La vida política tiene sus servidumbres y exigencias. Y una de ellas –posiblemente la más difícil– es saber retirarse de verdad. Sin nostalgias, ni tentaciones conspirativas.

Casi todos los líderes que han desempeñado un papel dilatado en la vida de sus partidos tienen la tentación de intentar seguir moviendo los hilos desde la sombra. Y a veces ni tan siquiera desde la sombra. Lo cual tiende a complicar la vida a los nuevos líderes, que durante un tiempo se pueden ver perseguidos por las sombras y fantasmas del pasado.

Los condicionantes desde el pasado generalmente operan como un factor retardatorio en las posibilidades de despegue de los nuevos líderes, en la medida que los fantasmas del pasado, en la mayor parte de los casos, restan credibilidad y apoyos. Sobre todo cuando los líderes anteriores acabaron sus mandatos en un clima de fuerte descrédito para su partido y de neto retroceso electoral. Por eso, precisamente, tienen que marcharse del todo y dejar paso a que otros líderes y enfoques puedan operar sin condicionantes, para intentar recuperar la credibilidad perdida y los apoyos electorales necesarios. Sencillamente esta es la ley de la vida de la política.

El problema surge cuando los fantasmas del pasado continúan planeando sobre el presente –y no digamos si en vez de limitarse a planear se dedican a conspirar– y cuando los nuevos líderes, imbuidos de sentido de la responsabilidad y de la bonhomía, se muestran renuentes a aceptar el consejo que les suelen dar desde sus entornos, en el sentido de que, para inaugurar una nueva etapa con suficiente credibilidad y fortaleza, es necesario cortar amarras nítidamente con la anterior, criticando todo lo que sea necesario. Incluso algunos hablan de la necesidad  freudiana de “matar al padre” como primera exigencia para el pleno ejercicio de la primogenitura.

El reciente asunto de las reuniones y declaraciones públicas del ex Presidente José Luis Rodríguez Zapatero constituyen un caso típico, de manual, de esta problemática, que llega en unos momentos delicados para el PSOE y para España, en los que es muy importante que el PSOE trabaje, y se proyecte públicamente, con la máxima seriedad y coherencia, lejos de todo espíritu de chapuza, de ocurrencia o de intriga.

El caso de Zapatero resulta especialmente delicado en la medida que durante su último período de gobierno la popularidad y los apoyos del PSOE se vinieron abajo de manera tan aplastante que todavía cuesta remontar el declive electoral que se produjo. Y, sobre todo, cuesta recuperar la confianza en la capacidad del PSOE para actuar con rigor, para cumplir sus promesas y, en especial, para mantenerse fiel a su electorado que –no se olvide– es mayoritariamente de izquierdas. No se trata solo del muy peculiar proceso de reforma exprés de la Constitución en menos de 15 días, y del muy discutible fondo y sentido de dicha reforma, sino de todo un conjunto de regresiones, dudas, oscilaciones, ocurrencias y comportamientos discutibles que en poco tiempo arruinaron años de esfuerzos, compromisos y avances y conquistas importantes para los sectores más débiles de la sociedad y para España, como tal.

Aunque no debe olvidarse que en el conjunto de la gestión de Rodríguez Zapatero se produjeron logros y avances apreciables en diferentes planos, lo cierto es que el poso del último período –sin duda afectado por condicionantes objetivos muy difíciles de gestionar– ha dejado una herencia problemática, que ha modificado las intenciones de voto de muchos españoles. Por eso no tiene ningún sentido que en estos momentos se agiten los fantasmas del pasado, sean los de ZP o cualesquiera otros. En política, los electores no van a votar a los nuevos líderes por lo bueno y positivo que pudieran haber realizado sus antecesores –para eso ya votaron en el pasado–, sino que votarán o no votarán por lo que los líderes actuales puedan proponer o representar de bueno en su proyecto y programa. Y si no se ven motivados a votar por lo bueno del pasado, menos aún van a votar por lo que ellos interpreten o vean de malo de dicho pasado. En definitiva, un auténtico dislate.

A estas cuestiones de fondo, en el caso de la reciente reunión entre Zapatero y Bono con Pablo Manuel Iglesias e Íñigo Errejón, se une una impresión bastante general de secretismo y conspiración que no aporta nada positivo a la situación actual del PSOE y que hace que bastantes afiliados socialistas y votantes del PSOE contemplen el panorama con preocupación y perplejidad.

¿Nuevas ocurrencias de Zapatero? ¿Nuevas conspiraciones de Bono? ¿De qué trataron en dicha reunión secreta –o discreta– de la que no dieron cuenta hasta que, verosímilmente, los propios líderes de Podemos la filtraron convenientemente? ¿Solo hablaron de nimiedades y generalidades? ¿Abordaron cuestiones más de fondo? ¿En nombre de quién o quiénes hablaban y para qué?

La intención de Zapatero de situar este “incidente” en el contexto de una potente exaltación y reclamación de la figura política de Susana Díaz, no hace sino arrojar más leña al fuego, en una forma que hace dudar de que se trate solo –desde su personalísima posición– de una ocurrencia más.

A Susana Díaz, desde luego, Zapatero la hace un flaco favor político y personal, en la medida que la condiciona en una encrucijada en la que tiene que tomar una decisión de hondo alcance, como es anticipar o no unas elecciones cuando su socio de gobierno ha desenvainado una espada de Damocles de tanto alcance como convocar en cualquier momento un referéndum entre sus bases para decidir si continúan o no continúan apoyándola. ¡Menuda manera tienen algunos de entender la lealtad política!

Pero, el problema más de fondo es que al exaltar y reclamar el liderazgo de Susana Díaz “para lo que sea” la presentan públicamente como una líder que puede –o podría– querer utilizar las elecciones andaluzas como una simple plataforma o peldaño para escalar cimas políticas más altas. ¿Alguien se puede imaginar una ocurrencia más dañina para deteriorar la credibilidad de Susana Díaz ante el electorado andaluz? ¿Habrá quedado sembrado ya este poso de duda y desconfianza?

De igual manera, al utilizar el nombre y el prestigio de Susana Díaz en conspiraciones y ocurrencias de este tenor, se mezcla su figura –sin su consentimiento, ni su propósito– en unas maneras de proceder en el interior del PSOE que están muy alejadas de la cultura de “patriotismo de partido” que tan arraigada está entre la militancia socialista andaluza. Lo cual obliga a desmentidos, aclaraciones y consideraciones que ahora no vendrían a cuento. Y que no producen sino efectos perniciosos en las actuales perspectivas electorales del PSOE, en unos momentos en los que tan necesario resulta en España el papel de una izquierda sensata y socialmente comprometida como la que representa el PSOE. Máxime después de realizar un ejercicio ejemplar e impecable de democracia interna del que han salido unos liderazgos (en España, en Andalucía y en otros lugares) cada vez más valorados y respetados por la opinión pública. Como hace años no se conocía.

Queden, pues, los fantasmas del pasado en sus castillos, más o menos encantados, y en sus tiempos históricos, con sus valoraciones y sus méritos y desméritos, y déjese trabajar sin problemas a los nuevos líderes. ¿Cómo no se entiende algo tan elemental?