Obama no ha sabido o no ha podido manejar la conjunción de todos estos favores adversos. La percepción (que a veces importa más que la realidad) es que el Presidente se ha ido quedando sin apoyos para mantener su visión y, alarmado ante la perspectiva de convertirse en «otro Carter», ha optado por girar el timón.

Jimmy Carter, el presidente en la segunda mitad de los setenta, fué el último de los demócratas que ni siquiera optó a la reelección. Su presidencia resultó destruida por una percepción generalizada de debilidad, en gran parte ocasionada por otra ‘amenaza islámica’, en este caso la irrupción del Irán de Jomeini y sus ‘ayatollahs’. El fracaso de la operación de rescate de los rehenes se sobrepuso a otras operaciones de no poco mérito en política exterior, sobre todo la paz egipcio-israelí, mucho más consistente, sólida y duradera que cualquiera de los intentos posteriores. A Carter no lo destruyeron los hechos, sino el relato, la propaganda, la manipulación.

PERCEPCIONES Y MANIPULACIONES

Las últimas encuestas señalan que la mayoría de los estadounidenses desaprueban la forma en que el Presidente está conduciendo la política exterior, la lucha contra el terrorismo y, en particular, la persecución de los emergentes extremistas islámicos. Sin embargo, como era de esperar, comparten con Obama el rechazo a implicar fuerzas de tierra en la actual ofensiva militar en Iraq y Siria. Sin embargo, los adversarios del presidente interpretan estos sondeos como una validación de sus críticas a la Casa Blanca, cuando en realidad, lo que refleja la consulta es el desconcierto ciudadano ante lo que está ocurriendo. El norteamericano medio no quiere que su país parezca débil, impotente o derrotado. Pero no está dispuesto, a estas alturas, a seguir arriesgando sangre para evitarlo.

Los partidarios de una intervención fuerte, masiva y sostenida no cuentan con el respaldo de la mayoría de la opinión pública, pero han conseguido imponer la percepción de lo contrario y de que el sancionado es el Presidente. Lo inquietante es que los propios mandos del Pentágono, voluntaria o involuntariamente, contribuyen a estos equívocos al señalar, filtrar o insinuar aparentes discordancias con el «Comandante en Jefe» sobre la necesidad o no de enviar soldados al terreno (2).

Desde la primera guerra contra Iraq, en 1991, existe la convicción en la clase política que la abrumadora superioridad tecnológica estadounidense permite maximizar éxitos y minimizar riesgos, haciendo un uso intensivo del arsenal aéreo y naval. No hay fuerza en el mundo capaz de contrarrestar un ataque combinado de aviones y misiles lanzados desde navíos. La experiencia ha demostrado que esta estrategia puede debilitar en extremo a un adversario inferior. Pero en sucesivos conflictos (Somalia, Yugoslavia, Iraq), se ha demostrado que no se puede prescindir completamente de las fuerzas de tierra, si se quiere fijar y asegurar una victoria militar, y no sólo destruir técnicamente al enemigo.

UNA APUESTA ARRIESGADA

En el caso que nos ocupa, Obama ha querido solucionar este «problema» descargando la responsabilidad sobre el terreno en las fuerzas ‘locales’; es decir, en esa especie de miríada de semiejércitos, milicias y simples combatientes aficionados que son enemigos a muerte del Estado Islámico. En Iraq, un fantasmal y sectario ‘Ejército nacional’, las milicias chiíes (más sectarias aún, por su propia naturaleza) y las fuerzas kurdas (peshmergas). En Siria, un ‘pandemonium’ de grupos armados opuestos tanto al régimen como al Estado Islámico, casi nunca capaces de unir fuerzas; o peor, en ocasiones avenidos con los extremistas por cuestiones tácticas o de oportunidad.

Una consecuencia indeseable de esta táctica de responsabilidad compartida es que al debilitar al Estado Islámico se fortalezca a otras fuerzas no menos peligrosas. En Iraq podría verse reforzado el sectarismo chií, pese a las esperanzas puestas en el nuevo primer ministro. De hecho, los líderes tribales sunníes denuncian que Ias persecuciones continúan (1). En Siria, podrían resultar favorecidos o el régimen de Assad o las filiales de Al Qaeda enemigas del EI, como Al Nusra o Jorrasan. A ésta última organización se le atribuye ahora un «complot» para introducir explosivos en pasta dentífrica y provocar atentados en Occidente. De ahí que los bombardeos se hayan dirigido también contra esta facción islamista radical, más fantasmal aún (su líder, hombre de confianza en su día de Osama Bin Laden, habría sido «eliminado»).

Ese es el eslabón más débil de la última línea de resistencia de Obama en el giro de su política contra el terror. Nunca confió en la oposición siria, porque no sabía muy bien cuál era el interlocutor fiable, si había alguno. No consiguió que el gobierno iraquí se aviniera a un pacto de seguridad que facilitara la retirada militar que él deseaba sin dejar al país expuesto al caos. El resultado ha sido el fracaso. Pero resulta una deshonestidad palpable afirmar que la evolución de los acontecimientos en estos dos países es consecuencia de las indecisiones de Obama. Pocos analistas norteamericanos se atreven a señalar esta impostura (3).

El año pasado, Obama dijo en el discurso de apertura de la Asamblea General de la ONU que Estados Unidos no podía convertirse en el «gendarme del mundo». Trataba de justificar entonces su decisión, muy criticada por sus adversarios internos y externos, de no implicarse en la guerra de Siria. Este año, su intervención no ha podido por menos que reflejar el giro realizado. Obama ha puesto el énfasis en el «liderazgo» de Estados Unidos en la guerra, que debe librarse en estos países para derrotar al extremismo. Lo que va de un año a otro es el debilitamiento de su presidencia.

Le queda el multilateralismo, última barrera de resistencia frente al fantasma acechante de los neoconservadores y sus enloquecidas visiones intervencionistas. Lo malo es que, al depender de unos aliados locales muy poco fiables, su equilibrio en la cuerda tensa fracase de modo estrepitoso.

El gran riesgo para Obama es que, en su preocupación por sacudirse el complejo Carter, termine por aproximarse a otro fracaso, el más lacerante de la reciente historia norteamericana, el de Nixon en su intento por evitar la derrota en Vietnam, confiando su suerte a unos ineptos amigos locales.

(1) NEW YORK TIMES, 22 de septiembre de 2014.

(2) «Rifts widen between Obama and U.S. military over strategy to fight against Islamic State» CRAIG WHITLOCK. THE WASHINGTON POST, 18 September 2014.

(3) «The six fictions that we have to stop teling ourselves about Obama, the Islamic State and what United States can and can’t do to save Iraq and Siria». DAVID AARON MILLER. FOREIGN POLICY, 23 de September 2014.