No se debe trivializar el problema y tratar de confundirlo con la “normalidad”. Lo inquietante no es que cada cual utilice, en uso de su libertad, el lenguaje que su nivel cultural le dicte, sino el perverso resultado que producen en la ciudadanía los efectos expansivos de un lenguaje supuestamente «ordinario», grosero, huérfano de ideas, falto de rigor, cainita, guerracivilista no pocas veces que, cuando es utilizado por significados dirigentes políticos, se introduce como la gangrena en cualquier discusión pública o privada, para discurrir por senderos que adolecen de la menor relación con el deber de pedagogía cívica que se les atribuye en un sistema democrático digno de tal nombre. No es adecuado confundir la crítica política con el propósito sistemático de desacreditar al contrario, haga este lo que haga.

Efectivamente, se supone que los partidos políticos y sus dirigentes tienen como una de sus funciones principales la de servir de cauce al debate de ideas y de proyectos políticos alternativos. Nada que ver con el pobre recurso al insulto, salvo la confesión de la propia incapacidad para un discurso que sea útil para la construcción de un futuro de convivencia democrática. Calificando al adversario político de “hijoputa”, “bobo” o “mentiroso” y otros epítetos que, afortunadamente, no permiten respuesta en ese mismo nivel, se le convierte en enemigo y como tal se le presenta ante la sociedad. ¿Tendrá alguna vez este país una derecha que sea capaz de superar definitivamente la dialéctica amigo/enemigo y dejar de utilizarla cada vez que las urnas la apartan del poder?