Pocas novedades ha habido en tal comparecencia, salvo constatar la reiteración en el discurso de que no es para tanto y la confianza en que saldremos bien librados: propuestas vagas y bienintencionadas, que rezuman cierto aire de impotencia y que alimentan la inseguridad.

El ciclo económico de los últimos doce años permitió que España se convirtiera en un referente de crecimiento en el seno de la Unión Europea, que estaba débil en esa materia. El boom inmobiliario fue uno de los motores principales junto con el endeudamiento de las familias y de nuestro propio sistema financiero. Todo ello, entre otras cosas, produjo un aumento, para algunos desmesurado, de las corrientes migratorias hacia nuestro país: en muy poco tiempo el conjunto de la población inmigrante ha pasado a representar el 10 por 100 del total de la población española; pero desigualmente repartida en el territorio nacional, con niveles mayoritarios en Madrid y Barcelona. Es fácil deducir que servicios públicos importantes, básicamente educación y sanidad, han sufrido un alud de nuevos demandantes antes de haber logrado la satisfacción de los existentes.

Alguien podía pensar que el gobierno iba a modificar el discurso tradicional para estimular un cambio del modelo de crecimiento, acompañado de la puesta en práctica de políticas públicas que ayudaran al equilibrio social y educativo del país, además de fortalecer el poder público para encarar tiempos peores. Pero en el tiempo transcurrido, toda una legislatura, ha habido preocupaciones loables por el aumento de derechos civiles de sectores minoritarios y poco interés por las cuestiones que preocupan a las mayorías. Salvo la ley de dependencia, que merece la mayor consideración, no se previeron otras actuaciones para afrontar el cambio de ciclo.

La generación de recursos que se derivaba de un crecimiento económico como el español debería haber permitido que el gobierno hubiera aprovechado la coyuntura para mejorar la gestión de las administraciones y prever las necesidades de los ciudadanos. Para ello se requeriría contar con políticas homogéneas y una dirección firme. Nada de eso ha ocurrido: el poder central, léase el gobierno de la nación, siguió despojándose de facultades y recursos fiscales hasta quedar impedido en la práctica de ejecutar políticas de interés general. Si a ello se unen las cesiones de soberanía fiscal y monetaria en beneficio de la Unión Europea, los márgenes de actuación se han estrechado, aunque no son inexistentes.

Lo sucedido en la sesión parlamentaria es prueba de lo anterior: la soledad parlamentaria del gobierno se ve acompañada de su impotencia real para ejecutar algunas de las políticas que enumeró, como le recordaron las minorías nacionalistas. Asistimos a una sucesión de reproches, que obligaron al jefe del gobierno a refugiarse en un ejercicio de voluntarismo que, en mi opinión, tiene poco recorrido. La agudización de la parálisis económica situará inevitablemente al gobierno en la necesidad de buscar el concurso de los grupos parlamentarios para salir de la situación.

Las propuestas sugeridas en el debate podrían resumirse en dos opciones: la del gobierno, que no utiliza la palabra crisis ni austeridad y que se limita a subrayar el mantenimiento de las políticas sociales, y la de otros grupos, PP y Convergencia, que hablan de bajadas de impuestos y, en su caso, de apelación a la deuda para resolver problemas de liquidez, además de cambiar la estrategia energética para no continuar en la indefensión actual. De ahí, más pronto que tarde, saldrá un proyecto, mínimamente creíble, que infunda la confianza de la que ahora carecemos: probablemente tendrá que haber bajadas significativas en las retenciones del IRPF para evitar el hundimiento del consumo y una reordenación del gasto público para mantener con dignidad las protecciones sociales. Si ello, además, fuera acompañado de una reestructuración competencial de las administraciones públicas, para dar brío y capacidad al gobierno, ese proyecto tendría efectos educativos muy saludables en una sociedad, que se encuentra sumida en la tormenta del desconcierto. Esperar y ver.