Con semejante panorámica las preguntas que nos formulamos son:

• ¿Por qué el BCE no lucha contra la inestabilidad financiera?

• ¿Por qué en una situación tan crítica como la que vive Europa, vemos que se comporta como una institución de segunda fila?

Otros Bancos centrales actúan de manera bien diferente, me estoy refiriendo a los del Reino Unido, Japón o la Reserva Federal, que llevan años aceptando que la situación de la economía en esos países es lo suficientemente grave como para tener que adoptar medidas excepcionales de política económica.

Pues bien, según el BCE en Europa la situación económica está gravemente deteriorada, sin que exista el peligro de un repunte inflacionario. De ser así, está justificado que se adopten medidas no convencionales. Pese a ello, no lo hace. Es más, la mayoría de las veces el BCE se refugia en tecnicismos o en la estrechez de su mandato para justificar su inacción.

Las amenazas que se ciñen, hoy en día, sobre la economía en la eurozona parece que no le afectan. Por eso, las últimas decisiones adoptadas, en los primeros días de julio, reflejan una considerable rigidez:

• Ha actuado bajando el precio del dinero. Como se esperaba.

• Ha rechazado las intervenciones en los mercados secundarios de deuda pública, a la vez que se negaba a llevar a cabo inyecciones extraordinarias de liquidez para combatir la recesión. Aunque tanto la una como la otra están orientadas a crear mercados, no las ha autorizado.

Muchos eran los que contaban con que, tras la cumbre de junio, la voluntad política debería llevar al BCE a efectuar intervenciones más expansivas. No ha sido así, originando su comportamiento una fuerte decepción.

El distanciamiento que el BCE ha adoptado sirvió para que los mercados le desautorizaran. Este nuevo error contribuyo a que cotizara la desconfianza, a que se dudara de la capacidad, de las autoridades y de las instituciones europeas para neutralizar la extorsión que padecen los tesoros de Italia y de España.

Además, un hecho surge quizás por primera vez, sin quererlo, forzado por los acontecimientos, arrastrando los pies, el BCE ha entrado en el mundo de los tipos nulos. En un mundo donde los tipos nominales son bajos, pero que muy bajos, a la vez que los tipos reales son negativos. En él, pese a la estulticia con la que actúa, tendrá que admitir que son pocas ya las herramientas que le quedan. ¿Cómo piensa ejecutar la gestión de la política monetaria a partir de ahora? ¿Cuál cree que es su papel en la tragedia que estamos viviendo?

Los problemas de la economía en Europa no están en el precio del dinero. Están en la parálisis de su sistema financiero, junto con las repercusiones que encadena con la sostenibilidad de las cuentas públicas. Todo ello dentro de una profunda e intensa recesión.

Por lo tanto, más que el recorte de tipos, lo que necesitan las economías europeas es que se estabilicen los mercados de deuda. Evitando posibles ataques especulativos contra ellos, hasta el momento en el que estén disponibles los mecanismos de estabilización comunitaria (FEEF y MEDE). En este contexto, escasamente envidiable, quien únicamente dispone de recursos suficientes para llevar a cabo esa función estabilizadora del euro es el BCE. Para ejercer esa tarea ha de actuar comprando masivamente bonos en los mercados secundarios de deuda de los países con dificultades.

Una última consideración, que tiene que ver mucho con criterios de oportunidad. Deben evitarse estallidos veraniegos. Para ello, el BCE tiene que comprometerse más con la estabilidad financiera y con el crecimiento económico. Debería volver a actuar ahora con las mismas herramientas que empleó el pasado verano por estas fechas. La defensa del euro se sitúa en el ámbito de la política, espacio donde están los gobiernos y las instituciones europeas, por lo que todos ellos han de adoptar las decisiones en cada momento necesarias para encontrar una salida razonable a estos momentos críticos.