Estimado Terrence: Acabo de salir de tu última película. Me demuestra que aún no eres un director de cine, aunque lo estás intentando con pasión, pero quizás en la dirección equivocada.

En “El árbol de la vida” nos cuentas tres historias: por un lado la infancia de Jack (Hunter McCracken) en la América profunda de los años 50, en su proceso de aprendizaje entre los dos polos que representa sus padres (Brad Pitt y Jessica Chastain), por otro un Jack adulto en el mundo actual (Sean Penn) preguntándose por su vida y sus recuerdos, y por otro la creación del cosmos. Ahí es nada. La vida, la muerte, el amor, Dios, la familia, las relaciones entre hermanos, el pasado y el presente…. y la creación del cosmos, el Big Bang, los planetas, montañas, volcanes, océanos… hasta los dinosaurios. Muchas cosas juntas que no llegan a buen puerto, porque buscas encerrar la vida misma en una película. El intento te honra, Terrence, pero has despegado demasiado los pies del suelo.

Espero que no te ofendas con mi aseveración de que no eres director de cine. Te han dado la última Palma de Oro en Cannes, y anteriormente la Concha de San Sebastián (“Malas tierras”, 1973) y te han nominado el Óscar (“La delgada línea roja”, 1998). Eso está muy bien, pero la nula progresión que en algunos pasajes demuestra tu película, así como la recreación estética de la que haces gala alargando planos y montajes, sin llegar a ningún lugar, o cuanto menos sin aportar nada nuevo, hace que la trama, aun siendo mínima, se alargue en exceso, volviéndose una espiral en la que aludes una y otra vez a los mismos símbolos, que ya hemos asimilado sobradamente, y en vez de pasar a otra cosa seguimos “encerrados” en el mismo pasaje de la infancia de Jack sin percibir desarrollo o conclusión. Hay cortos que cuentan en 10 minutos una infancia que a ti te lleva una hora larga.

Por eso, Terrence, permíteme que matice lo de que no eres director de cine, porque en una gran parte de esta película lo que pareces es ser un gran director de videoclips, con imágenes cuidadas siguiendo a la música, o un gran director de videoarte, plasmando poéticamente conceptos, donde la estética es la única búsqueda permitida. Pero es que entonces no hablamos de cine, no hablamos de trama, de planteamiento-nudo-desenlace. Desenlace al que, por otra parte, eres incapaz de llegar tras un nudo en espiral, ofreciendo un tramo final de libre interpretación donde ni tú mismo eres capaz de ser consecuente con los símbolos (esa puerta que cruza Jack en el desierto) o cuando directamente introduces símbolos sin ningún sentido aparente (esa máscara veneciana que se hunde en las aguas y que nadie sabe de dónde narices ha salido…).

Pero amigo Malick, no todo es malo, ni mucho menos. Al contrario. Vuelas muy alto en la primera media hora de la película, cuando demuestras lo bien que manejas esa espléndida fotografía que acompaña cada plano, cuando la cámara fluye a través de la vida de las personas, cuando con tan poco compones un montaje tan rotundo, alentando metas narrativas que rápidamente olvidas (como el fallecimiento inicial). Parece que te has comprado un objetivo nuevo, un luminoso angular, y juegas con él como un niño, planeas por todas las estancias de tu casa de muñecas con él, con una facilidad que hace que ni siquiera nos planteemos cómo lo has rodado.

Entonces asciendes a los altares de los cielos, con ese largo desarrollo de la creación del cosmos y de la vida, con una música plagada de numerosos compositores (Tavenor, Preisner, Bach, Mahler, Brahms, Desplat, entre otros muchos) y unas pinturas cósmicas que sencillamente roban la respiración, obra del experto en efectos Douglas Trumbull (que ya trabajara con Kubrick en “2001, una odisea del espacio”). Ahí rozas la perfección. Pero pronto con la innecesaria escena de los dinosaurios comenzamos a dudar de ti, y vemos que como un Ícaro empieza tu descenso, al recrearte en naderías que no van a aportarnos nada, o muy poco, y que has rodado horas y horas de material sin una idea concreta de cómo articular la historia. Porque en el cine hay que plantearse esas cosas, Terrence, porque no podemos hacer una película de mil horas que encierre en sí misma la Creación, como si fuéramos un cuento de Borges. La película es un material finito en el tiempo, y la paciencia del espectador limitada también.

Finalmente somos como ese pobre Sean Penn, que no sabe bien a qué ha venido a esta fiesta, que te critica abiertamente por no haber sabido llevar el guión original a buen término, porque, como dice él con sus palabras, no te esforzaste en explicárselo con claridad. Ni a él ni a nosotros. Vagamos como Penn por un desierto narrativo, extasiados con las imágenes, aburridos con la trama, lamentando la gran obra de arte que pudo haber sido el film (y no es) si hubieras puesto los pies en el suelo y el lápiz tachando sobrantes del guión.

Lo mejor: Su bellísima fotografía, que por sí sola justifica comprar la entrada.

Lo peor: La endeble trama en espiral que hace que cada 15 minutos nos preguntemos “¿Adónde quiere llegar?”.