“Más aún que en El Gatopardo, este libro me hace pensar en el Infierno dantesco” (Carlo Sgorlon)

“Quizás una de las grandes novelas del siglo”

(Martine Bauer)

“Si Visconti viviera nunca la llevaría a la pantalla, pero tal vez sí lo harían el Rossellini de Stromboli o el De Sica de Umberto D» (Robert Saladrigas)

En un texto para “The New Yorker”, George Steiner tituló el artículo con el que comentaba esta novela “Mil años de soledad”. ¿Es correcta y acertada la alusión de Steiner a la obra de García Márquez? Personalmente creo que sí. Muchos son los autores que han hecho de su ciudad su paisaje literario por excelencia: existen la Bahía de Jorge Amado, La Habana de Cabrera Infante, la Praga de Seifert, la Barcelona de Mendoza… Entre los italianos, Fenoglio cantó a Alba, Moravia a Roma, Matilde Serao a Nápoles. Por su parte, Salvatore Satta consigue plasmar en su Nuoro natal de forma magistral esa atmósfera mágica y opresiva que García Márquez intento plasmar en su Macondo, pero lo hace de una manera más lucida, mostrando lo que se esconce detrás de esa tristeza.

Todos los personajes de esta novela de los muertos y para los muertos viven en un pequeño pueblo de Cerdeña. Nuoro, con sus 7051 habitantes (la mitad de ellos alcoholizados), sus múltiples historias y con su centro y su lugar común en el cementerio, es un microcosmos representativo, una imagen simbólica –más universal cuanto más local- del mundo. En esa sociedad atada por las envidias, las convenciones y los odios entre familias, cada uno ocupa un lugar que se convierte en su prisión. Un pesebre de hombres y mujeres que Satta resume así: “Como en una de aquellas absurdas procesiones del paraíso dantesco desfilan en hileras interminables, pero sin coros ni candelabros, los hombres de mi estirpe. Todos se dirigen a mí, todos quieren dejar en mis manos el hatillo de su vida, la historia sin historia de su haber existido. Palabras de oración o de ira susurran con el viento entre los matorrales de tomillo. Una corona de hierro se balancea sobre una cruz desprendida. Y tal vez mientras pienso su vida, porque escribo su vida, me ven como un dios ridículo que les ha llamado a congregarse en el día del juicio, para liberarles para siempre de su memoria”.

La tristeza que envuelve el ambiente es la de la resignación, la de una muerte en vida. Lo que sobrecoge de estos personajes es la dignidad con que la que afrontan esta carencia total de esperanza. Cada uno sobrevive como puede, cumple con sus obligaciones, continúa al lado de su familia, a pesar de que todo se diluya con el paso del tiempo. Vidas y acontecimientos sucederán entre tinieblas, como si se tratara de un “Cien años de soledad” escrito por Juan Rulfo (recojo la idea de un artículo sobre la novela del poeta Vicente Valero), en un ambiente cercano en algunos momentos a “La divina comedia” y próximo también, por su aspereza, a algunas escenas del “Padre padrone” de los hermanos Taviani.

Pero hablar del paso del tiempo resulta equívoco, porque parece que el tiempo no pasa: cada personaje y su trayectoria vital están como congelados, convertidos en caracteres, cuyas vidas se yuxtaponen, pero no se tocan. Aunque la historia abarca un buen puñado de años, el lector no aprecia un hilo temporal claro, da la impresión de que todo se narra en una unidad de tiempo, quizá para reforzar la idea del “lugar” por encima de sus “gentes”, lo permanente por encima de lo efímero.

El texto de Salvatore Satta está construido con prosa sintética, de hechos resumidos, a cuya mirada sin embargo no escapa detalle alguno, por lo que es capaz de compendiar un coro de personajes del que no se evade nada. La escritura es sobria, despiadada y evocadora: una sorprendente e inteligente mezcla. Y las fascinantes descripciones del paisaje de la isla crean una atmósfera estática que casi se respira, porque en este libro lo primero a lo que su autor presta interés es a Cerdeña. Una novela que vale la pena leer porque está a la altura de los grandes maestros. Aunque deja con un desasosiego: ese juicio final carece de misericordia.