Cuando se contemplan los hechos con alguna distancia, resulta sorprendente comprobar cómo, en determinados momentos, bastantes protagonistas y actores políticos y sociales destacados acaban dejándose llevar por el curso de los hechos, sin calcular adecuadamente cuáles van a ser las consecuencias y efectos de algunas dinámicas concretas. Al contrario de lo que podría esperarse, ante dilemas verdaderamente críticos, son muchos los que apenas realizan evaluaciones, previsiones de escenarios y análisis de eventuales riesgos, costes y/o beneficios. A veces ocurre como si, ante el vértigo de los acontecimientos y ante la saturación de los problemas, se arrojara la toalla y se asumiera que el fatalismo, los sentimientos de inevitabilidad y las emociones y los impulsos se deben anteponer a los criterios de cálculo y racionalidad… Por ello, resultan recurrentes los argumentos del tipo de: “era inevitable”, “no se atreverán”, “veremos quién puede más”, “en el fondo esos extremistas son unos moderados entre los suyos”, “al final la sangre no llegará al río”, “no hay que exagerar, ni dramatizar”, etc. Así se explican algunos procesos históricos.

La impresión que tenemos bastantes personas en estos momentos es que tal proceder está haciendo acto de presencia en no pocos lugares y circunstancias. En el ámbito de la Unión Europea parece que algunos gobernantes y sectores poderosos no escuchan lo que piensan y sienten sus ciudadanos, ni calculan racionalmente los efectos que van a tener las políticas que se están aplicando ciegamente –imbuidos por no se sabe muy bien qué criterios- y que pueden conducir a un auténtico desastre económico y social. Con todas las consecuencias previsibles en términos de fracturas sociales, dualizaciones políticas y conflictos en cadena.

En el caso de España, llama la atención la manera en la que está procediendo Artur Mas y los círculos dirigentes del nacionalismo catalán, a los que hasta hace sólo unos días todos teníamos por personas sensatas, moderadas y maestros refinados en el arte del cálculo político y en la defensa racional y paciente de sus intereses y objetivos.

Por ello, se esperaba que cualquier decisión o apuesta política de estos sectores estuviera sustentada en un cálculo riguroso de expectativas, riesgos, costes y posibilidades. Cosa que en la España de los últimos años no hacían todas las fuerzas políticas. Ni se esperaba que lo hicieran.

De ahí la sorpresa que ha producido que, de pronto, Artur Mas y una parte del pueblo catalán se hayan echado al monte –al menos eso es lo que parece que están haciendo-, mientras plantean unas exigencias inmediatas y extremas que no se sabe muy bien si pueden tener algún encaje jurídico y político en estos momentos en España y en Europa. Además, todo esto se acompaña de declaraciones públicas muy rotundas en las que se afirma que no se van a respetar ni las leyes, ni los procedimientos establecidos. Lo cual resulta insólito en cualquier persona mínimamente sensata y civilizada. Más aún si esta persona preside una Comunidad como Cataluña y lidera un partido nacionalista importante, que hasta hace sólo unos minutos estaba votando junto con el PP en el Parlamento español.

Algunos explican este comportamiento tan extraño y tan extremista como una fuga hacia adelante, a la desesperada, ante una situación económica y financiera insostenible, de la que el gobierno de Artur Mas intentaría salvarse de la quema, procurando desplazar el foco de atención hacia otros lugares y personas, utilizando el manido –y poco respetuoso y democrático- recurso del “chivo expiatorio”. “¡España es la culpable!” –claman a voz en grito, mientras ellos se deslizan por el burladero, intentando soslayar las razones del abultadísimo déficit del actual gobierno de Cataluña, que está entre los más grandes de Europa y que obedece a razones muy diversas: entre ellas unos costes desmesurados en televisiones, en iniciativas de promoción de la lengua y la cultura catalanas, en relaciones públicas y propaganda, en el sostenimiento de embajadas propias por todo el mundo, en pagos más generosos que en el resto de España a médicos, docentes y funcionarios, etc. Todo lo cual no sería objetable si el gobierno catalán asumiera directamente estos gastos adicionales. Siempre y cuando, claro está, que dicho gobierno fuera solvente financieramente en los mercados nacionales e internacionales. Cosa que no sucede ni de lejos, ya que no hay nadie que esté dispuesto a dar créditos al gobierno de Cataluña. Por lo que no son pocos los analistas que sostienen que las actuales decisiones de Artur Mas y el círculo más extremista de sus colaboradores no se han realizado en base al más mínimo análisis de costes, oportunidades, viabilidad financiera, etc.

Desde luego, ante cuestiones de tanto fondo, lo que se espera de personas serias es que, antes de lanzarse de cabeza a la piscina, efectúen unos análisis rigurosos de escenarios alternativos y que tengan previsto qué pueden hacer en el caso de que los obstáculos o las reacciones sean de un signo o de otro, tanto por parte del gobierno español, como por las cancillerías mundiales con más peso (no sólo las europeas), como de la opinión pública en Cataluña y en otros lugares.

En los análisis de escenarios deben tenerse especialmente en cuenta las posibles reacciones y comportamientos de los demás, sobre todo cuando es factible que determinadas dinámicas políticas conduzcan a inviabilidades de futuro (¿sería viable España en estos momentos sin Cataluña, sin el País Vasco, etc.). Lo cual puede alimentar resentimientos y malestares y podría llevar a decisiones en el filo de la tragedia, como ha ocurrido no pocas veces en la historia, sobre todo en el espinoso tema de las secesiones y las disputas territoriales, que siempre han estado en la base de las grandes disputas, guerras y conflictos. De ahí la importancia de los análisis de escenarios y la necesidad de tener pensadas –siempre- posibles alternativas y salidas, antes de que las cosas se pongan muy mal y los actores políticos empiecen a dejarse llevar por ese sentimiento de inevitabilidad y fatalismo histórico al que antes me refería.

Sin embargo, tal como se están haciendo las cosas, y tal como están las finanzas y las perspectivas económicas, parece evidente que en esta ocasión determinadas decisiones no se han cocinado en gabinetes de análisis y prospectiva, ni están basadas en cálculos de probabilidades y de escenarios, ni se han tenido en cuenta todas las interdependencias económicas, ni se han considerado los altos costes que determinadas posiciones pueden tener para importantes empresas catalanas –que no son sólo catalanas-, y para las propias oportunidades estratégicas, comunicacionales y tecnológicas de Cataluña de cara al futuro, en unos momentos cruciales. Sino que, en realidad, parece que ciertas apuestas (arriesgadas) son fruto de impulsos, emociones y coartadas político-financieras inmediatas. Es decir, por lo que de momento se trasluce, podríamos estar ante una estrategia política que más bien parece cocinada en la olla del mago Merlin.

Algunos analistas más conspicuos y desconfiados, aun sin negar esta hipótesis, sostienen que la aceleración con la que está procediendo Artur Mar y su círculo obedece básicamente a un impulso oportunista y a la intención de aprovecharse de la actual debilidad no sólo del gobierno del PP, sino de la propia posición estratégica de España. Una posición que cada vez se deteriora más en los círculos internacionales –incluso como imagen- y que empieza a presentar flancos bastante delicados. ¡Y esperamos que no aparezcan más!

Por eso, hay quienes piensan que los propósitos de los nacionalistas más extremistas se han precipitado ante lo que ellos ven como una situación de especial debilidad del gobierno que quieren aprovechar, en la creencia de que una España desprestigiada (incluso en boca de Rommey) e intervenida, ofrecerá más posibilidades de entenderse directamente con Bruselas. Y es precisamente en este escenario donde hace su presencia un nuevo componente no valorado, y que casi, casi, parece fundamentado en las leyendas artúricas y en la mitología sobre Camelot, Excalibur y demás historietas… Se trata de la “fe” en el papel adelantado que puede desempeñar un líder arrojado y valiente, que dispuesto a hacer honor a su nombre –Arturo- empuña la espada mágica y se pone al frente de su laborioso pueblo, dejando de lado todas esas pamplinas de los análisis de escenarios, las consideraciones legales y los análisis económico-financieros. ¿Para qué necesitamos nosotros todo eso –parecen pensar algunos- si tenemos al frente a un nuevo Arturo, o al menos a alguien que está dispuesto a comportarse de acuerdo a una especie de nuevo síndrome artúrico redivivo?

Desde luego, cuesta trabajo creer que estas hipótesis tengan alguna verosimilitud en el mundo actual, pero lo cierto es que determinados comportamientos también son difíciles de comprender y entender en términos de una racionalidad moderna y constructiva. Sobre todo por las consecuencias que se pueden derivar de ellos. Por ello, conviene recordar que la historia, a veces, opera por caminos inexplicables. Y fatales.