El modelo energético vigente es insostenible a corto plazo. Tanto en lo que tiene que ver con la oferta como en lo relativo a la demanda. Sencillamente no hay oferta energética disponible para alimentar las previsiones del mundo desarrollado y, sobre todo, del mundo que aspira legítimamente a desarrollarse. Y, también con claridad, el comportamiento de la demanda energética está alcanzando unos límites insoportables de despilfarro e ineficiencia. La lucha contra el cambio climático y el desarrollo sostenible pasa, por tanto, por una revisión a fondo del modelo energético, en la generación de oferta y en la gestión de la demanda.

La explotación de los combustibles fósiles está condicionada por la limitación de las reservas y el altísimo coste en términos de contaminación. Nadie sabe a ciencia cierta cuanto petróleo y cuanto gas queda bajo el subsuelo, pero sí se sabe que las reservas se van agotando, que cada vez se refinan hidrocarburos de peor calidad y que las mejores esperanzas para las nuevas extracciones se encuentran en zonas de alta inestabilidad. El barril de petróleo ronda ya los cien dólares y la presión de las economías emergentes es tremenda y creciente. Si China e India, entre otras naciones, se suman definitivamente al desarrollo basado en la combustión de fósiles y a la cultura del automóvil los problemas se adelantarán y se agravarán.

Las fuentes nucleares no acaban de superar los inconvenientes de la limitación de combustible (uranio y plutonio), la carestía de los costes fijos y el tratamiento de los residuos. Los biocombustibles tienen un recorrido condicionado por el impacto sobre el territorio y sus implicaciones en el mercado de alimentos. Y las llamadas energías renovables aún no alcanzan los niveles de eficiencia precisos para convertirse en una alternativa realista: ni la proveniente de corrientes de agua, ni la eólica, ni la solar, ni el hidrógeno…

Pero si preocupante resulta el panorama de la oferta energética, tanto o más ha de parecernos el paisaje en el lado de la demanda. La propia ordenación del territorio, los modelos de producción, el urbanismo de las ciudades, los sistemas de transporte, la estructura de las viviendas, la iluminación de los espacios urbanos, el ejercicio de nuestro ocio… Todo parece concebido y gestionado en la falsa creencia de que las disponibilidades energéticas son ilimitadas.

El modelo de ciudad dispersa o “sprawl” que se está generalizando en el mundo desarrollado es decididamente insostenible: un lugar para dormir, otro para trabajar, otro para estudiar, otro para comprar, otro para desarrollar el ocio… y varios automóviles por familia en uso a todas las horas. En un intento por imitar los diseños urbanísticos anglosajones que se han asociado a la calidad de vida, cada vez se consume más territorio, más agua, más energía. Y más luz. Nuestras ciudades parecen verbenas permanentes en una orgía de despilfarro energético absolutamente irresponsable.

En conclusión, la humanidad y sus expectativas de progreso se enfrentan a un desafío energético inexorable, urgente y de alcance. Para afrontar este desafío con alguna garantía de éxito, una gran coalición del mundo institucional, económico y social debe comprometerse en el fomento de la investigación sobre las energías renovables eficientes y, en mayor medida si cabe, en la transformación de los modelos de producción, de ordenación del territorio y de gestión urbana para racionalizar la demanda energética.

Si Kyoto o Bali han servido al menos para situar a la opinión pública ante este desafío, bienvenidos sean. Los gobiernos tendrán que seguir el camino que vayan marcando sus electores. Espereremos que no sea demasiado tarde…