Radu Mihaileanu, el director de “El concierto” nos ofrece una película divertida, con numerosos toques que la hacen especialmente entrañable.

Es una comedia crítica, pero amable y simpática. Sus personajes algo estereotipados e incluso, en algún momento, caricaturescos nos mueven por una historia que fluye con un ritmo trepidante, una acción que busca la carcajada con situaciones absurdas y comentarios más tópicos que ingeniosos, pero que funcionan bien y consiguen el efecto deseado. Sin duda, el director rumano se inclina por una comedia loca y disparatada. Los mítines comunistas con acólitos pagados, judíos que no pueden evitar ver negocio en todo lo que tocan, un manager ex-KGB que suspira por los viejos tiempos del partido o un magnate que duda entre comprar un equipo de fútbol o ser patrocinador de su capricho musical. Estos pasajes ligeros e increíbles son los que nos provocan empatía con estos personajes en su felicidad efímera y desgracia cotidiana.

Una cinta de narrativa convencional y previsible. Con una interpretación eficaz de su amplio elenco de actores. De la que destaca sobre todos Alexei Guskov, en su papel de director loco por la música de Tchaikovsky.

Está logrado el retrato que se hace de la decadente Unión Soviética, con brochazos de desilusión y desencanto, de desconfianza con los cambios traídos por la Perestroika. Una sincera y contundente critica a unos “nuevos ricos” tan corruptos como los “dirigentes anteriores”.

En el fondo, es una obra optimista y muy humana, con un toque folclórico y también crítico, pero más a los hombres que gestionan los sistemas políticos (comunista o capitalista) que a lo ideológico que hay en ellos.