Si Arthur Mas no fuera un hijo de la alta burguesía catalana y no fuera talludito en edad, cabría imaginárselo esperando su turno para subirse a un carrusel de feria de esos que proliferaban en las fiestas estivales de Gracia o El Poblenou, de los pueblos de Catalunya y del resto de España con la pretensión de poder alcanzar el flamante caballito blanco en unas cuantas rondas, y en cuanto este quedara vacio agarrarse con fuerza a sus crines de cartón piedra hasta agotar los boletos que con fuerza sujetaría en su mano. Y si consiguiera que no le echaran nunca del estático jamelgo, mejor.

Pero la cosa es mucho más seria, no porque haya muchos con la pretensión de situar sus posaderas con fuerza en la montura del caballo blanco, que los hay. Esto es la política. Es más serio y grave porque hay millones de ciudadanos catalanes, españoles, europeos también, que se encuentran expectantes por saber cuál va ser el próximo movimiento del maduro-adolescente.

La política no puede ser el arte crear problemas cuya solución genera incertidumbre en los ciudadanos y plantea expectativas imposibles. En ese bucle infinito nos encontramos, cayendo en un agujero negro de argumentos y contraargumentos capaz de enloquecer a los ciudadanos y llegar a situaciones no deseadas por nadie en el occidente Mediterráneo, como si no fueran pocas las que tenemos en la parte oriental.

La responsabilidad de cómo se ha llegado a esta situación no es sólo culpa de un sólo individuo, claro y evidente, han sido un cumulo de torpezas encadenadas compartidas por unos y otros y volver a hacer el relato termina siendo cansino pues ahora es el momento de la búsqueda de soluciones y consensos, no de escenografías de películas de romanos con legiones y gladiadores paseando por las calles. La cantidad de adrenalina que se ha vertido no lleva a ningún sitio o mejor dicho nos puede llevar a lugares que no merecen ser transitados.

Si el problema de Catalunya es un problema económico, un déficit fiscal con el Estado, una revisión de procesos de inversiones, nada que no se pueda plantear en una mesa de negociación, transparentar cuentas y regirse por los principios de solidaridad y cooperación imperantes en la Unión Europea y en España. A estos efectos es muy saludable la lectura del reciente libro de Josep Borrell y Joan LLorach «Las cuentas y los cuentos de la independencia».

En el caso de que estemos hablando de cuestiones competenciales, incumplimientos de Sentencias del Tribunal Constitucional o reparto de ejercicios funcionales todo tiene vía de solución en el marco jurídico constitucional y estatutario, regido igualmente por el consenso necesario.

Poner el énfasis en la frustración que significó el acto fallido de la reforma Estatutaria de 2006 y la posterior Sentencia del Constitucional de junio de 2010, es tan espinoso como complejo, pues la responsabilidad de aquel proceso es tan repartida que no merece la pena a estas alturas buscar culpables, aunque sí aprender la lección de cómo la falta de perspectiva y de altura de miras pueden llevar a callejones sin salida.

Hubo responsabilidad en la conducción realizada por el Presidente Zapatero y sus declaraciones a la galería; en el Parlament de Catalunya elaborando un texto más propio del Reglamento Ferroviario que de un texto de naturaleza constitucional; del propio Tribunal Constitucional, dilatando en exceso su fallo y no buscando la interpretación más conforme al objetivo político perseguido. Pero sin duda, hay responsabilidad, mucha, en los entonces líderes del Partido Popular y CIU (Rajoy y Mas) que buscaron en todo momento la propia rentabilidad electoral para la recuperación del poder político perdido tanto en España como en Catalunya, avivando un fuego de sentimientos anticatalán y antiespañol, respectivamente, que lo único que han logrado es romper puentes políticos para el encuentro y la negociación y con ello para la solución del problema, siendo para más inri los actuales líderes de lo que está pasando. Consiguiendo como gran logro encrespar los ánimos de la ciudadanía a un lado y otro de la polémica. En todo caso, antes que cualquier actuación traumática es mejor pensar en volver a reiniciar el proceso. Bien incitando de nuevo la reforma estatutaria, o si se quiere hacer mejor y aprovechar el proceloso viaje procedimental que nuestra Constitución obliga, y ya que se ha abierto el debate, proceder a una reforma sustancial de la Carta Magna, que tras 37 años de vigencia y los cambios producidos en nuestra sociedad va haciendo falta y a la que no hay que tener miedo. El Derecho es la forma dada socialmente para evitar el conflicto y el uso de la fuerza y «la Ley» se les decía en tiempos a los estudiantes de Derecho «puede hacer todo, salvo convertir a un hombre en mujer», circunstancia que la ciencia ha conseguido y el Derecho con prontitud le ha dado cobertura.

Es por ello un triste espectáculo que a los ciudadanos se les someta a un sinsentido político de tener que decidir algo que va contra el rumbo de la Historia como ya ha sido puesto de manifiesto por la Unión Europea, pues no habrá entrada en Europa. Su viabilidad económica solo es pensable a largo plazo, se producirá una quiebra en los sistemas de gestión pública minorando su calidad, una pérdida de competitividad tanto de la economía catalana como española, una conculcación palmaria del Imperio de la ley contraviniendo los principios del Estado de Derecho y sobre todo un avivamiento de la tensión ciudadana que puede terminar convirtiendo a la cívica comunidad actual en muchedumbre, al verse frustrada y engañada.

Solo en el voto de los ciudadanos catalanes puede estar la solución a esta feria que se ha montado ya que los gobernantes catalanes, con Mas a la cabeza, parece que están siguiendo al pie de la letra la famosa canción de Joan Manuel Serrat:  «olvídese de lo que fue y de qué modo y cuélguese en la magia de pasar de todo. Móntese en el carrusel del Furo… Súbase… Dos boletos por un duro…»

(*)»El carrusel del Furo» 1975) es una canción que Joan Manuel Serrat dedico a su abuelo Manuel Teresa, que nunca conoció, muerto en su natal Belchite 1938 en la sin razón de la Guerra Civil Española, le llamaban “el Furo”, que poco más o menos quiere decir “el bravo”. Cuenta Serrat que cuando -de pequeño- algo andaba mal en su cabeza, llegaba su abuelo, le fabricaba un carrusel para él sólo, y allí se refugiaba su corazón de niño.