Como todos los años desde 1973, el 5 de junio ha sido el Día Mundial del Medio Ambiente, con el lema “Demos a la Tierra una oportunidad”; y el día 8, desde la resolución 63/111, de 5 de diciembre de 2008, es el Día Mundial de los Océanos, con el lema propuesto por Naciones Unidas para este año de “Unos océanos sanos, un planeta sano”. Ya en otras ocasiones nos hemos referido a la historia y objetivos de Naciones Unidas para la promoción de estas fechas “ambientales”, por lo que no lo repetiremos aquí. Valga sólo decir que son un pequeño grano de arena, de éxito desgraciadamente muy reducido, en un mundo que sigue muy mayoritariamente al margen de los graves problemas y retos ambientales en los que estamos progresivamente sumergiéndonos, con riesgos y consecuencias potenciales cada vez más graves para la Humanidad. Los ciudadanos no son mayoritariamente conscientes de esta gravedad porque ni perciben ni sienten sus efectos. Pero cuando estos empiecen a materializarse crudamente en problemas como el cambio climático, seguramente ya será tarde para una mayoría de la población del planeta.

Y quizás en ese sentido mejor que hablar del Día del Medio Ambiente o de los Océanos, sea mucho más útil dedicar este artículo a la consideración del Informe quinquenal que ha presentado la Agencia de Medio Ambiente Europeo, y a las últimas noticias sobre el deseable Protocolo de París, que debe sustituir, para 2020, al de Kioto (de efectos actuales reales marginales en la lucha contra el cambio climático) como documento que debería tener imprescindibles acuerdos vinculantes.

Empezando por este último asunto, el escenario es cada vez menos optimista respecto a la capacidad de los Gobiernos responsables de la inmensa mayoría de las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) –EEUU, China, UE, Japón,…- de aceptar la vinculación de un Protocolo que haga viable un Calentamiento Global por debajo de los 2ºC (compromiso asumido en la COP de Copenhague, en 2009) así como de llegar a un mucho más fácil acuerdo para la creación de un Fondo Verde que en 2020 deberá tener una dotación anual de 100.000 millones de dólares (compromiso asumido en Cancún, en 2010 y ya materializado en más de un 10%).

La última declaración del G-7 de Elmau (Alemania) sobre el cambio climático, podría entenderse como un avance significativo en el deseo real de “los siete” por avanzar hacia “un modelo libre de emisiones de gases de efecto invernadero”. Pero es discutible tanto el grado real de apoyo de Canadá y Japón, como la consistencia del apoyo real de EEUU, más allá de la posición personal del Gobierno de Obama. No se puede olvidar que la capacidad de éste se encuentra fuertemente restringida por dos Cámaras en poder de un partido republicano, que ya hizo fracasar el apoyo que en su momento el entonces vicepresidente de EEUU –Al Gore- aportó al citado protocolo de Kioto, y que le costó la pérdida marrullera de su inicialmente ganada Presidencia de EEUU en las elecciones presidenciales del año 2000. La fuerte ligazón del partido republicano con el lobby de las multinacionales energéticas y el reiterado cuestionamiento por varios de sus miembros de la realidad del efecto de la emisión de GEI sobre el cambio climático/calentamiento global hacen cuestionable que el compromiso de EEUU pueda acercarse a las necesidades derivadas de la limitación del calentamiento a los 2ºC. Únicamente algunos países de la UE, y en particular Alemania, parecen tener clara la Hoja de Ruta hasta el 2050. Pero con crecientes limitaciones, ya que aunque se ha asumido una reducción del 20% de las emisiones para 2020, del 40% para 2030 y del 80% para 2050, en el mercado de un supuesto mercado único energético europeo, lo cierto es que no se han establecido las imprescindibles regulaciones técnicas que permitan avanzar en esta dirección de una forma coherente y sostenida. Y los objetivos de reducción de emisiones chocan con otro de los objetivos prioritarios de la UE como es el de incremento sostenido de su productividad, ya que hoy por hoy la reducción de las emisiones implica una apuesta por las renovables que, a medio plazo, implican un incremento del precio de la energía y una incidencia negativa en los costes productivos de la industria y en su competitividad. Adicionalmente, el objetivo de que las renovables signifiquen el 27% para 2030 se ha hecho desvinculado de los países; se trata de una media europea que no garantiza su cumplimiento país a país. Si no se logra, ¿a quién se penalizará por el incumplimiento?

La política de precios de mercado para el CO2 implantada no puede considerarse ni un éxito ni potencialmente significativa para conseguir los objetivos perseguidos. Nadie duda que requiere mejoras significativas. Pero también avanza la oposición de países de la propia UE con claros intereses y recursos en combustibles fósiles desde la perspectiva de cuestionar la eficacia del esfuerzo de vanguardia de la UE en la lucha contra el calentamiento global si EEUU, China, India, Japón o el resto de países de la OCDE no adoptan medidas paralelas. En efecto, aun llegando a una reducción del 80% de las emisiones de la UE para 2050, la incidencia máxima en el total de emisiones previstas para ese año se quedaría en una reducción del orden del 3% de las emisiones globales, con una incidencia prácticamente nula sobre el calentamiento global que se habría producido, por encima de los 4ºC si nadie más toma medidas, con efectos muy probablemente catastróficos sobre la humanidad. Y no olvidemos que, por ahora, EEUU ha reducido emisiones porque ha sustituido el consumo de carbón por petróleo y gas derivado del fracking. Que el carbón no consumido se ha exportado a la UE a precios muy competitivos, que lo ha quemado porque su política de renovables permitía compensar las emisiones asociadas a su uso. Y que China ha asumido un compromiso verbal vago y aplicable a largo plazo. En última instancia el problema fundamental está en que existen fuertes reservas conocidas (y muchas más potenciales, aunque a costes de extracción fuertemente crecientes) valoradas como activo de multinacionales y países productores de recursos energéticos fósiles, que no podrían ser utilizados si efectivamente se persigue restringir el calentamiento a menos de 2ºC. Si se queman los recursos fósiles considerados reservas confirmadas, la concentración de GEI en la atmósfera superaría las 3.000 ppm de CO2 equivalente. Para evitar que se superen las 450 ppm que el IPCC asocia a un calentamiento medio más probables de 2ºC, las medidas, ya sean para incentivar la sustitución de energías fósiles por alternativas, potenciar la I+D+i en captura, la neutralización de la concentración de carbono en la atmósfera, etc., exigen la internalización actual y progresiva de los desastrosos efectos asociados al “business as usual” con un impuesto progresivo, homogéneo y universal a las emisiones de GEI, que venga acompañado de ayudas para la adaptación y lucha contra el cambio climático en países en desarrollo. La contribución histórica de estos a la concentración de CO2 ha sido marginal (los países de la OCDE son responsables del orden del 80% de la concentración actual de CO2 equivalente en la atmósfera) y sus emisiones per cápita se encuentran muy por debajo de la media mundial.

En paralelo a las declaraciones del G7, en Bonn continuaba la reunión de representantes de los cerca de 190 países que integran la COP de Cambio Climático para avanzar en la negociación sobre el contenido del Pacto de París, aunque por ahora sin lograr un borrador del texto de aceptación común para la COP que se celebrará en París en diciembre de este año. No obstante, cuarenta y un países en desarrollo están asumiendo reducciones voluntarias en sus emisiones para el horizonte del 2030, del orden del 10 al 20%, que muchos de ellos están dispuestos a duplicar si reciben compensaciones económicas del previsto Fondo Verde para el 2020. Pero los compromisos financieros para este Fondo Verde siguen sin cerrarse, y el avance en la fijación de objetivos de reducción de emisiones por países sigue a un ritmo muy lento. La próxima reunión para avanzar en compromisos y texto común de resolución se celebrará nuevamente en Bonn, del 31 de agosto al 4 de septiembre. ¿Hasta qué punto se puede ser optimista de los resultados previsibles? Si es con respecto al objetivo de que el calentamiento se mantenga por debajo de los 2ºC, lamentablemente las señales para el optimismo son muy escasas, por lo que en países como España nos tendremos que ir acostumbrando a una migración progresiva hacia temperaturas similares a las de Marruecos, y a presiones con consecuencias negativas crecientes en materia hídrica y costera.

Más optimistas en términos relativos podemos ser respecto a los contenidos del Informe quinquenal presentado a finales de mayo de este año, por la Agencia Europea de Medio Ambiente (AEMA) -Informe nº 2/2015. State of nature in the EU: Results from reporting under the nature directives 2007-2012- recogiendo la evolución del Medio Ambiente en Europa, en el marco de las transformaciones ambientales globales registradas en el conjunto del Planeta, cuya transmisión al Consejo y al Parlamento se ha realizado a través de la COM (2015) 219 final: “INFORME DE LA COMISIÓN AL CONSEJO Y AL PARLAMENTO EUROPEO. Estado de la naturaleza en la Unión Europea publicado el 20/05/2015”.

En síntesis, en este Informe se afirma que la crisis de 2008, junto a las políticas medioambientales de la UE desarrolladas durante la última década, han llevado a los siguientes aspectos positivos:

 Reducción de las emisiones de GEI de un 19% desde 1990, con reducción del consumo de combustibles fósiles, a pesar de que la producción económica se ha incrementado en un 45%.
 Mejora de la calidad del aire y del agua, aunque se está lejos de conseguir el buen estado ecológico de las masas de agua dulce.
 Mejora de la eficiencia en el uso de recursos materiales: se ha pasado de un consumo interno de 16,7 ton/persona, en 2007, a 13,7 ton/persona en 2012, si bien la crisis, con sus efectos sobre el sector de la construcción, ha sido en gran parte responsable de esta reducción.
 Mejora de la gestión de residuos, con menor generación de estos, una reducción de los vertederos, y mayores tasas de reciclaje.
 Crecimiento del sector de la industria medioambiental en más de un 50% entre 2000 y 2011, siendo uno de los pocos sectores que en Europa ha crecido en términos de ingresos y puestos de trabajo desde la crisis financiera de 2008.

En el aspecto negativo se señala que:

 La biodiversidad sigue deteriorándose, especialmente en lo que atañe a la biodiversidad costera y marítima; en ésta porque se mantienen niveles elevados de sobrepesca, disminuyendo en el Atlántico y Báltico pero muy altos en el Mediterráneo.
 La contaminación atmosférica y acústica sigue ocasionando graves efectos sobre la salud en las zonas urbanas, considerándosela responsable de unas 430 000 muertes prematuras en 2011, por la incidencia de las Partículas finas emitidas. Al ruido se le considera responsable de contribuir, al menos a 10 000 muertes prematuras a causa de enfermedades cardíacas.
 El creciente uso de sustancias químicas en los productos de consumo, se ha asociado con un incremento constatado de enfermedades y trastornos endocrinos en humanos

En cuanto a las previsiones a medio y largo plazo, en el Cuadro adjunto de la Síntesis del Informe, se recogen éstas, destacando en rojo las que tienden a empeorar, en verde las que mejoran y en amarillo las estacionarias. Como se aprecia, a medio plazo hay tendencias que se esperan en verde, pero éstas desaparecen del Cuadro cuando se enfoca el largo plazo, en el que el deterioro ambiental es mayoritario. Así no se espera que las mejoras previstas en la mayoría de los ámbitos sean suficientes para evitar el deterioro, a la vez que se prevé que los impactos ocasionados por el cambio climático empeorarán la situación en todos los epígrafes.

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Está claro que la crisis financiera de 2008 y sus negativas consecuencias económicas y sociales han contribuido a reducir algunas presiones medioambientales, según nos muestra el Informe. Queda por ver si estas mejoras se mantendrán ahora que se ha iniciado una cierta recuperación económica con incremento en las ventas de productos de consumo, el turismo, el consumo de la electricidad, el comercio exterior e incluso el consumo de cemento.

En el Informe queda claro que las políticas acordadas actualmente no bastan para que Europa logre sus objetivos medioambientales a largo plazo (sobre todo el de reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero en un 80-95% para el 2050). Y el Informe insiste en la necesidad de redoblar los esfuerzos para que Europa pueda alcanzar el objetivo de «Vivir bien, respetando los límites de nuestro planeta» antes de 2050. Desgraciadamente, en las políticas del Gobierno español del partido popular ni están ni se esperan políticas u objetivos ambientales a largo plazo. Esperemos que en las nuevas Comunidades autónomas y Ayuntamientos, en las que afortunadamente ha salido del Gobierno el partido popular, la preocupación ambiental esté a la altura de las necesidades de ese “buen vivir” en un marco de mejora continua de la sostenibilidad ambiental.