Por esta vía, la impresión que se puede transmitir es la de una creciente dualidad, incluso esquizofrenia, que lleva a ver los hechos y las realidades de una manera totalmente distinta, según se esté fuera o dentro de la campana de cristal.

Los ciudadanos medios, y los votantes y ex votantes socialistas, lo que han visto es una derrota tremenda del PSOE, en el contexto de una situación económica y sociopolítica muy preocupante, que no se sabe muy bien cómo puede acabar y qué efectos puede tener para todos los europeos, y muy en particular para los españoles, si algunos líderes permanecen aferrados a su intransigencia analítica y a su peligrosa e insolidaria corteza de miras. De ahí que, en la opinión pública y entre los grandes agentes económicos y sociales, se vivan momentos de gran inquietud e incertidumbre.

En contraste con tal estado de cosas, en determinados círculos del PSOE parece que sólo existe lo que está dentro de la burbuja de cristal y, por lo tanto, buena parte de las energías y atenciones se dedican prioritariamente a considerar diversas alternativas sobre nombres. Generalmente nombres conectados directamente, en mayor o menor grado, a la gran derrota del 20 de noviembre. Lo cual transmite una impresión de “continuismo” y de “falta de sentido de la realidad”; incluso de la realidad histórica a medio plazo.

En esta perspectiva, el “debate Chacón” es inevitable que sea visto como otro debate más sobre “nombres” y no sobre “proyectos” y “alternativas”. Un debate, además, en el que las posibles fortalezas iniciales de la candidata, desde el punto de vista de su procedencia geográfica-política, y de los sectores y grupos de influencia que la apoyan, pueden convertirse de inmediato en sus principales debilidades y vulnerabilidades. Al menos eso es lo que se está trasluciendo.

De esta manera, la catalanidad o españolidad se convierten en artefactos de eventual descalificación u objeción inicial, en una presentación que no hace sino desvirtuar y negativizar más la imagen que se está transmitiendo desde el PSOE.

Desde luego, nadie podrá negar el derecho de un catalán –o una catalana– a ser candidato o lo que mejor le parezca, sin cortapisa alguna. De hecho, Josep Borrell, que también es catalán, fue candidato a unas elecciones primarias en el PSOE. Y las ganó de manera holgada. Asimismo, Narcís Serra fue Vicepresidente de Gobierno, sin que nadie objetara su catalanidad, como tampoco se objetaba el origen andaluz de Alfonso Guerra o Felipe González.

La cuestión no estriba en el lugar en el que se nace, sino en el proyecto político que se tiene y en la manera en que unas u otras plataformas políticas están encajadas organizativa y tendencialmente en ciertas presentaciones de candidaturas. Eso sí puede ser un problema. Pero un problema, en su caso, para lograr tener mayores o menores respaldos. Pero no para ser cuestionado ab initio.

Por lo demás, no vendría mal que en algún momento se planteara oportunamente la manera en la que podría mejorarse la funcionalidad de la relación organizativa entre el PSOE y el PSC y, sobre todo, la manera en la que se plantean y proyectan determinados discursos “nacionalistas”, que en ocasiones tienen el efecto de alejar de los espacios electorales socialistas a un buen número de votantes, que no se cuestionan la realidad sociológica y política de España. Lo cual ocurre tanto en Cataluña, como en otros territorios españoles. No debiera olvidarse, en este sentido, que la manera en la que se ha planteado la cuestión nacional en los últimos años ha sido, también, uno de los factores relevantes de pérdida de apoyos del PSOE.

Por lo tanto, todo nos remite nuevamente al principio. ¿Cuál es realmente el proyecto que el PSOE puede –y debe– ofrecer en estos momentos a la sociedad española? Y, una vez aclarado esto, será el momento de debatir sobre las personas y los equipos más pertinentes.