Galardonada con el Oso de Plata al Mejor Director en Berlín. “El escritor” (The Ghost Writer), es la última película de Roman Polanski. Adaptación de la novela “El poder en la sombra” , de Robert Harris, que nos cuenta cómo un escritor (Ewan McGregor) es contratado como «negro» para escribir la supuesta autobiografía del ex Primer Ministro británico (Pierce Brosnan), que se encuentra en EE. UU. El panorama que tiene no es nada halagüeño, pues su predecesor se acabó suicidando por la presión que el libro ejercía sobre él, cerca de la costera residencia donde se alojan el político y su familia.

El cineasta logra un emocionante “thriller” siguiendo la estela de sus propios trabajos en “Chinatown” o “La semilla del diablo”. En esta ocasión, aún siendo una historia de mucha actualidad, no deja de ser un poco gastado y bastante manido el asunto. Pero a pesar de ello, el magistral director polaco le saca un magnífico resultado gracias a su pulcra realización. En todo momento, firme y fluida. Ausente de estridencias pero de gran efectismo. Crea una atmósfera opresiva y contagia al espectador de la urgencia de la investigación que le producen los acontecimientos al protagonista. Todo gracias a que las secuencias de mayor intensidad son conducidas con una tranquilidad pasmosa, pero que no hacen perder ni por un instante, la sensación de amenaza indeterminada, tan poco concreta. La escena del GPS, en la que se deja llevar por sus desconocidas indicaciones, es la mejor demostración de cómo se construye en el cine la tensión y se logra mantener el interés. Los diálogos, repletos de sarcasmo y de sagaces consideraciones, perfilan a unos personajes de vuelta de todo y con poco que perder. Sus caracteres encontrados y la exploración de la propia personalidad son, igualmente, bazas constantes en Polanski. Otro elemento, importante, es la elección de los espacios y su puesta en escena. La residencia, tan abierta por cristales al exterior, pero tan aislada del mundo exterior, juega a favor de la angustia. Su decoración minimalista, junto a su excelente diseño arquitectónico la convierten en objeto de deseo de cualquiera, pero desprovista de cualquier atisbo de afecto o calor humano entre sus pobladores.

Podemos concluir, que es una película atractiva, fluida, precisa y magistralmente realizada. Polanski, a sus 76 años, recuerda a los directores del pasado que destacaron por su artesanía, no por sus trucos. Un claro ejemplo de buen cine, sólo al alcance de unos pocos.