En Francia, Le Pen supera en expectativas de voto al mismísimo Sarkozy ante las elecciones presidenciales del próximo año. En Italia, el Gobierno de Berlusconi es títere de la xenófoba Liga Norte y promueve en el Senado la derogación de la ley que prohíbe la apología fascista. En Holanda, Bélgica, Suecia y Austria los nazis están instalados firmemente en las instituciones.

Y para completar el panorama, parece que el rival republicano de Obama en Estados Unidos puede ser Mike Huckabee, un ultraconservador creacionista que aplaude la famosa ley fascista de Arizona.

Si crecen los partidos ultras es porque sus ideas calan crecientemente entre la población. Como hace cien años, el caldo de cultivo para el resurgimiento fascista está formado por la crisis económica, el deterioro social, el temor al paro y la culpabilización del diferente. Ahora no se trata tanto de los judíos como de los rumanos, los magrebíes o los subsaharianos. Se manipula el miedo de la gente, se enciende su ira y se apunta al inmigrante. La enfermedad es tan asquerosa como entonces, y se contagia a gran velocidad.

El fascismo nunca desapareció del todo, pero hasta hace bien poco existía un gran consenso social y político para ponerle coto. Ese consenso ha quebrado. Una parte de la derecha contempla hoy el odio al inmigrante como un caladero interesante y legítimo para pescar votos. Y una parte de la izquierda procura mirar hacia otro lado. Se evita combatir las ideas xenófobas por miedo a ir contracorriente y pagarlo en las elecciones.

Cuarenta años de franquismo no han vacunado a España. El fascismo también avanza aquí, aunque aún no haya surgido un partido capaz de aglutinarlo o un líder con suficiente atracción mediática. Pero sus ideas, sus consignas y sus propuestas están prendiendo en muchas de nuestras ciudades.

Por eso cada vez más Ayuntamientos se niegan a empadronar a los inmigrantes. Por eso se multiplican las instituciones que prohíben el uso del burka, aunque no haya burkas en kilómetros a la redonda. Por eso en estas elecciones municipales y autonómicas hay muchos candidatos que hacen bandera de la “mano dura” con la inmigración, “que se integren o que se vayan”, “los españoles primero”.

De poco sirve recordar que muchos españoles fuimos también emigrantes en busca de techo, comida y dignidad. Resulta difícil explicar que los inmigrantes vinieron porque les llamamos para ocupar los empleos que nosotros no queríamos. Que hicieron su trabajo, que pagaron sus impuestos, que nos ayudaron a crecer. Que ellos no tienen la culpa de la crisis, porque ellos no dirigían el casino financiero que nos trajo este lío. Ellos solo servían las mesas y limpiaban el suelo por un sueldo módico.

Y que ahora merecen respeto, con iguales deberes y con iguales derechos que todos los demás. Ni más ni menos.

Hay momentos para los cálculos electorales. Y hay momentos para la decencia, vayan los votos donde vayan. Tenemos la obligación moral de parar al fascismo. Antes de que sea tarde. Otra vez.