Y esta obstinación, que está siendo muy criticada, quizás forme parte de lo poco que puede hacer el Gobierno en esta situación: intentar mantener la moral de la tropa o, por lo menos, distraerla con un debate lingüístico.

Parece existir un acuerdo generalizado en que lo peor de «las dificultades» todavía no ha pasado. Esto, el pensar que el mañana es peor que el ahora, es lo que en psicología define una situación depresiva y las depresiones no se curan alentándolas. Por ello, el día que un miembro relevante del Gobierno pronuncie la palabra maldita es impredecible lo que puede ocurrir.

Mas allá de esto, da la impresión de que poco puede hacer el Gobierno en relación con los grandes parámetros que enmarcan las «dificultades»: falta de liquidez en el sistema financiero, carestía imparable del petróleo y de algunas materias primas, altos tipos de interés o el desplome de un sector, como el inmobiliario, que constituía el 9% del PIB español.

Por ello, lo pidan los transportistas o no, ni el Gobierno puede bajar el precio del barril de petróleo, ni puede prescindir de los ingresos que le proporciona el consumo de carburantes, mas allá de que deje al loro sin chocolate o congele el sueldo a los altos cargos. Tampoco es que pueda hacer mucho por los antiguos demandantes de vivienda que no podían acceder a ella por los altos precios que tenían, pero, al menos, estos antiguos demandantes ahora ya no demandan nada porque están esperando que bajen mas los precios. Ni por las empresas que necesitan créditos bancarios para su financiación ni, mucho menos, por las entidades bancarias que lo precisan para el mantenimiento de su propia actividad y, ojala, no lo lleguen a necesitar para atender devoluciones de pasivo.

El problema es que esto de la maniobra de distracción a costa de la crisis se está acabando y van a tener que hacer alguna otra cosa. Una vez pasados los Congresos del PP y PSOE, de junio y julio, la Eurocopa y tras el paréntesis de agosto, con Olimpiada incluida, el Gobierno deberá ocuparse, el próximo «otoño caliente», tanto de sus propias finanzas en el Presupuesto de 2009, como de infundir confianza en el país.

Porque mucha gente confía todavía en la capacidad de los gobiernos nacionales para influir en la economía aunque se sepa que las grandes corrientes económicas son ya globales. Quizás sea debido al ejercicio que suelen hacer esos Gobiernos, cualquier Gobierno, a atribuirse la lluvia cuando se produce, como hacía Aznar, por ejemplo, cuando, al hablar del milagro económico español, decía aquello de «el milagro soy yo».

Bueno, ahora ya no tenemos al milagroso Aznar, pero al haber renovado tanto el Gobierno como la oposición, contamos no solo con un Ministerio de Vivienda y otro de I+D, sino, probablemente, con una alternativa a Solbes en el nuevo equipazo de Rajoy.