Dos días después, el 12 de septiembre, la Federación Española de Bancos de Alimentos fue galardonada con el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia 2012, una distinción de alcance internacional que pone en valor la generosidad y el altruismo en favor de los demás de los donantes de alimentos, de los voluntarios y de las organizaciones que los canalizan.

Suecia, Dinamarca, Finlandia, Holanda y Reino Unido (es llamativa su posición, teniendo en cuenta que la organización ‘Save the Children’ lanzó el 5 de septiembre su primera campaña para ayudar a 1.600.000 niños en situación de pobreza severa que viven en este país) encabezan esta propuesta, amparados en la idea de que forma parte de las funciones de los Estados y no de la Unión Europea, “dar de comer” a sus ciudadanos. Frente a esta postura se encuentran los partidarios de la cohesión, que consideran que es necesaria la solidaridad. En este sentido, la Comisión apoya mantener la financiación a los bancos de alimentos entre los años 2014-2020, aunque se esté manejando reducir la cuantía de la ayuda de 3.500 millones de euros a 2.500.

Grecia, España, Portugal e Italia son los países europeos más afectados, con una tasa de pobreza que, en el caso de Grecia supera el 27% de la población. Pero también Francia y Alemania, con un porcentaje del 19,7% se verán muy directamente impactados por esta medida.

En España, según declaraciones del presidente de la Federación Española de Bancos de Alimentos, José Antonio Busto, conllevaría una reducción en torno a 50 o 60 millones de euros (34%) de la cantidad aportada por este concepto: 80,4 millones en 2012. Por hacernos una idea de su envergadura, tan solo en 2011 fueron repartidos en nuestro país 104 millones de kilos de alimentos de forma gratuita.

El efecto más inmediato llevaría a que las instituciones que gestionan estos bancos en nuestro país, solo pudieran dar cobertura a las familias y personas más necesitadas, en un contexto de aumento continuo de la demanda, que ya ha dado lugar, según informaba Intermon Oxfam en 2011, a que el 5% de los españoles (unos 2,35 millones de personas) pase hambre cada día y a que Cruz Roja Española, entre otras instituciones, se haya visto obligada a incrementar el programa de reparto de alimentos en asentamientos y núcleos deprimidos de toda la geografía de nuestro país. Las cifras son suficientemente ilustrativas, al inicio de la crisis el número de beneficiarios del programa de alimentos de esta institución dio cobertura a 18.659 personas y, según datos relativos al año 2011, en ese año se superaron los 900.000 beneficiarios. Además, en la actualidad, más de dos millones de personas se alimentan acudiendo a los bancos, a diferencia de las 850.000 que lo hacían en el año 2007.

Si en 2007 a estos recursos acudían personas y familias, que vivían por debajo del umbral de la pobreza, en estos momentos hay que añadir el perfil de los llamados nuevos pobres, básicamente familias de clase baja y de clase media, en procesos de movilidad social descendente, castigadas por el paro y que, en su mayor parte, son perceptoras de ayuda alimentaria para poder destinar sus ingresos al pago de la vivienda.

Al otro lado del océano, en Estados Unidos el escenario no es más ventajoso. No en vano, 47,6 millones de ciudadanos reciben los beneficios del Programa de Asistencia de Nutrición Complementaria, a través del uso de cupones para canjear por alimentos y la tendencia es creciente. Desde el año 2008, año del comienzo de la recesión, el 56% de los norteamericanos los utilizan, según destacaba un informe publicado este mismo mes por el Departamento de Agricultura norteamericano. El 47% de los beneficiarios son niños y el 8% mayores de 65 años, confirmándose una globalización de la pobreza infantil en los países más desarrollados del planeta.

También en Estados Unidos hay iniciativas para rebajar los gastos de esta partida, tal como plantea el candidato a la vicepresidencia por el partido republicano, Paul Ryan, quien propone una reducción de 33.000 millones de dólares anuales (de un total de 50.000 millones), lo que conllevaría no solo hambre, sino la imposibilidad de supervivencia para millones de personas en el país más rico del mundo.

“Malos tiempos corren Sancho hermano”, decía Don Quijote a su fiel escudero, malos tiempos corren para millones de personas en el mundo, pues “poderoso caballero es don dinero”, para quienes, codiciosos de poder e instalados en la insolidaridad, no pestañean ante lo injusto de un mundo con tantas y tan profundas desigualdades, amurallados en la superficialidad de lo aparentemente exitoso del triunfo material.