Y mientras se multiplican las revueltas, los precios de los alimentos básicos se disparan. Con una pasmosa regularidad se repiten los anuncios de que estamos en situación de ver brotar por todos los continentes los motines del hambre. Pero nada se mueve, salvo los beneficios de los hipercapitalistas y de las Bolsas. La Ministra de Medio Ambiente francesa acaba de reconocer que seis millones y medio de franceses no pueden calentarse debidamente por el precio del petróleo y del gas. Al día siguiente se anunciaban los beneficios multibillonarios de las petroleras y las subidas de las tarifas.

No solo no se había diagnosticado que los pueblos del sur del Mare Nostrum estaban hartos de no tener libertad, de no poder trabajar, de no divisar porvenir cuando se tienen dieciséis años. Tampoco se analiza que los pueblos europeos también están hartos y que entre ellos la rabia va subiendo y rompiendo los esquemas tradicionales de división de las fuerzas políticas. Ciertamente nosotros gozamos de libertad, pero cada día tenemos menos trabajo, cada día se oscurece más el porvenir de nuestros jóvenes que vuelven a soñar con las ilusiones de la emigración. No falta una emisión de televisión que no nos restregué ante los ojos el mundo maravilloso, lujoso, algunas veces hasta la obscenidad ,de los ricos, los potentes, los famosos. Aquí no se llaman Ben Ali o Mubarak, tiene nombres de más categoría social. Hace poco la ciudad de Niza, ciudad de todos los escándalos multimillonarios, acogía en el andén de su estación, con su banda municipal, el primer tren de lujo, tren de «los millonarios» que enlazaba directamente Moscú con la Costa de Azul. Y mientras esto ocurría en una villa que se enorgullece por tener doscientas cámaras de vigilancia vial, el Frente Nacional de Marine Le Pen muerde los talones de la derecha en los sondeos. ¡El último dato ha sido la candidatura a las próximas elecciones para las diputaciones de un delegado de la CGT, sindicato comunista, que se presenta por el FN! Un candidato que acaba de abandonar el Nuevo Partido Anticapitalista de extrema izquierda. Un reciente sondeo señala la inquietante progresión del voto ultraderechista entre empleados y obreros. Todo esto no extraña a sociólogos que bien conocen el auge del populismo y de la xenofobia en tiempos de gran crisis económica. Pero una cosa es leerlo, otra verlo llegar a pasos agigantados.

Los pueblos europeos, elección tras elección, señalan su descontento. Todos los gobiernos europeos están enfocando las mismas políticas de ajustes. Todos las justifican por imperiosas necesidades económicas. Que sean de derechas o de izquierdas, con matices que no pueden convencer estómagos vacíos y familias desesperadas, porque hay similitud en las decisiones y los argumentos. Pero tal sintonía no lleva hasta decisiones conjuntas europeas que puedan resolver verdaderamente el problema. Entonces, elección tras elección, los gobernantes son masivamente desautorizados. No porque al votar a la oposición los ciudadanos piensen que las cosas van a cambiar o mejorar, sino para demostrar su cabreo. En Inglaterra, en Irlanda, en Alemania, en Holanda, en Suiza, y pronto en Francia y España, los votos van a ser votos de censura, no de adhesión. En nuestro país alguno se extrañará de que el voto al PP siga tan boyante, cuando todos sabemos que sus ajustes serían más duros y más injustos. Pero al PP le benefician los votos que se vuelcan, por desesperación y rabia, hacia el populismo ultraderechista. No tenemos Frente Nacional porque desde la Transición está escondido en el voto de los populares. Si no tendríamos en el electorado la misma evolución que Francia. Pobre democracia. La ultraderecha ya no mete miedo. ¡Con qué rapidez se borra la memoria!

Allí, en los países donde íbamos a tomar el sol y disfrutar de vida barata, los jóvenes arriesgan su vida por su revolución. Aquí utilizamos el voto, o la abstención, solo para señalar que «¡basta ya!». Aquí tenemos partidos, sindicatos, estructuras, al parecer elites para razonar, buscar soluciones sin agobios, sin violencias, ni posibilidades de devolver ilusión. Lo malo sería no aprovechar estas ventajas. Al contrario, viajamos hacia situaciones de las que quieren alejarse los pueblos árabes. Si la papeleta de voto es el símbolo de la democracia, su utilización como única manifestación de cabreo no tiene el valor de lo que ponen en juego los jóvenes árabes. ¡Que fácil es introducir un papelito en la urna y lavarse las manos de lo que después pueda ocurrir! ¡La democracia no se limita a la papeleta de voto! Ésta puede ser también la manera de expresar alguna forma de cobardía.