Este lunes 11 de mayo de 2015 se reúne una vez más el Eurogrupo para tratar de solucionar el problema de la deuda pública griega, rodeado de una legión de periodistas y observadores que buscará encontrar alguna explicación al nuevo fracaso de la negociación, o más remotamente, al acuerdo alcanzado in extremis a altas horas de la madrugada como reza el estereotipo habitual sobre las reuniones europeas.

Cualquiera que sea el resultado, no será fácil entenderlo salvo para los propios participantes. El Eurogrupo, órgano que no es una institución formal de la Unión Europea y que incluye a los 19 Estados miembros cuya moneda es el euro, se reúne a puerta cerrada. De ahí que no sepamos a ciencia cierta el porqué de la falta de acuerdo. Los periodistas, por su parte, parecen centrarse más en los aspectos telenovelescos que en los contenidos, esto es, si el ministro griego de finanzas cae mal, si el francés ya no le «ajunta», si el alemán le ha vuelto a abroncar con el español de mamporrero, etc.

Qué duda cabe de que el particular estilo negociador de Varoufakis, y las bravatas iniciales de Tsipras, en particular, no han ayudado mucho a Grecia. Más al contrario, otro enfoque probablemente hubiera generado una menor intransigencia por parte de algún Estado miembro sobre cuestiones de fondo, como el objetivo de superávit primario, el mercado de trabajo y el programa de privatizaciones.

Simultáneamente, el tiempo no juega a favor del Gobierno de Atenas, pues alienta la salida de capitales del país y complica la devolución de los préstamos ante la falta de desembolsos por parte del programa de asistencia financiera.

Ahora bien, la poca información fragmentaria de que disponemos apunta a que algunos de los integrantes del Eurogrupo, liderados por Alemania, estarían manteniendo una posición recalcitrante sobre el mercado de trabajo y las privatizaciones, en particular.

Al parecer el gobierno Griego quiere subir el salario mínimo, recuperar la negociación colectiva y reintegrar en su puesto de trabajo a los empleados públicos despedidos. Al menos las dos primeras medidas son coherentes con el programa electoral de Syriza, además de ser necesarias para re-equilibrar el peso del factor trabajo en la renta nacional y paliar la emergencia social griega.

Al mismo tiempo, aunque una mejora del salario mínimo puede tener un efecto negativo a corto plazo en la competitividad de la economía griega, no se trata de un factor que en sí mismo afecte a la trayectoria del déficit público o de la deuda pública. Ciertamente esta medida puede perjudicar a las exportaciones y por tanto al producto interior bruto, siendo el crecimiento de la renta la mejor manera de aumentar los recursos fiscales y de reducir el endeudamiento. Pero también las mejoras salariales pueden tener un efecto positivo sobre el deprimido consumo interno, impulsando la creación de puestos de trabajo y el propio crecimiento del producto. En definitiva, la oposición a esta propuesta del gabinete griego parece deberse más bien a una cierta intransigencia ideológica, y no digamos ya el rechazo a la negociación de convenios colectivos, instrumento fundamental de la clase trabajadora para acordar no ya solamente los salarios sino las condiciones del empleo en general. Tampoco las conversaciones debieran enrocarse sobre la cuestión de las privatizaciones, por su falta de relación con el problema de la deuda pública, salvo concebidas como mecanismo cortoplacista para «hacer caja», lo cual no tiene mucha lógica, porque las únicas empresas «privatizables» son aquellas que proporcionan algún flujo de renta positivo para el Estado griego. Entonces, éste se estaría desprendiendo de activos, o como diría un antiguo ministro socialista de obras públicas respecto del programa de privatizaciones de la derecha española de finales de los años noventa, vendiendo «las joyas de la abuela».

En este sentido, la socialdemocracia europea debe respaldar al Gobierno de Grecia en su oposición a mantener un mercado de trabajo desregulado y a malvender el poco capital público del que dispone.

Más allá de las diferencias ideológicas, existe una dinámica de segundo orden en el que los acreedores de Grecia no quieren otorgar condiciones mejores aunque posibles y hasta deseables, porque esto se percibiría como un incentivo para que otros países europeos elijan a partidos populistas como Syriza.

Hará mal el Eurogrupo en no hacer lo correcto por cálculos electoralistas realizados bajo supuestos que no tienen por qué resultar ciertos a medio plazo. En España se observa ya una caída notable en la intención de voto de la principal formación homóloga, en parte debido a la arrogancia de su cúpula, el caso del evasor fiscal y ya ex dirigente Juan Carlos Monedero, y la aparición en escena de un partido protesta de ideología moderada, pero también por la impericia demostrada hasta ahora por el Gobierno griego en la negociación y en la gestión de la economía, lo que genera muchas dudas legítimas sobre la capacidad de un hipotético Gobierno liderado por Iglesias Turrión y sus conmilitones para llevar las riendas de la política económica española.