Hay dos cuestiones que me siguen pareciendo sorprendentes: en primer lugar, que nadie parece hacerse responsable de la situación de crisis económica que vivimos en nuestro país. Sólo hay un único culpable: Zapatero. Si todos fuéramos sinceros, sabemos que él no es responsable directo de la crisis, ni que tampoco él es el único gobernante español que debe buscar salidas y soluciones (aunque sea el primero y más importante), pero pocos parecen querer asumir su parte de corresponsabilidad. Y, en segundo lugar, parece que las recetas que se tienen que aplicar para salir de la crisis la marcan los mismo que nos metieron en ella.

La pregunta sería: ¿la salida a esta crisis está en las manos del “capitalismo del desastre”, como anuncia Naomi Klein?

Como dice en su libro, las situaciones de crisis social, provocadas o no, ofrecen la ocasión propicia para el avance de la privatización, la desregulación estatal y los profundos recortes de las prestaciones sociales.

Cada crisis ha sido una oportunidad de negocio para el capitalismo del desastre, aquél que “se alimenta” de las desgracias. Israel (una economía que progresa con los desastres de la violencia), el 11-S (con empresas dedicadas a productos de seguridad interior), el huracán del Katrina que supuso la privatización de los servicios (fundamentalmente de las escuelas), o las amplias declaraciones hechas tras la guerra de Irak sobre las grandes oportunidades de negocios que reportaría tanto la guerra como la posterior reconstrucción. Estos son algunos ejemplos que Naomi Klein muestra como exponente de lo que ella llama “capitalismo del desastre”.

Me viene a la cabeza este libro, cuando veo que el club de Davos sigue alimentando con “ideas y propuestas” la salida a la crisis de un sistema que ellos han defendido y no supieron corregir (como tantos otros economistas neoliberales que miran hacia otro lado como si esto no fuera con ellos); cuando alguno de nuestros bancos, en el peor año económico, tienen beneficios multimillonarios; cuando algún directivo de banco cobra de indemnización 79 millones de euros (planes de pensiones autoimpuestos con descaro); cuando muchas pequeñas empresas y autónomos están cerrando y, en cambio, las grandes compañías aprovechan la coyuntura para deshacerse de “cargas laborales”; cuando los recortes han de aplicarse a los derechos sociales; y, cuando la derecha, presume de tener salida a la crisis, promulgando despidos más baratos, ampliando edad de jubilación, menos prestaciones sociales y mayor liberalización.

Todo ello, después de “exprimir” al Estado solicitando subvenciones que aminoren las pérdidas de quienes no reparten nunca los beneficios.

Sería una lástima no haber aprendido nada de esta crisis: de quiénes la han provocado; de cómo se ha inflado la avaricia y la codicia; de quiénes han reclamado la intervención del Estado cuando son absolutos defensores del libre mercado y las salvajes privatizaciones.

En segundo lugar, y como primer punto que comentaba en el inicio del artículo: además de Zapatero, ¿hay más administraciones corresponsables de la deuda, el déficit, y la necesidad de apretarse el cinturón?

¿Qué van a hacer las Comunidades Autónomas? No todas están cortadas por el mismo patrón, pero, no es casual que las gobernadas por el PP sean las que reúnen tres condiciones: mayor deuda, más desempleo y menores prestaciones sociales. A la vez que todo el mundo mira a “papá Estado” pidiendo responsabilidad, ayuda o simplemente deseando con “gula” su caída, se debería exigir también un plan de austeridad, rigor en las cuentas, transparencia, menos despilfarro, mayor inversión pública, control del gasto y un largo etcétera a las Comunidades Autónomas.

De la misma manera que deberíamos empezar a realizar un plan de financiación de los Ayuntamientos. Cierto es que son la administración con menos recursos y más próxima al ciudadano, pero también habrá que “racionalizar” ciertas inversiones que a la larga se convierten en gastos corrientes tan abultados que resultan imposibles de mantener. Los municipios no pueden responder a simples impulsos electorales, caprichos de sus alcaldes, o demandas populistas. Durante años, se ha competido viendo cuál tenía el auditorio más grande, la piscina más enorme, el edificio más vanguardista o emblemático; pero, una vez inaugurados, no ha quedado dinero para dar utilidad y contenido a unos continentes sobredimensionados.

Conclusión: todas las Administraciones, sean del color político que sean, son corresponsables de arrimar el hombro y buscar soluciones para no caer en el electoralismo más demagógico; y, ojalá la izquierda europea proponga soluciones consistentes para que no sea “el capitalismo del desastre” quien revolotee buscando volver a hacerse rico con la desgracia ajena.