Por supuesto, todo el mundo de este lado de la trinchera responsabiliza a Corea del Norte de lo ocurrido. Pero el editorial del NEW YORK TIMES se pregunta si los responsables militares de Corea del Sur que dispararon previamente salvas al mar superarían una prueba de competencia, y confía en que el Presidente surcoreno Lee Myung-bak, más halcón que paloma, no estuviera al corriente de tan innecesario gesto.

En descargo de las autoridades surcoreanas, civiles y/o militares, hay que admitir que los dirigentes norcoreanos no necesitan patinazos para dar rienda suelta a las provocaciones, Como decía estos días un seguidor norteamericano del conflicto, «lo llevan en su ADN».

Resumiendo lo ya expuesto aquí hace unos días, Pyongyang pretende con cierta desesperación que la comunidad internacional, o sea, Estados Unidos de acuerdo con China y la aquiescencia de los demás, se ocupen de lo suyo. Lo suyo es salvar el régimen, salvar la dinastía. Corea del Norte no quiere entrar en guerra. Por eso dispara, por eso amenaza, por eso se rearma, por eso se nucleariza, por eso seguirá haciendo todo eso. Hasta que los del otro lado le demuestren que tales actuaciones no le servirán de nada. Y aún así, ¿podrá hacer otra cosa? ¿sabrá hacer otra cosa?

Los del otro lado mantienen opiniones similares, pero sensibilidades distintas y, desde luego, prioridades notablemente diferentes, si no, en algunos casos, contrapuestas.

Dicen algunos académicos surcoreanos o japoneses, e incluso norteamericanos, que Estados Unidos «carece de entusiasmo» en reabrir las negociaciones multilaterales con Corea, porque considera que, a la postre, sólo servirá para que Corea del Norte consiga lo que quiera: o sea ayuda para apuntalar el régimen, migajas para la población, energía nuclear que funcione mínimamente el país y para, si llega el caso, mantener viva la amenaza de reactivar la amenaza atómica, si las cosas se tuercen más adelante. Por lo tanto, tranquilidad. Los hombres de Obama en esta materia gustan de denominar a esta política la «estrategia de la paciencia».

Corea del Sur está de acuerdo en que su vecino no dejara de incordiar en cuanto perciba que no obtiene lo que quiere, pero discrepa ligeramente de esa tranquilidad, que muchos ya se atreven a considerar como «pasividad». Algunos expertos estiman que Kim Jong Il debería encajar algún tipo de escarmiento. Pero es más un deseo que un propósito firme. Corresponsales de distintos diarios asiáticos han comprobado estos días que la población surcoreana rechaza de plano la guerra. Más aún: se muestra reticente a respaldar gestos que pudieran precipitar una escalada militar.

A este respecto, es resaltable una anécdota protagonizada por el Ministro de Defensa. Un diputado le había preguntado acerca de la posibilidad de que Estados Unidos pusiera a disposición de Seúl cierto armamento táctico menor, para reforzar la disuasión. El Ministro dejó abierta la posibilidad, lo que originó un revuelo tan considerable que poco después el Ministerio tuvo que hacer pública una nota en la que se descartaba esa eventualidad. Se da por seguro que el presidente George Walker Herbert Bush (Bush padre) retiró ese arsenal atómico como parte de una estrategia que incluyó la firma de un acuerdo con Pyongyang para convertir la península de Corea en zona libre de armas nucleares.

Descartada pues la vuelta a veinte años atrás, algunos analistas plantean una especie de bloqueo o cuarentena naval de Corea del Norte. Es decir, neutralizar la capacidad destructiva de su armada. El corresponsal diplomático del NYT, David Sanger, señala que esa respuesta requeriría decenas de miles de tropas y una fuerza aeronaval considerable. Tales recursos son caros, muy caros, y no están los tiempos para semejantes esfuerzos. Pero hay un argumento más decisivo para descartar también esa opción. Aunque Corea del Norte capitularía en caso de guerra, todos los expertos temen que Seúl, muy vulnerable a la artillería norcoreana, quedaría arrasada.

La otra gran baza para mantener bajo control al desmandado Kim son las sanciones. Instrumento siempre discutible, moralmente despreciable y, en términos prácticos, poco convincente. De hecho, las sanciones no han impedido que el régimen adquiera lo que necesite para resultar más temible, mientras es la población la que sufre los efectos más terribles. De hecho, parte del agravamiento de la situación económica, de abastecimiento y de empeoramiento de las condiciones de vida de los norcoreanos se debe precisamente, según algunos observadores, a los efectos indeseados de estas medidas punitivas.

Ante este panorama incómodo, Estados Unidos cree que la mejor baza es convencer a los dirigentes chinos de que Corea del Norte ha dejado de ser un instrumento útil para su política exterior. La actual Casa Blanca parece decidida a seguir intentando la carta china, a pesar de que hasta ahora ha cosechado frustraciones patentes: en política monetaria, en derechos humanos, en el control de Irán.

La opción de Obama parece prudente y razonable, pero no es seguro que concluya con éxito. Además, es contemplada con aprensión por sus aliados asiáticos, que se muestran muy sensibles ante cualquier iniciativa que consagre, avale o refuerce el papel de China como superpotencia regional. Washington cuenta con eso, pero es consciente de que son los propios asiáticos los menos interesados en que las cosas se salgan de cauce.

Hace ahora sesenta años del desembarco norteamericano en Inchon, con el que comenzó la participación de Estados Unidos en su primera aventura militar posterior a la Segunda Guerra Mundial. Pero no cabe esperar que reviva el espíritu de MacArthur. Por el contrario, como sostiene THE WALL STREET JOURNAL, «Obama no tendrá más remedio que volver a la mesa de negociaciones». Aunque, seguramente, el formato será distinto. La diplomacia norteamericana intentará consolidar un entendimiento bilateral con Pekín por encima de la discusión multilateral, para evitar o neutralizar tretas o sorpresas desagradables. La experiencia dice que los chinos son todo menos cándidos. Pero, como decía uno de esos expertos consultados, en Pekín también empiezan a estar hartos de los Kim.