En este grave contexto llama la atención la irresponsabilidad tremenda que ponen de manifiesto precisamente aquellos que están llamados a procurar la resolución del problema. Primero, y sin lugar a dudas, los políticos independentistas. El nacionalismo de derechas busca tapar sus corruptelas y sus incapacidades frente a la crisis con una huida loca, que les lleva a ellos y a los catalanes irremediablemente de la frustración al fracaso. Y la supuesta izquierda independentista se asemeja cada día más a la Liga Norte de Umberto Bossi, más partidaria de cerrar filas con los explotadores del propio terruño que con los explotados del terruño vecino.

Después, el Gobierno de España, incomprensiblemente inactivo, como si la amenaza de romper el país no fuera con él, o como si los problemas tendieran a resolverse solos. A veces da la sensación de que Rajoy actúa en el conflicto catalán antes como presidente del PP que como presidente del Gobierno español. Puede que al primero le interese mantener vivo el conflicto separatista en Cataluña para movilizar a los sectores más extremos de su electorado, pero, desde luego, al segundo ha de importarle poner coto con urgencia a un proceso que puede alterar gravemente la convivencia entre los españoles.

Se suman a la irresponsabilidad también tres diputados autonómicos del Partido de los Socialistas de Cataluña, que sistemáticamente ignoran las decisiones adoptadas democráticamente en el seno de su organización para contribuir a las estrategias de los adversarios independentistas. El pensamiento independentista es legítimo, pero es totalmente incompatible con el ideario de un partido de izquierdas como el socialista. Anteponer la identidad territorial a la solidaridad entre las personas es un planteamiento de derechas, contrario a los valores más profundos de la izquierda. Los socialistas no hacemos política con el carnet de identidad sino con los principios de la igualdad y la libertad.

Dicen actuar “en conciencia”. Pues si su conciencia es una conciencia nacionalista, que dejen el partido socialista y militen consecuentemente en CiU, que es donde acabarán probablemente. Eso sí, después de hacer mucho daño al PSC y al PSOE. Resulta incomprensible que alguien que se autodenomina progresista anteponga las banderas nacionales a la solidaridad entre hombres y mujeres más allá de donde hayan nacido, o que se sientan más cerca del millonario barcelonés que del parado gaditano. Y aún más incomprensible es su concepción de la propia democracia. Reivindican un supuesto derecho a decidir la independencia para los catalanes, pero son incapaces de respetar la decisión democrática adoptada por inmensa mayoría en el órgano de máxima responsabilidad de su propio partido.

Las razones a sostener para rechazar la independencia han de ir más allá del sentimiento porque, por desgracia, algo se ha roto en el tradicional sentimiento de afecto mutuo entre los españoles de Cataluña y el resto de los españoles. Algo que habrá que recuperar. Pero también hay razones políticas, porque en el tiempo de la globalización de los retos y las comunidades integradas para afrontarlos, ya no caben los minimalismos y las fronteras. Y hay razones económicas, porque los mercados premian las sinergias de envergadura y castigan duramente a los reduccionismos. Y, desde luego, hay razones ideológicas, porque en sociedades con identidades cada vez más complejas y solapadas, solo caben instituciones complejas y solapadas. La ideología de la identidad única conduce al pensamiento único y al mando único, y la historia del siglo XX no nos recuerda nada bueno respecto a sus consecuencias.

Las falsificaciones de la historia que acompañan al independentismo resultan tan grotescas como lamentables. Nadie duda de que la reivindicación de la independencia sea una reivindicación legítima, pero lo es porque hay catalanes que hoy defienden esta opción, no porque “la nación catalana existe desde hace mil años”. Reivindicar la figura de Wilfredo el Velloso como “padre de la nación catalana ya en el siglo IX” es sencillamente ridículo, entre otras razones porque la idea de nación no fue inventada hasta el siglo XVIII.

El PSC mantiene ahora una postura razonable. No a la recentralización que niega identidades y frustra autogobiernos, y no al disparate secesionista. No a la ruptura y no al inmovilismo. Sí al diálogo, sí al encuentro y sí a las reformas consensuadas sobre nuestro marco de convivencia, en clave federal. Esta es una buena salida. Puede que la única salida. Es la posición del PSOE también. Merece consideración, merece apoyo y merece, al menos, la lealtad de todos los socialistas, fuera y dentro de Cataluña.