Es sabido que la crisis económica será el eje prioritario de actuación del nuevo presidente. Obama sabe que no basta con ofrecer señales de confianza a los mercados, tranquilizar a los inversores y demás terapias conductistas, como ha hecho la actual administración. Es preciso introducir cambios estructurales, modificar parámetros importantes de la política económica. Abolir el neoliberalismo salvaje e irresponsable y asumir las responsabilidades públicas para reflotar la economía productiva, la economía real, la que resulta básica y fundamental para el bienestar de los trabajadores norteamericanos. De ahí su insistencia en la defensa de los programas de apoyo a la industria. En definitiva, un enfoque keynesiano. Krugman, el último nobel, le recomendaba desde su artículo en THE NEW YORK TIMES, que no se quede corto, que no sea tímido, que no se deje amedrentar por los corifeos que han hecho capotar la economía americana.

La cuestión es que Obama va a necesitar a dinero. O, dicho de otra forma, va a tener que transferir fondos, poner aquí lo que se ha venido malgastando allá. Ese dilema no siempre va a ser fácil. En particular, cuando se aborde la necesidad de adelgazar el presupuesto de defensa. Obama tendrá que lidiar con la crisis económica, en un entorno de incertidumbre y preocupación –convenientemente exagerada- por la seguridad nacional. No sería raro que cualquier iniciativa del nuevo presidente de reducir los gastos militares provoque intensas campañas de alerta sobre el riesgo en que se podría estar poniendo al país.

Esta semana, el NEW YORK TIMES desgranaba en un extenso y detallado editorial las prioridades militares de Estados Unidos. El diario apostaba por una reducción del gasto en términos absolutos, pero sin desatender necesidades básicas de seguridad, porque calificaba el mundo actual como “peligroso”.

El presupuesto del Pentágono en 2008 ha alcanzado los 685 mil millones de dólares, prácticamente lo mismo que el gasto militar del resto de países del mundo. Durante la administración Bush, este gasto ha aumentado en un 85%, en términos reales. Siendo malo esto, lo peor es que se ha gastado mal –argumenta el diario. La aventura desastrosa de Irak se ha llevado gran parte del esfuerzo, desatendiendo las verdaderas prioridades: en primer lugar, la lucha contra el verdadero peligro terrorista internacional (no el inventado por los neocon en Irak).

THE NEW YORK TIMES plantea cuatro ejes de cambio en la imprescindible reestructuración de la defensa nacional: aumento de las fuerzas terrestres (hasta los 759.000 hombres, formación en nuevas habilidades (en particular, la contrainsurgencia y la comprensión de las poblaciones locales), la movilidad de las fuerzas (especialmente de las navales) y la racionalidad del gasto (eliminando o abandonando programas absurdos e ineficaces, como el del avión F-22 o la defensa antimisiles).

Distintos cálculos sobre el impacto de los posibles recortes están circulando ya por los cauces administrativos y de consulta en el ejecutivo y en el legislativo. Obama tendrá esas opciones en su mesa a los pocos días de sentarse en el Despacho Oval. Pero escuchará muchas voces de gran influencia que le desaconsejarán meter tijera profunda.

Uno de ellos es el Jefe del Estado Mayor Conjunto, Almirante Mullen, que el CHRISTIAN SCIENCE MONITOR identifica como la persona del establishment militar con mayor ascendencia sobre el presidente electo. Mullen sería para Obama lo que General Petreus ha sido para Bush. Pues bien, Mullen ha dicho públicamente que el país debe mantener un gasto en defensa que no baje del 4% del PIB. El actual Secretario de Defensa, Robert Gates -que algunas fuentes creen que Obama podría mantener en el cargo- advirtió el otro día de que no se debe repetir el error histórico de bajar el esfuerzo en seguridad militar después de un periodo bélico.

Desde otras latitudes más críticas, se ofrece un enfoque de la seguridad nacional muy distinto. El propio Presidente del Comité de asignaciones de la Cámara de Representantes, el demócrata Barney Frank, ha estimado que el presupuesto de Defensa podrá recortarse un 25%; es decir, unos 150 mil millones de dólares.

Otro destacados analistas, el exsubsecretario de Defensa Lawrence Korb y la investigadora Miriam Pemberton, aseguran que es urgente e imprescindible reducir y reajustar el gasto militar y detallan los programas que conviene eliminar. *

En el semanario THE NATION, se apoyan en este estudio para abogar por un concepto más inteligente, más comprensivo de la seguridad, que incluye la prosperidad económica y la reparación del fracasado sistema de salud, entre otros elementos.

Es probable que el nuevo presidente, muy en su línea, trate de equilibrar ambas tendencias discordantes. Pero no tendrá mucho margen. Y muy pronto, quizás en sus primeros cien días, como él mismo parece haber advertido, tendrá que tomar decisiones que seguramente marcarán el destino de su mandato.

* Ver: Miriam Pemberton y Lawrence Korb. «Unified Security Budget for the United States, FY 2009.»

Juan Antonio Sacaluga