No es cierto, como insiste en afirmar la derecha, que la salida de la crisis dependa de la gestión correcta por parte de los gobiernos en la aplicación de un recetario tipo indubitable. La crisis tiene una respuesta de derechas y una respuesta de izquierdas, o si se quiere, una respuesta que incide en los modelos económicos liberalizadores y una respuesta socialdemócrata que reclama intervención, regulación y justicia social.

El recetario tipo que la derecha considera fruto incuestionable de la ortodoxia económica consiste en bajadas de impuestos, reformas institucionales desreguladoras y “austeridad” en las cuentas públicas. Menos Estado y más mercado. Las únicas reglas válidas son las reglas de la libre oferta y la libre demanda. El mercado omnisciente proveerá de prosperidad, de empleos y de unas condiciones sociales mínimas, aunque desiguales, porque la desigualdad es un buen incentivo para la competitividad. Es un modelo legítimo, claro. Pero no es el nuestro, no es el que han votado los ciudadanos españoles mayoritariamente y, además, es el modelo que ha provocado el mayor batacazo de la economía mundial desde el año 29.

El modelo socialdemócrata no se define por presiones fiscales bajas. Tampoco por la desregulación de los mercados. Ni mucho menos por las rebajas constantes en la inversión pública o en el gasto destinado a la protección social. El modelo socialdemócrata defiende presiones fiscales suficientes, progresivas, justas, razonables, para financiar a un Estado regulador y garantista, que provee de normas y estímulos para la actividad económica creciente y el empleo estable, que asegura políticas y servicios encaminados a la equidad social. La socialdemocracia apuesta por un Estado activo en la inversión pública destinada a la mejora de la productividad y en las prestaciones que cimientan el bienestar social. Y el Estado necesita recursos para cumplir con estas funciones. Y los recursos vienen de los impuestos. Este es el modelo socialdemócrata que, más o menos explícitamente, de una u otra manera, están aplicando ahora buena parte de los gobiernos sensatos del mundo.

La izquierda española, en consecuencia, haría bien en defender sin titubeos, con capacidad didáctica y con iniciativa política, el modelo ideológico socialdemócrata al que la historia ha dado la razón y que respaldan la mayoría de nuestros conciudadanos. Y si eso exige, en un contexto de crisis, respaldar medidas “moderadas y temporales” para actualizar algunos impuestos, “nunca en las rentas del trabajo”, a fin de financiar el pago de las prestaciones a los parados o la construcción de nuevas líneas de ferrocarril, hagámoslo con la cabeza bien alta y sin complejos ante la pretendida ortodoxia del discurso de la derecha. Porque esa supuesta ortodoxia que recitan como si de un catecismo se tratara no es más que contrabando ideológico, del mismo tenor que el que defendían los Madoff y compañía antes de acabar ellos en la cárcel y de llevar a otros muchos a la ruina.

Háganse las cosas bien. Una fiscalidad socialdemócrata no es necesariamente una fiscalidad al alza. Depende del contexto, depende del impuesto, depende del contribuyente… Unos impuestos tendrán que subirse, y otros quizás tendrán que bajar. Importan los principios: suficiencia, progresividad, justicia. Y es cierto que no se puede castigar a los contribuyentes más desfavorecidos, ni sobrecargar a las clases medias, autónomos y pequeños empresarios que han de protagonizar el esfuerzo de la recuperación económica con su emprendimiento y su inversión. Pero si el Estado necesita más recursos, y la capacidad de endeudamiento ya se ha agotado, tendremos que explicar claramente que esos recursos habrán de llegar de los impuestos.

Claro que hay margen. El diferencial de presión fiscal respecto a la media en la UE y en la Eurozona lo demuestra. Las bolsas de opacidad y fraude que se producen y se conocen en nuestro país constituyen también un buen reto para un Gobierno que tiene como objetivo la justicia fiscal. La mayoría de los ciudadanos ya conocían el desequilibrio difícilmente explicable entre la fiscalidad de las rentas del trabajo (con topes por encima del 40%) y la fiscalidad de las rentas del capital (18%). Y muchos acaban de enterarse de que las grandes fortunas utilizan las llamadas SICAV para cotizar al ¡1%! No es de extrañar que de la sorpresa algunos pasen a la indignación…

En definitiva, la defensa de una revisión fiscal “moderada y temporal” al alza no solo tiene cabida en un discurso de coyuntura para hacer frente a las peores consecuencias de la crisis. “Es la ideología, estúpidos”, diría el clásico.