Desde un punto de vista electoral, es evidente que la potenciación de los debates entre candidatos en diversos medios y plataformas permitiría a los partidos políticos ahorrarse muchos gastos electorales, a veces un tanto superfluos y prescindibles, y centrarse en las cuestiones centrales sobre las que los electores pueden decidir. Por eso, hay que insistir en la necesidad de realizar más debates, más ágiles y con mayor capacidad incisiva.

El debate entre Elena Valenciano y Arias Cañete ha sido un debate útil –aunque mejorable en formato- que ha permitido a los ciudadanos conocer mejor quién es cada uno de los candidatos de los principales partidos, qué proponen y qué piensan sobre las próximas elecciones europeas del 25 de mayo.

En principio, el contraste entre ambos candidatos ha sido considerable. El señor Cañete se limitó a leer unos confusos y abigarrados papeles, a veces sin ni siquiera levantar los ojos ni mirar de frente, mientras farfullaba interminables listas de datos, porcentajes y cifras confusas, con escasa relación con la realidad que vivimos millones de españoles. Pese a los intentos de Elena Valenciano de centrar el debate en las políticas europeas, Cañete volvía una y otra vez sobre la “maravillosa” gestión del gobierno de Rajoy. Sus asesores parecía que le habían “ordenado” no moverse un centímetro de tamaña argumentación numantina. Y cuando se apartaba un milímetro, o improvisaba (?), le temblaban las manos y farfullaba frases y palabras incompletas. En un momento llegó a decir: … “la lista que yo encabezco…”. Por un desliz lingüístico similar, a Enrique Múgica los comentaristas de la derechona le dieron caña durante muchos meses.

El problema del argumentario justificativo desplegado por el obediente Señor Cañete es que no es creíble, de forma que en su intervención ante las cámaras parecía que nos tomaba por tontos a los españoles, a los que nos quería convencer que los datos que manejaba eran más fiables que la realidad que vivimos o vemos a nuestro alrededor la inmensa mayoría de los españoles.

La prueba más irrefutable de esta diacronía perceptiva es que en la última encuesta del CIS (de “su” CIS) solo un 1,2% de los españoles piensa que la actual situación de España es buena o muy buena (¡proporción que solo llega al 2,7% entre los propios votantes del PP!), mientras que piensan (pensamos) que es mala o muy mala un 85,2%; incluso un 73% de los votantes del PP así lo ven.

Asimismo, solo un 12,1% estiman que la actual situación económica es mejor que hace un año.

¿A dónde pretende, pues, ir el Señor Cañete con tal rifirrafe de datos? ¿Es que no tiene el PP nada más que proponer o decir en estos momentos? ¿Por qué temen tanto apartarse un poco de la línea austericida fijada por la señora Merkel y sus socios? ¿A quién van a defender realmente en el Parlamento europeo?

Frente a la muralla levantada por el Señor Cañete y sus asesores, Elena Valenciano se comportó de manera contenida y dio muestras de conocimiento, sensibilidad social y capacidad de análisis. En tales condiciones, hubiera sido muy fácil saltarle al cuello al Señor Cañete, dándole gusto a la afición. Pero, la situación actual es lo suficientemente grave como para que todos hagamos un ejercicio de responsabilidad y autocontrol. Todos nos jugamos mucho en estas elecciones europeas y lo importante en el debate era desmontar algunas de las falacias y falsificaciones de la derecha española y europea. Elena Valenciano aprovechó los escasos minutos del debate, y su carácter un tanto encorsetado, para refutar los datos del Señor Cañete y compañía y dejar claro que es necesario plantear una alternativa creíble y factible para que los países de Europa podamos salir de la actual pesadilla con políticas de reactivación económica similares a las que han puesto en marcha Estados Unidos y Japón en estos momentos. Y hacerlo, sobre todo, con sensibilidad social, atendiendo a las necesidades de las personas que lo están pasando mal. Y en esto Elena Valenciano fue muy clara y terminante. Ahí está la diferencia.

P.D.: Las reacciones posteriores de Arias Cañete a su fiasco en el debate, no solo revelan su carácter profundamente machista y trasnochado, algo que ya tenía acreditado entre otras lindezas con sus comentarios sobre la conveniencia de «utilizar a las mujeres como a los regadíos, con mucho cuidado, que le pueden perder a uno». En esta ocasión el problema es más grave, ya que sus chanzas traslucen una clara frustración proyectiva. Mal asunto. Muy mal asunto.

Mientras tanto, en determinados círculos del PP cunde el estupor y se preparan para echar a Cañete todas las culpas de su posible fracaso electoral, intentando dejar a salvo a Mariano Rajoy. «Nos equivocamos de candidato» -dirán algunos.