Italia o Grecia disponen ya solamente de apariencias democráticas. En el fondo y en la forma sus nuevos gobernantes han llegado allí por caminos tortuosos, probablemente muy profesionales y meritorios, pero totalmente alejados de la voluntad popular. El puro mantenimiento de las formas exige que los parlamentos italiano o griego voten gobiernos no elegidos (obviamente han sido elegidos por alguien que ignoramos), formados de manera opaca, y así lo han hecho.

Papandreu y Berlusconi, legítimos primeros ministros han sido arrojados de sus cargos, no por sus parlamentos respectivos mediante un voto adverso consecuencia de sus evidentes errores (nunca se ha producido), sino que han “dimitido” obligados por la voluntad final de anónimos millonarios en la búsqueda de mayores beneficios (ahora se les llama seguridad) para sus inversiones. La esencia de la democracia, la deposición y nombramiento de los gobernantes, ha sido anulada por la presión de anónimos (sólo para los ciudadanos) “mercados” financieros nacionales y extranjeros.

En ese creciente contexto antidemocrático dominante en Europa, resulta hasta emocionante ver a nuestros candidatos debatir sobre lo que harían en caso de que los españoles y los inversores extranjeros les dieran su confianza. Más importante parece esa confianza de los inversores, aunque no voten, que la confianza de los españoles, según vemos en la creciente inestabilidad de Europa.

A juzgar por el comportamiento y los intereses de los que fabrican la “prima de riesgo” cada día, a lo largo de las últimas semanas, se diría que lo que quieren los inversores (ISF, “Inversores Sin Fronteras” ) es lisa y llanamente la suspensión de los procesos electorales y que algún o algunos hedge funds nombren directamente al gobierno correspondiente, sin engorros de elecciones ni formas democráticas. El modelo chino, como objetivo deseado por muchos inversores, se extiende en una Europa sin liderazgo político.

Volvamos al debate entre Rajoy y Rubalcaba. En el mismo ambos parecían más pequeños y comedidos de lo que realmente son, como si la presión de los inversores hubiese empequeñecido a dos buenos fajadores parlamentarios, que se comportaron como educados niños de San Ildefonso en un 22 de diciembre por la mañana. El formato no era el adecuado; el cronometrador no moderaba, y casi no se produjo debate digno de tal consideración. Nada que ver con González vs. Aznar de hace años, o con el mítico Sarkozy vs. Ségolène Royal.

El candidato Rubalcaba se empeñó en tratar al candidato Rajoy como si fuese ya Primer Ministro (no me gusta la palabra Presidente), y se centró en la búsqueda de su escondida agenda oculta. Cuando habló de la propia, nos sorprendió proponiendo dos años de moratoria para devolver deuda, es decir expresó sin querer un reconocimiento explícito de una supuesta insolvencia financiera de España a corto plazo. El resto, lo esperable.

El candidato Rajoy, se empeñó en no hablar de nada, salvo de generalidades, para no comprometer ningún voto, ni ninguna acción de gobierno futura, ni ofender a los ISF (al parecer muy sensibles a cualquier cosa), y nos obsequió con atrevidas insinuaciones (“cuando veamos lo que hay ya veremos lo que haremos”), que entusiasmaron a los casi trece millones de espectadores expectantes Y eso fue todo. Excitante. Reconfortante. También lo esperable.

Aspectos negativos de la experiencia: petit débat encorsetado y poco reconfortante en la situación actual de España. Mal diseño. Si se lleva todo cerrado, no hay forma de abrirlo y despertar interés sobre la marcha. Aspectos positivos: trato educado con promesas de colaboración futura (¿un gobierno de coalición PP-PSOE?) y comprensión hacia el papel del otro. Respeto mutuo. Que no es poco, después de lo que ha llovido en las últimas legislaturas. Huesos por roer: el paro y el crecimiento.

Volvamos al principio: creo que somos muy afortunados por mantener aún formalidades y usos de democracia real. Preservémoslas para el futuro. Quizás la mayor garantía para preservarlas, y la más deseada por los electores fuese, según los resultados de las encuestas, la de formar un gobierno de coalición PP-PSOE (con uno o dos ministerios para quien pierda las elecciones) después del 20-N.

Algunos pesimistas montaraces dicen que alguien con poder residual estaría barajando la estrategia de proponer, en caso de que ganara el PP, un gobierno de concentración lo más amplio posible (PP-PSOE-CiU-PNV-IU-UPyD-Amaiur). Un tal gobierno de concentración tendría los efectos de minorizar al PP en el seno de su propio ejecutivo, e imposibilitar la acción de gobierno a pesar de su probable mayoría en el Congreso. No me lo creo. Pero por si acaso, huyamos de maniobras inviables y disparatadas de los poderes residuales y vayamos al grano. Por el bien de todos nosotros y de España.