Proyectada en la edición 2010 del Festival de Málaga, «El dios de madera» es un drama sobre la inmigración ilegal en nuestro país. Un retrato emocional desde ambos puntos de vista. La película dirigida por el escritor Vicente Molina Foix, es su segundo largometraje. Como realizador se estrenó en 2001 con «Sagitario», protagonizada por Ángela Molina y Eusebio Poncela. En esta ocasión, se adentra en las necesidades de los que llegan y en las que los acogen. Cariño, compañía, afecto, sexo y en algunas ocasiones amor. Todas ellas, emociones universales que se entienden en todas las lenguas y religiones.

El autor profundiza en esta historia en los sentimientos encontrados, de amor y desengaño, que entrelaza con facilidad a los cuatro personajes protagonistas en la ciudad de Valencia. Pero que perfectamente, podría ser en cualquier otra ciudad de nuestra vieja Europa.

Lo mejor de este segundo largometraje de Molina Foix, es sin ninguna duda, la sobria interpretación de Marisa Paredes que se alzó con el premio a la mejor actriz en Málaga. La protagonista de «La flor de mi secreto» da vida a una mujer madura de profundos contrastes. A su lado está el televisivo Nao Albet, conocido por la serie catalana «Ventdelplà», aunque la parte dramática del filme recae en los dos personajes extranjeros: Madi Diocou, que interviene en «Biutiful» a las órdenes de González Iñárritu, y Soufiane Ouaarab, al que hemos visto en «El truco del manco». Que están más que correctos en su papel.

Yao es un senegalés de 25 años que llega a Valencia como inmigrante ilegal. Allí entra en contacto con el simpático Rachid, compañero de fuga marroquí, que ha encontrado un trabajo como peluquero. Sin un lugar donde dormir, Yao es invitado a quedarse provisionalmente en casa de Róber, un joven homosexual que comparte su casa con Rachid, de quien está enamorado aunque éste no le corresponda. En el piso de abajo del apartamento de Róber vive su madre, Mavi, la cual se sentirá inesperadamente atráida por Yao, y el sentimiento será mutuo.

El resultado final de la cinta es un claro ejemplo de la diferencia abismal entre el lenguaje literario y el audiovisual. Cada uno de ellos, tiene su rigor, su profesionalidad y su arte. Y dominar ambos con destreza y talento requiere bastante más que voluntad.