“Los poemas de Tranströmer nos permiten acceder a lo más profundo de una imaginación desbordante, admirable…Estos poemas nos muestran a uno de los mejores escritores de las últimas cinco décadas”

The New York Times Book Review

“Hay poetas que nos hacen más inteligentes, más despiertos, que nos vuelven sutiles o sentimentales o contradictorios. Tranströmer nos coloca en el mundo, en eso que llamamos realidad y que se diferencia del realismo en que la realidad carece de sentido. Pero nos hace sentir fascinación por existir en él”

Carlos Pardo, Prólogo a El cielo a medio hacer

¿Quién es Tomas Tranströmer? La respuesta es sencilla y tiene los matices de contundente. Estamos ante uno de los poetas suecos vivos más importantes de los últimos tiempos. Nacido en Estocolmo en 1931, y galardonado con los premios Bonnier para la poesía, el premio internacional Neustadt para la literatura, el Oevralids, el Petrach de Alemania, y el galardón sueco del Foro Internacional de la Poesía, su nombre suele aparecer con frecuencia como uno de los candidatos al Premio Nobel.

El cielo a medio hacer es una colección de trece libros que recoge buena parte de la producción poética de Tranströmer desde mediados de los años cincuenta hasta el 2003. Merece la pena mencionarlos: 17 poemas (1954), Secretos en el Camino (1958), El cielo a medio hacer (1962), Tañidos y Huellas (1966), Visión Nocturna (1970), Senderos (1973), Bálticos (1974), La barrera de la verdad (1978), La Plaza salvaje (1983), Para vivos y muertos (1989), Góndola fúnebre (1996), Haikus y otros poemas (2003), Visión de la memoria (1996).

Adentrarse y caminar por la poesía de Tranströmer, una poesía que se construye a partir de un lenguaje modernista, expresionista y, a veces, surrealista, es como dar un paseo reflexivo y sosegado por un mundo nuevo. No resulta arriesgado decir que el lector, al dejarse impresionar por las sorprendentes metáforas que el poeta emplea (para describir sus paisajes nórdicos, las casas y las calles de sus ciudades, sus personajes, sus recuerdos…) descubre una nueva y diferente manera de mirar. Los árboles comienzan a cargar con una pesada historia en la que el discurrir del tiempo ha dejado su impronta, las montañas recogen los ecos y susurros de la Edad de Piedra, el mar habla en una lengua extinguida donde cada vocablo nos revela ocultos sentidos y significados, la tormenta se convierte en un mensaje que hay que saber descifrar, las casas parecen tener vida y respirar… Toda la existencia se ve envuelta en un halo de misterio y reclama una atención y una veneración. Sólo por esto su lectura resulta fascinante.

Sin embargo, poco a poco, el lector descubre que todas esas metáforas, todo el mundo de imágenes que el poeta ha ido elaborando, es a su vez una metáfora humana, mejor dicho, de aquel aspecto de la vida humana que se nos escapa constantemente y que conecta con la eternidad. De todo aquello que no se puede nombrar sino simplemente apuntar. En esto Tranströmer es un verdadero maestro.

¿Dónde se esconde el sentido de la vida y de la propia identidad, el sentido de ese yo que se pasea por el espacio y por el tiempo? ¿Qué sucede cuando uno se olvida, aunque sólo sea por un instante, de quién es convirtiéndose en un náufrago arrojado en el apasionante devenir existencial que a veces presenta los trazos fuertes del infierno del olvido? ¿Hay algo o alguien que nos está llamando continuamente, aunque los diferentes disfraces que asume nos impiden reconocerlo? ¿De dónde viene ese malestar, ese ahogo en el que nos falta hasta la respiración y que nos afecta hasta la médula? ¿Qué es recordar, si recordar, ese robarle tiempo al tiempo? ¿Qué es el lenguaje, misterioso laberinto en el que nos insertamos desde que nos incardinamos en la existencia? ¿Qué sabor tiene el remordimiento?

Pero las mismas preguntas, esos interrogantes que planean por la aventura de la vida, no hacen justicia al calado hondo, pero a la vez sencillo, de sus respuestas. Todas ellas ponen de manifiesto una penetración mística en aquellas constantes universales que están presentes en la persona. Después de leer sus poemas y jugar con sus metáforas, uno se queda con la impresión de que se ha asomado fugazmente a un secreto vertiginoso, del que sólo queda el tenue y fugaz recuerdo de su resplandor.