Por su vocación y ambición, este grupo no sólo aspira a heredar la capacidad amenazante de una declinante y envejecida Al Qaeda, sino a sustituirla, a superarla, a convertirla en irrelevante o en un recuerdo. La cúpula dirigente del Estado Islámico parece haber comprendido que la jihad, para seguir viva, necesitaba pasar de la fase de revuelta a la de consolidación. Los dos elementos estructurales que pueden garantizar esa transición son las finanzas y el aparato militar. A ellas se ha consagrado Abu Baker Al Baghdadi y su estrecho círculo de confianza.

Varios analistas e investigadores han rastreado recientemente lo que se conoce del funcionamiento de este grupo y casi todos ellos coinciden en que nos encontramos ante un modelo más acabado, sólido y estable de entidad revolucionaria, pero con ánimo de convertirse, como ellos mismos declaran, en una entidad estatal o ‘Califato’ (2).

¿DESESTABILIZACIÓN REGIONAL?

Esta maduración de la ‘jihad’ que representa el Estado Islámico no sólo apunta a establecer como organización asimilable a un ‘estado’ en las zonas ‘liberadas’ de Iraq y Siria. Tiene la pretensión de extenderse por el resto de esos dos países y más allá, aseguran los analistas mencionados. Líbano y Jordania serían los dos objetivos siguientes en la lista.

En el caso del Líbano, es bien sabido que nada de lo que ocurra en Siria puede dejar de tener consecuencias directas en el pequeño país de los cedros. La participación activa en la guerra siria de uno de los principales actores políticos libaneses, el movimiento chií Hezbollah, mediante el apoyo militar de sus unidades de élite a su protector Assad lo convierten en un objetivo claro para el Estado Islámico, representante del ‘sunnismo’ más intransigente.

Jordania representa un caso singular, por la vinculación económica y tribal que tiene este país con Iraq. Aparte de consideraciones prácticas y utilitarias, recuérdese que el rey Hussein fue uno de los pocos líderes árabes que mantuvo un diálogo más o menos fluido con el derrocado Saddam Hussein durante los años de acoso occidental. Por extravagante que resultara, el monarca hachemí veía en el dictador iraquí un protector frente al otro vecino indeseable, el sirio Hafez El Assad, padre del actual presidente y fundador de la ‘dinastía’ alauí.

El Estado Islámico ha manifestado su deseo de incorporar a Jordania a su ‘califato’, lo que se antoja más como una bravata que como una amenaza digna de tenerse en cuenta, aunque algunos analistas no descartan incursiones esporádicas (3). Por si acaso, el Estado jordano ha duplicado sus efectivos militares a lo largo de sus casi doscientos kilometros de frontera con Iraq. Es evidente que la eventualidad de una acción militar ‘jihadista’ contra Jordania resultaría intolerable no sólo para Washington, sino también para Israel, y sólo el riesgo de desestabilización del reino provocaría una intervención armada norteamericana (4).

Pero la amenaza del Estado Islámico en Jordania no debe leerse como un intento de asalto directo al poder o conquista militar, como en Siria o Iraq, sino como una propagación del proselitismo jihadista local, hasta ahora más o menos contenido. En los últimos años, el nuevo rey, Abdallah, ha conseguido asimilar el malestar palestino (comunidad muy influyente y numéricamente dominante en Jordania) y canalizar los brotes democratizadores de la ‘primavera árabe’. Más dificultades ha tenido en desarraigar el peligro integrista. No hay que olvidar que el jefe de Al Qaeda en Iraq y auténtico jefe de la insurgencia sunní contra la presencia norteamericana en el país, Al Zarqaui, era jordano. En la actualidad, un clérigo jordano lidera el reclutamiento de combatientes para la guerra en la vecina siria (5).

¿MIEDO A OTRA OLEADA TERRORISTA?

Robin Simcox, uno de los analistas que ha investigado al EI, considera que Occidente debe prepararse también para una próxima amenaza quizás más intensa y peligrosa que la protagonizada por Al Qaeda en la década anterior. El propio coordinador de la unidad antiterrorista de la UE, Gilles de Kerchove, estimaba como «muy probable» que el ISIS pudiera estar «preparando, entrenando y destinando a algunos de sus combatientes extranjeros para que realizaran ataques en Europa, o fuera de Europa». Simcox menciona algunos antecedentes de intentos de atentados (Glasgow, Estocolmo, Bruselas), que alcanzaría también a Estados Unidos y Canadá (6).

En la mayoría de estos análisis se percibe un cierto tono alarmista y quizás exagerado de la capacidad desestabilizadora de la nueva organización islamista emergente liderada por Al Baghdadi. No obstante, pueden encontrarse valoraciones más mesuradas que rebajan notablemente el alcance de la amenaza. Es el caso de otro investigador del Centro Brookings de Doha, F.Gregory Gause III, para quien, pese al daño que pueda hacer, incluida una momentánea fracturación del país, «es casi imposible» que el EI gane la guerra de Iraq (7). Cuanto más que se encuentre en disposición de desestabilizar a los países vecinos.

En lo que todos los analistas coinciden es en afirmar la repercusión directa de la guerra sirio-iraquí en el reavivamiento de las tensiones regionales, que incluye conflictos directos como el de Palestina, y pulsos latentes como el que protagonizan los dos grandes actores de la zona, Arabia Saudí e Irán.

No es un secreto que el trono de los Saud se encuentra más que inquieto por las consecuencias de un acuerdo nuclear de Occidente con Irán, y mucho más que una posible colaboración entre Washington y Teherán para prevenir el colapso o la partición efectiva de Irak. De hecho, aunque el EI se pueda declarar enemigo del régimen saudí (no lo ha hecho explícitamente) y Riad haya tomado medidas militar de protección suplementaria, no son pocos los que sospechan o piensan que la monarquía wahabí mantiene una relación ambivalente con círculos de apoyo de la organización ‘jihadista’, como lo ha hecho tradicionalmente con Al Qaeda, por mucho que sus portavoces oficiales lo hayan desmentido reiterada y ruidosamente.

(1) En el nuevo nombre, simplemente se suprimen las referencias territoriales de «Iraq» y «Levante». No obstante, en este comentario seguirá citado en ocasiones como ISIS, porque esas son las siglas en inglés de su antiguo nombre, como aparece en los artículos que se referencian.

(2) BARAK MENDELSOHN, investigador del Haverford College y del Instituto de Investigación de Política Exterior, ha diseccionado la evolución divergente de ambas organizaciones ‘jihadistas’ en «The rise of ISIS and the fall of Al Qaeda». FOREING AFFAIRS, 15 de Junio de 2014.

(3) CHARLES LISTER (Centro Brookings de Doha). «What will ISIS do next?». BBC, 27 de junio de 2014.

(4) DAVID ROTHKOPF. «The real red line in the Middle East. FOREING POLICY, 30 de Junio 2014.

(5) BRIAN KATULIS, MOKHTAR AWAD Y HARDIN LANG. «Gatekeeper of the Jihad». FOREIGN POLICY, 18 de Abril de 2014.

(6) ROBIN SIMCOX.»ISIS’ Western ambitions». FOREIGN AFFAIRS, 30 de junio de 2014.

(7) «Can Iraq survive the ISIS storm». Entrevista de Mohamed Aly Sergie a F.Gregory Gause III, en COUNCIL OF FOREIGN RELATIONS, 15 de Junio de 2014.