UNA MAYORÍA TAMBALEANTE

El gobierno griego dispone de una mayoría exigua. El voto de confianza lo obtuvo por 155 votos a favor y 143 en contra. No está claro que pueda sacar adelante el llamado programa de medio mandato que se le exige desde las distintas instituciones políticas y financieras europeas e internacionales para evitar la quiebra. Los socialistas del PASOK viven un drama descarnado. Muchos de ellos no están convencidos de que se esté haciendo justicia con las medidas que les propone su líder. Ni siquiera están seguros de que sean inevitables. EL PASOK ha mantenido históricamente posiciones que pudiéramos denominar ‘radicales’ o más a la izquierda, en comparación con las sostenidad mayoritariamente por la Internacional Socialista en Europa. En los últimos años, esa tendencia se ha ido atemperando. Los sucesivos liderazgos -algunos concluidos en sonoros fracasos- han empujado al Partido Socialista Panhelénico hacia posiciones más centradas.

Aún y todo, en la tensa y crispada sesión del martes por la noche en el Parlamento, algunos diputados socialistas advirtieron que otorgaban su voto de forma condicional y temporal, no un cheque en blanco, no como anticipo de futuros respaldos que exigirá el Primer Ministro.

El siguiente acto del drama se oficiará la semana que viene cuando se presente el segundo programa de austeridad, el que debe abrir la vía para que se desembolso la siguiente partida (12 mil millones de euros), perteneciente al crédito total superior a los 100 mil millones que se decidió hace unos meses para evitar la quiebra del país.

Las líneas maestras de ese tratamiento de choque son conocidas: recortes del gasto público por valor cercano a los 30 mil millones de euros de aquí a 2015, venta de bienes estatales hasta conseguir un monto que se aproxima al doble de la cantidad anterior y un incremento de los impuestos, según distribución e impacto aún por conocer.

Papandreu, muy consciente del riesgo más que probable de que se cuarteen y deserten sus propias filas, sacrificó al impopular y poco convicente Ministro de Economía que pilotó el primer programa de austeridad y lo ha sustituido por Evangelos Venizelos, un peso pesado del PASOK. Otrora defensor de causas más populares, el actual timonel de la frágil economía helénica afirmó con apasionadamente la noche del martes en el Parlamento que era el momento de derrotar la desconfianza propia y ajena en el porvenir de Grecia.

Este ambiente de peligro existencial del país fue evocado también por el propio Papandreu para neutralizar el malestar interno en las bancadas socialistas. Se trataba de ganar tiempo, decía el miércoles, con esas o parecidas palabras, los principales diarios internacionales, en particular los más cercanos a los medios financieros y económicos.

LA CARTA DE UN GOBIERNO DE UNIDAD

Papandreu maneja otra carta por si la fidelidad de los suyos se resquebraja. Antes de resignarse al rechazo del segundo programa de austeridad, intentará lograr el apoyo de la derecha, de los conservadores de Nueva Democracia. Pero no será fácil. Su líder, Antonio Samaras, se ha mostrado esquivo, pero no ha cerrado la puerta. Después de todo, si cae el gobierno de Papandreu y las elecciones anticipadas se hacen inevitables, no es descartable un vuelco político que ponga en sus manos la responsabilidad de gobernar. Al márgen de las declaraciones públicas, en la derecha se viviría esa eventualidad como un regalo envenenado.

Samaras le exige a Papandreu un recorte de impuestos junto a un mayor recorte de gastos, frente al incremento impositivo que plantean los socialistas para que cuadren las cuentas medianamente.

El problema de fondo es de legitimidad, y eso es lo que plantean miles de atenienses en la céntrica Plaza Sintagma, donde se ubica el Parlamento, desde que hace unas noches se revitalizó el movimiento de protesta. El programa de austeridad puede ser una exigencia de difícil discusión. Pero no es menos cierto que hace recaer la factura de los errores sobre la mayoría de unos ciudadanos que no pueden ser considerados responsables de lo sucedido. El endeudamiento de Grecia se ha debido a una combinación de mala gestión, irresponsabilidad política e inercia de una cultura de gobierno muy arraigada en el país. Nadie defiende teórica o doctrinalmente el despilfarro, pero genera mucho menos rechazo que las recetas que luego se plantean para combatir sus consecuencias.

En las manifestaciones de estos días se pueden contemplar pancartas y grafittis especialmente hirientes contra la clase política. Al Primer ministro Papandreu se le dedicaba una de ellas, en la que se le presenta como el ‘empleado del año del Fondo Monetario Internacional’. Esta y otras caracterizaciones de los que se sienten perjudicados por las decisiones del gobierno griego resultan comprensibles aunque no necesariamente se compartan.

Lo que resulta mucho más chocante es que valoraciones o comentarios no mucho más medidos o equilibrados se escuchen de los labios de dirigentes europeos encargados de pronunciar el veredicto de ‘salvación’ o ‘condena’ de Grecia. Un político alemán, en declaraciones al diario DIE ZEIT, ha afirmado recientemente que el contribuyente alemán no puede pagar permanentemente la irresponsabilidad griega y ha sugerido que, puestos a reclamar fondos, Grecia debería exportar a Alemania su sol; es decir, la energía eléctrica que podría obtener de las abundantes horas de sol que disfruta anualmente. El proponente no es un dirigente cualquiera, sino Wolfgang Schauble, un peso pesado de la Unión Cristiano Demócrata y, a la sazón, Ministro de Finanzas del ejecutivo de Angela Merkel.