Se ha estrenado hace unos días en nuestras salas “El erizo” (“Le hérisson”), película de la directora Mona Achache basada en un popular libro, “La elegancia del erizo”, de Muriel Barbery. Vaya por delante que el firmante no ha leído dicho libro, así que no podremos hablar de la buena o no adaptación del original. Pero valiéndonos de lo que se trata, de analizar la película, podemos decir sin asomo de duda de que se trata de una película amable, hermosa y sencilla, pero que peca de una ligereza excesivamente frágil: amable en el tibio sentido de la palabra, hermosa con algo de superficial, sencilla como sinónimo de inconsistente…

Entiéndaseme bien. Los tres adjetivos son una valía, en parte, pero a la vez se convierten en el peor lastre de la película: una historia (o mejor dicho, 3 historias interrelacionadas) que pasa levemente como un aleteo de 100 minutos. Por momentos, pese a su duración, casi parecemos presenciar la intensidad propia de un corto. Y créanme cuando les digo que hay cortos de 5 minutos o menos más intensos dramáticamente que esta película (un ejemplo que ahora viene a mi cabeza el magnífico “Express” de Daniel Sánchez Arévalo). Los actores son lo más destacado, no así el estilo de filmar de Mona Achache, que en su sencillez bordea la indiferencia, y a la que se le podía haber pedido un estilo menos televisivo y algo más de huella o personalidad en los planos y el montaje.

Tenemos a Paloma Josse (interpretada por Garance Le Guillermic), niña de 11 años intelectual y sobrada de inteligencia que aburrida de su familia burguesa de la clase alta parisina decide cambiar cuando cumpla los 12. Mientras, graba a sus padres y hermana con una vieja videocámara casi a modo de documental salvaje. Por otro lado está Renée Michel (Josiane Balasko), la portera del inmueble, de parcas palabras y adusto gesto, que guarda un secreto. Y cerrando el triángulo Kakuro Ozu (Togo Igawa), el nuevo y discreto vecino japonés. Los tres actores protagonistas son lo mejor del film, destacando los adultos, la contención de Igawa, que sin apenas moverse irradia presencia y sabiduría, y sobretodo Josiane Balasko, actriz que sólo por ella merece la pena ir a ver la película. Con pequeños gestos logra diamantes en su interpretación, desvelando matices de un personaje que realmente engancha y del que queremos saber más. Desgraciadamente su punto de vista, al parecer más desarrollado en el libro, apenas se esboza en la película, centrándose quizás demasiado la atención en la joven Garance, que si bien cumple con su parte requeriría de un punto más de intensidad que no sabe dar (por otra parte pocos niños actores lo logran).

“El erizo” se traduce en una película agradable de ver, bien interpretada, que deposita en el espectador una sensación que oscila entre la calidez de una historia pequeña pero conmovedora, con toques de drama y toques de humor, y la indiferencia de una contemplación que rápidamente se olvida, y nos hace interrogarnos si con el lógico desarrollo literario (más largo y de mayor profundidad) obtendremos un mejor poso de la misma historia. Pero veamos el vaso medio lleno, porque es una película emotiva que nos deja buen sabor de boca, apta para todo tipo de público, muy acorde con las fechas navideñas que vivimos.