Todas las navidades son muchas las cintas que se estrenan para satisfacer la avidez de diversión. Pero sólo son unas pocas las que se pueden calificar de películas en el sentido más excelso del término. Es decir, buen cine.

“El discurso del Rey” logra estar entre las elegidas para pasar a la posteridad. Quienes disfrutaron de “The queen” (Stephen Frears, 2006) también lo harán con esta película. Ambas comparten semejanzas, son elegantes, de fina ironía y emotividad. Ante un hecho real, histórico, se plantea el dilema de superar o no superar un trauma. Y sobre él se configura el argumento de un film con una perfecta ambientación, unos diálogos inteligentes y sobre todo con rasgos sutiles de humanidad.

La situación no es otra que, cuando el rey Jorge V de Inglaterra se muere y su hijo mayor no da muestras de madurez ni de tener dotes para el gobierno. Por su parte, Albert —segundo en la sucesión al trono— arrastra serios problemas de dicción que le incapacitan para llegar al pueblo con convicción. Mientras, Europa e Inglaterra se sienten amenazadas por el Tercer Reich y Hitler, su líder, enardece a las masas con su encendida erudición, atemorizando al mundo con sus aires de grandeza. En este contexto prebélico es urgente que Albert supere su tartamudez y unos miedos que le encorsetan desde la infancia. “El discurso del rey” es el que tiene que transmitir por radio al pueblo en 1939 para pedir unidad frente al peligro nazi, y también el que debe hacer renacer en el interior de todos los ciudadanos la autoestima y el orgullo de defender la democracia y la libertad de los pueblos.

Tom Hooper, su director, se centra en el problema de Bertie —apelativo familiar de Albert, futuro Jorge VI— y prescinde del contexto previo a la Segunda Guerra Mundial, simplemente no le interesa. Su prioridad es contar la relación del monarca con un plebeyo que ni siquiera es doctor ni tampoco inglés. Con mucho tacto, y algún sarcasmo, Hooper recoge esas formas que distancian a la clase aristocrática de la “gente normal”, pero también sabe ahondar en los sentimientos de dos seres que nunca pensaron que podían llegar a compartir algo.

Todos los ingredientes son de primera calidad y el resultado final magnífico, pero sin duda, la sal de esta película es la gran interpretación de Colin Firth y de Geoffrey Rush, pues si el primero transmite toda la tensión y agitación de su apesadumbrado Bertie de manera equilibrada y sin histrionismos, el segundo da vida a un logopeda de métodos excéntricos. Tampoco, podemos minimizar la fotografía con esos grandes angulares y por supuesto la música que combina la originalidad musical con la orquestación sinfónica que recuerda a los grandes maestros.