confianza para la inversión de capitales extranjeros. En dos años ha conseguido parcialmente estos objetivos. El TLC (Tratado de Libre Comercio) con Estados Unidos ya está suscrito; con China, se espera cerrar a finales de este año; y con Europa, se van consiguiendo acuerdos sectoriales. “Los tratados de libre comercio no son suficientes, pero si necesarios para que Perú entre en la modernidad económica y gane la primera batalla contra la pobreza, el gran reto de nuestro país”, nos asegura la Ministra de Comercio Exterior, Mercedes Araoz, responsable de la negociación de los acuerdos comerciales.

Hace sólo unos días Perú obtuvo el llamado grado de inversión, una especie de certificado que avala la salud económica de un país y sirve de incentivo para la entrada de inversiones.

La transformación de Alan García es saludada por las instituciones internacionales, pero también por algunos rivales políticos e incluso ciertas personalidades influyentes, como el escritor más universal del Perú, Mario Vargas Llosa, de conocidos planteamientos liberales, que recientemente reconoció el “cambio positivo” del líder aprista.

Sin embargo, desde la izquierda más tradicional, que gobierna en ciertas provincias rurales de la cordillera andina, se contempla a este gobierno como uno de los escasos aliados de Estados Unidos en la región, junto a los de Méjico y Colombia. Organizaciones campesinas y vecinales, sindicalistas de la enseñanza, asociaciones de victimas del terrorismo y la represión y ciertos intelectuales consideran que el gobierno de Lima ha agotado su crédito.

En Ayacucho, los campesinos agrupados en la Junta de regantes nos manifestaron su temor a que el gobierno ponga en manos de empresas agrarias promotoras de productos transgénicos el control del agua. Una protesta en defensa de los intereses locales acabó a tiros, con dos campesinos muertos. El informe fiscal cuestiona la inmadura actuación policial y ha provocado la aireada reacción del propio presidente.

En Cuzco, una legislación favorable a promover emprendimientos turísticos junto a yacimientos arqueológicos ha provocado reacciones apasionadas de la población, de autoridades locales e intelectuales defensores de la herencia cultural. Unos y otros no han expresado reproches al gobierno por alentar negocios turísticos con escaso respeto o descuidada protección de lugares sensibles.

El primer ministro, Jorge del Castillo, afirma que la oposición de izquierdas es anacrónica. Y califica incluso de “irresponsable” a algún presidente regional. Se cuida de implicar a Venezuela o a Bolivia de instigar una política de resistencia y boicoteo a su gobierno, pero considera a Chávez y Morales como inspiradores negativos de “políticas fracasadas”.

Para Perú, el termómetro del fracaso será la capacidad o no de reducir significativamente la pobreza y consolidar políticas de igualdad. Del Castillo confía en que la “impaciencia” no frustre la mejor oportunidad que ha tenido este país en décadas.