El actual debate sobre las “personas” –todas ellas muy respetables–tiene dos efectos negativos sobre la opinión pública, que en nada ayudan a la necesaria recuperación de la credibilidad perdida. En primer lugar, produce la impresión de que en el PSOE sólo preocupan las “sillas” y los “sillones”, y que algunos de los que han perdido abrumadoramente en las urnas, y que han sido castigados por su gestión global de gobierno, quieren seguir al frente del PSOE, desoyendo por completo la voz de las urnas. ¿Qué efectos positivos podría tener esto para recobrar la credibilidad y los apoyos del PSOE? Sinceramente yo creo que ninguno, más allá de la hipotética posibilidad de dar la impresión de que se cierran filas y todos permanecen unidos. Posibilidad que, desde luego, ha quedado completamente desbaratada por la manera en la que se ha producido el lanzamiento y difusión pública de nombres de candidatos y candidatas, posiblemente muchas veces al margen de la voluntad de los concernidos.

El segundo efecto negativo de esta forma precipitada de proceder es que el carro se está poniendo delante de los bueyes. Lo lógico es proceder primero a aclarar el proyecto programático y estratégico que el PSOE tiene que desarrollar para cumplir el papel que espera la sociedad española y muy en particular sus votantes potenciales. Lo cual debería implicar un debate muy serio y riguroso, con claridad y con amplia participación de los afiliados. Obviamente, la priorización del debate de los “sucesores” causa la impresión de que se pasa por encima de todas estas exigencias lógicas y democráticas.

Lo que ha pasado el 20 de noviembre es algo demasiado serio y grave como para que se pueda despachar con un tipo de respuestas nominalistas que la opinión pública va a interpretar como un “apaño más”, urdido deprisa y corriendo en plena Navidad. Con sus correspondientes efectos erosivos adicionales. Hay que tener en cuenta, en este sentido, que el PSOE no ha tocado fondo electoral y que, además de los casi cuatro millones y medio de votantes que han abandonado a este partido en momentos tan delicados como los actuales –en los que tan necesario resulta su papel equilibrador– al menos otros dos o tres millones más están seriamente preocupados por su evolución y no tienen decidido, ni mucho menos, continuar votando siempre al PSOE, pase lo que pase. Es decir, el actual remanente del voto del PSOE no es un voto “cautivo”. Por lo que seguir perdiendo apoyos electorales podría llevar al PSOE al borde del precipicio. Y esto no es una hipótesis inverosímil.

Lo que le está ocurriendo al PSOE es una auténtica crisis de fondo, que no se va a arreglar ni con un apaño, ni con una simple operación cosmética, por muy bienintencionados que sean algunos de sus postuladores y por muy preparados y cualificados que sean algunos eventuales candidatos.

Lo que procede en estos momentos en el PSOE –y lo que están esperando muchos españoles– es que se clarifique cuál va a ser su propuesta programática y estratégica para los próximos años. Y una vez que se haya procedido a esta clarificación en la manera adecuada, será el momento de decidir quiénes son las personas y los equipos adecuados para liderar el proyecto. Y cómo debe ser liderado.

No es difícil entender que algunos líderes y cuadros socialistas están angustiados y abrumados por lo que ha sucedido el 20 de noviembre y por sus efectos desmoralizadores ulteriores. De ahí sus prisas por intentar cerrar la brecha organizativa cuanto antes y como sea. Pero las prisas nunca son buenas en cuestiones de tanta hondura y gravedad como ésta, y no hace falta ser un lince para darse cuenta que un cierre en falso puede degenerar en gangrena o algo peor.

Por eso, en el PSOE es necesario un gran debate de fondo, similar a lo que en su día fue el Programa 2000, en el que se intente trazar con claridad el proyecto socialista para las sociedades del siglo XXI.

La experiencia histórica revela que en el PSOE, cuando existe voluntad para ello, estos debates se saben hacer bien y con diligencia y credibilidad.

El debate sobre el Programa 2000 fue, en este sentido, un debate ejemplar, en el que llegaron a participar más de un millón de personas y que fue imitado, con el mismo nombre incluso, por grandes partidos socialdemócratas europeos, como el alemán y el francés, entre otros.

Cuando empezamos a trabajar en dicho Programa en los años ochenta, incluso a los miembros de la Comisión Coordinadora que presidía Alfonso Guerra, el año 2000 nos parecía una fecha muy lejana. Eran años en los que al PSOE y a España les iba muy bien y, aparentemente, no había necesidad inmediata de plantear cuestiones y proyectos tan complejos y lejanos. Obviamente luego los hechos demostraron que esto no era así.

En cualquier caso, en el Programa 2000 se puso en marcha una línea rigurosa de trabajo. Se empezó trazando las grandes tendencias previsibles, con equipos de investigación en los que participaron una gran cantidad de especialistas muy reputados. Una vez trazados los escenarios de futuro, se plantearon los principales retos y necesidades a los que un partido como el PSOE debería dar respuestas en el horizonte del año 2000. Y con este valioso material analítico y prospectivo, que anticipaba bastante certeramente las grandes tendencias y eventos que luego tendrían lugar, se organizó un gran debate, abierto a la sociedad, que se prolongó durante varios meses; quizás demasiados, porque entonces no había tanta urgencia como ahora.

Cuando se repasan los textos de los libros y documentos que se publicaron entonces, así como los debates paralelos de Jávea sobre “El futuro del socialismo”, llama la atención la capacidad de anticipación de algunos de los escenarios tecnológicos, económicos, laborales y sociológicos que después han venido. Y todo ello se hizo en unos momentos en los que las crisis económicas se consideraban poco menos que imposibles, en los que no se había asistido a la revolución de los móviles, ni Internet, en los que la robótica estaba en mantillas y en los que la revolución biotecnológica era poco menos que una ensoñación futurista.

Posiblemente, el documento final de propuestas del Programa 2000 era insuficiente e incompleto, principalmente debido a que entonces algunos cosas no estaban suficientemente maduras. Lo cual era lógico, ya que se trataba de una propuesta de futuro que se anticipaba bastante a los hechos. Pero lo que no puede negarse es que el Programa 2000 tuvo un gran respaldo dentro y fuera de España. De hecho, la Editorial Sistema publicó el texto del Programa en un libro que incluía textos introductorios de Willy Brandt, Felipe González y Alfonso Guerra.

Finalmente, “El Manifiesto del Programa 2000” fue aprobado en el XXXII Congreso del PSOE, en noviembre de 1990, con un notable entusiasmo de los afiliados y delegados y con el indisimulado recelo de algunos neoliberales del PSOE, e incluso de Ministros, que no dudaron en descalificar pública y abiertamente el Programa a las mismas puertas de salida del Congreso.

Lo que ocurrió después, con el antecedente de estas reacciones, es harina de otro costal. Pero lo cierto es que la política del Gobierno del PSOE se orientó por otros derroteros, al tiempo que en pocos años todos los miembros de la Comisión del Programa 2000 fuimos apartados del gobierno y/o de la Comisión Ejecutiva del PSOE, en un proceso de exclusiones y discrepancias internas en la que concurrieron otros factores diversos. Lo cual, en lo que se refiere al Programa 2000 generó no pocas perplejidades y preocupaciones entre muchos afiliados, al tiempo que se empezaban a abrir brechas de distanciamiento con sectores más amplios del electorado socialista. Brechas que, en ocasiones, se han logrado compensar durante las campañas electorales, mediante el procedimiento de volver a plantear en ellas discursos netamente socialdemócratas. Pero en las elecciones de mayo, primero, y en noviembre, después, hemos visto que esta táctica ya no resulta creíble y que muchísimos votantes de la izquierda quieren garantías más sólidas para volver a dar la confianza al PSOE.

Por todo ello hace falta urgentemente un gran debate programático y estratégico en el PSOE, que lógicamente ya no podrá ser el mismo que se realizó en la segunda mitad de los años ochenta, pero de cuya experiencia se aprendió mucho, sobre todo de la necesidad de que exista concordancia entre lo que se programa –y se proclama– y lo que se hace. Es decir, concordancia entre el proyecto y el liderazgo. En consecuencia, primero es necesario aclarar el proyecto y luego decidir cuál es la mejor vía para difundirlo y llevarlo a cabo.