Es el último debate de Zapatero como Presidente del Gobierno. Y el último duelo que realiza con Rajoy. A partir de ahí, el futuro es incierto. Aunque el PP pretenda dar la seguridad de que todo está ya decidido, existen incógnitas que todavía hay que despejar, como por ejemplo, la fecha de las elecciones y sobre qué medidas basarán sus programas tanto el PP como el PSOE.

A Rajoy las encuestas le dan como ganador, no por méritos propios, sino por desilusión con el Partido Socialista. El PP no crece en votantes, sino que, subido al carro de la crisis, espera que todo vaya mal para obtener el poder. Pero, en estos momentos, ya sabemos que el problema de Rajoy no es que oculte su programa, sino que no tiene nada nuevo que ofrecer. Si Rajoy gana, su línea será de completa continuidad con la actual, dejándose llevar por las circunstancias, invocándose a Dios para que la crisis escampe y para que las medidas del gobierno socialista den frutos durante su mandato.

Sabemos que no aportará nada nuevo en materia económica, pero tampoco en la regeneración de la vida política y democrática por la que tanto se grita en la calle. El PP hace oídos sordos a las protestas porque no van con ellos. La gran paradoja que se produce es que el partido más demagógico, con mayor número de imputados y corruptos, con un concepto de democracia raquítico y de mínimos (por eso permiten a Camps haciendo de las suyas), defensor a ultranza del mercado, quien ha permitido la especulación urbanística más salvaje, renovador del mensaje más ultraliberal y neoconservador, agitador de sentimientos xenófobos con fines electorales, sale beneficiado de la crisis económica más salvaje creada por las tesis capitalistas, copando un importantísimo poder autonómico y municipal. Por tanto, del PP no hemos de esperar ninguna novedad, como ya ha demostrado también en el Debate, “la vida sigue igual”.

La incógnita se desarrolla en el tablero de juego del PSOE. Prácticamente sin tiempo, sin credibilidad, con una militancia desilusionada y una ciudadanía indignada, con una Europa mercantilista, con el aliento en la nuca de países como Grecia y Portugal que han caído en este combate cruel, y con la mayor pérdida de poder institucional en las pasadas elecciones autonómicas y municipales, el PSOE se debate entre “lo que debe hacer” según las instrucciones de Europa y “lo que le gustaría hacer” según su propio ideario y la atención a su gente.

Hay que atender a los dos platos de la balanza que se han desequilibrado. Por una parte, atender la crisis económica sabiendo que es muy fácil recibir consejos pero complicadísimo acertar en unas medidas que ya no son sólo nacionales, sino que están interconectadas de tal manera que un constipado alemán puede convertirse en una gripe terminal para otro país periférico. Sin olvidar la mayor cruz de nuestro país: el desempleo. Por otra parte, la debilidad y falta de credibilidad de la política, que se ha convertido en el mayor de los males, los más inútiles e ineficaces, y el enemigo número uno a combatir por los ciudadanos indignados. En cambio, esto sólo se soluciona con más política. A la demanda de plantar cara al mercado, más política; a la obligación moral de poner límites a la especulación financiera y evitar que esta crisis se reproduzca, más política; a la necesidad de devolver capacidad a la democracia y regenerarla, más política.

Rubalcaba no puede deslindarse de todo lo realizado por Zapatero pues ha sido y es parte de su gobierno, pero por otra parte, él tiene la inmensa responsabilidad de reconciliarse con su electorado y su militancia, de devolver el orgullo y la ilusión de pensar que las elecciones no están perdidas, de cambiar el discurso político para generar de nuevo confianza y acercamiento entre ciudadano y representante. Si las cosas siguen igual que hasta ahora, la partida ya está jugada. La única oportunidad que tiene es erigirse y actuar como un líder político, plantando cara a Europa proponiendo salidas diferentes desafiando al mercado.

El PSOE ha de cambiar. El tablero de juego ya no es estable, las piezas están fuera de sitio, y mucha gente ya no quiere ni jugar. Después de esta crisis, si no ponemos remedio, la economía seguirá inmersa en el mismo pensamiento que nos ha traído a la crisis actual, ¿y la política?