Como era de temer, el acuerdo preliminar europeo para afrontar el desafío de la inmigración, adoptado a finales de abril, ha tenido un recorrido más fluido por el sendero militar que por el tratamiento humanitario o político. Qué decir del estratégico, donde, por su propia naturaleza de visión a largo plazo, no es previsible una pronta respuesta.

Siempre que se produce una catástrofe de grandes dimensiones, se acentúa la presión emocional a favor de actuaciones aparentemente más comprometidas. Pero es cuestión de tiempo que pronunciamientos y declaraciones solemnes se vayan disolviendo en una forma suavizada de pasividad cuando no, como ha ocurrido estos últimos días, en una manifestación abierta e indisimulada de discrepancias.

El momento es delicado. Según la ONU, cincuenta millones de personas habían sido expulsadas de sus hogares debido a guerras o conflictos graves hasta finales de 2013. Sólo el año pasado casi un millón de seres humanos demandó asilo en un país ajeno, la cifra más alta en veinte años.

Estas últimas semanas, dos escenarios compiten en la escenificación de esta tragedia, el Mediterráneo y las aguas cálidas de Asia meridional. En el primero, las víctimas son sirios, iraquíes, libios, eritreos o nacionales de otros países africanos; en el segundo, musulmanes de la etnia Rohingya, perseguidos de forma inclemente en Birmania y rechazados de otros lugares. Unos y otros, aunque en distinta medida, parecen abocados a un destino miserable.

EL DOBLE FILO DE LAS CUOTAS DE REFUGIADOS

En Europa, la última polémica ha surgido por la propuesta de la Comisión sobre las cuotas de refugiados que cada país miembro debería asumir. El debate tiene ribetes obscenos. Puede entenderse el agobio de los gobiernos ante la atención necesariamente prolongada de ciudadanos expulsados o huidos de sus países, por razones económicas o políticas. Pero unos y otros deberían haber manejado sus reservas con mayor discreción. Al final, se percibe una deplorable sensación de que cada cual aparta groseramente de sí esta ‘carga’.

La propuesta de la Comisión puede ser discutible, por supuesto, y seguramente presenta algunos fallos o insuficiencias en la consideración de criterios y realidades, pero como sostiene LE MONDE, las quejas del primer ministro Valls son muy discutibles. Francia no resulta tan generosa como su tradición exigiría, aunque invoque la recepción de personas desplazadas por las guerras de Siria e Iraq. Algo parecido puede aplicarse a las observaciones escuchadas en Londres, Varsovia o Madrid. Gran Bretaña cuestiona crecientemente el principio fundamental y, de hecho, ésta ha sido una de las bazas fuertes en el triunfo electoral de Cameron. A la postre, Alemania y Suecia, aunque presionados también por fuerzas antiinmigración cada vez más pujantes, mantienen el liderazgo en el esfuerzo de solidaridad (1).

Hace unas semanas explicábamos las razones de la incomodidad europea hacia el fenómeno de la creciente presión migratoria. No hay que responsabilizar sólo a los dirigentes. Las sociedades, o sus líderes, intérpretes o portavoces más activos, viven atrapados por contradicciones nada fáciles de resolver. No hay una mayoría social en Europa que apoye una respuesta justa, solidaria y progresista.

ALGUNAS CIFRAS DE LA INFAMIA

La ONU estima que el actual flujo de emigrantes que intenta llegar a Europa desde las costas libias sustenta una negocio de 170 millones de dólares anuales. El corresponsal en Egipto del NEW YORK TIMES, David Kirkpatrick, se desplazó recientemente a Libia y elaboró un sensacional trabajo (2) que desgranaba la contabilidad de este tráfico contemporáneo de personas. Éstas son, resumidas, las cifras de la infamia:

-El incierto viaje hacia la ‘prosperidad’ europea le cuesta de media a un emigrante africano unos 1.600 $ (5.000 durante los años de Gaddafi)

-Si establecemos una media de 200 ‘pasajeros’ por esos barcos cerberianos, el ingreso para estos negreros de hoy en día asciende a unos 320.000 $.

-En el camino al puerto, durante el traslado en carretera, las milicias que se han adueñado del país tras la ‘revolución ‘, cobran un ‘peaje’ de unos 100 $ en cada puesto de control que franquea el autobús con los viajeros (en torno a unos veinte por vehículo).

-Los edificios en que los negreros hacen esperar a los viajeros mientras se prepara el barco que los arroja al Mediterráneo cuestan unos 5.000 $ mensuales, más una especie de prima que se paga al casero o dueño en concepto de compensación por el riesgo de una intervención policial.

-Los guardias que protegen estos edificios de esos riesgos y que aseguran el inicio de la partida hacia los puntos de embarque cuestan unos 20.000 $ mensuales.

-El flete de la embarcación que efectúa la travesía con capacidad para 250  personas se eleva a unos 80.000 $ y el bote fuera borde que traslada a los viajeros, de veinte en veinte, hasta el barco mayor cuesta no menos de 4.000 $.

-Los honorarios de  los capitanes rondan los 7.000 $ (según nacionalidades: los hay con más o menos caché).

-Luego están las ‘minucias’ para el recorrido: un teléfono con conexión por satélite que el capitán utiliza para avisar a la Cruz Roja cuando se llega a aguas internacionales cuesta 800 $; un chaleco salvavidas se vende por 40$.

-Si los aspirantes a viajar no tienen la ‘suerte’ de llegar al mar, porque son detenidos por las ‘autoridades’ libias, se ven recluidos en miserables centros de retención donde son tratados literalmente como esclavos; se puede escapar de allí, siempre y cuando dispongan de entre 500 y 1.000 $, que es lo que cuesta sobornar a uno de los guardianes sin escrúpulos que los vigilan (el precio incluye toda una familia, si ése es el caso).

La Eunavfor Med, es decir, el dispositivo militar de persecución y destrucción de las infraestructuras mafiosas que arroja por miles y miles a los desesperados al Mediterráneo, se ha establecido con relativa rapidez. Pero no termina de verse claro que tal solución vaya a resultar efectiva, mientras Europa no incremente su capacidad de influir positivamente en el control de las crisis que expulsa a las personas de sus lugares de origen. Lo han puesto claramente de manifiesto los guardacostas italianos, que se encuentran en primera línea del drama (3). Proponen que, en vez de ‘soluciones’ militares de impacto se refuercen las operaciones civiles de búsqueda y rescate; es decir, que se recupere una estrategia más paciente, menos llamativa, quizás más cara (esto es dudoso), pero, a la postre más eficaz en el empeño de salvar vidas.

 

(1) «Ce qui se cache derrière les quotas européens de réfugiés». LE MONDE, 17 de Mayo.

(2 ) Before dangers at sea, African migrants face perils of a lawless Lybia”. DAVID KIRPATRICK. THE NEW YORK TIMES, 27 de abril.

(3) «Italian coastguards: military action will not solve Mediterranean migrant crisis». THE GUARDIAN, 19 de mayo.