Al momento de escribir estas líneas, Grecia se dispone a votar no se sabe muy bien qué en un referéndum, el cual según el primer ministro Tsipras debe fortalecer la posición negociadora de este país frente a sus acreedores, es decir, el resto de la Eurozona, la Comisión Europea y el Fondo Monetario Internacional (FMI). Para demostrar que la cosa va a en serio, Atenas no ha dudado en dejar expirar el 30 de junio de 2015 el actual programa, lo que ha supuesto incumplir el plazo para pagar una parte de la deuda contraída con el FMI.

En artículos anteriores he señalado que las tácticas negociadoras de Syriza han mermado las posibilidades de alcanzar tempranamente un buen acuerdo para Grecia, al tiempo que la incertidumbre generada ha conducido sin prisa pero sin pausa a la fuga de depósitos a la imposición de capitales[1].

Lo grave no es que Tsipras y Varoufakis no tengan razón en muchas de las cuestiones de fondo[2]. Ciertamente, la orientación de los dos programas de asistencia financiera anteriores han fracasado sin ambages por su orientación hacia el ajuste fiscal a ultranza, al tiempo que el volumen total de la deuda pública genera serias dudas sobre su sostenibilidad a largo plazo. Sin que eso suponga que vaya a haber una sencilla condonación de la misma (recordemos que ha habido ya dos reducciones anteriores, al tiempo que el principal tenedor de la deuda es ahora el contribuyente europeo), sí que es necesario plantear medidas que disminuyan sensiblemente su carga, mediante el alargamiento de los plazos de amortización y el recorte de los intereses.

En cuanto al análisis de lo que cada partes se juega en estas negociaciones, es evidente que el Gobierno de Grecia, con cierto grado de irresponsabilidad, ha intentado obtener un mejor acuerdo con sus acreedores amenazando con la posibilidad de una suspensión de pagos unilateral acompañada de una salida de este país de la unión monetaria, lo que en efecto tendría consecuencias negativas para todas las partes, pero seguramente inasumibles para aquellos que quieren garantizar la continuidad del euro como proyecto político[3]. Desde este punto de vista, el Eurogrupo tendría que haber aceptado el 30 de junio de 2015 la última oferta griega en la que se aceptaba, con algunas enmiendas menores (llamativa la alusión a la liberalización del mercado de gimnasios, asunto que quizás preocupa al vigoréxico Varoufakis) la propuesta de la Comisión Europea de 28 de junio. De esta manera el referendo del 5 de julio no se tendría por qué celebrar, o en todo caso los ciudadanos acudirían dispuestos a respaldar el acuerdo firmado por su Gobierno, el cual reclamaría el “Sí”.

Que éste no sea el caso, y si en efecto las próximas horas discurren sin más negociaciones, cabe suponer que algunos Estados miembros, y Alemania en particular, se han cansado de las tácticas del dúo Tsipras-Varoufakis, y que están apostando a que éste pierda la consulta del domingo, bajo los efectos de la siempre impopular imposición de controles de capital. En última instancia, los sectores más conservadores de Europa estarían animando incluso la salida de Grecia del euro, para zanjar la cuestión de una vez por todas. También esta actitud es irresponsable. Syriza tiene posibilidades ciertas de ganar el referéndum del domingo, si es que se celebra, cabalgando sobre la ola del orgullo nacional frente a las presiones de la antigua Troika, al tiempo que Tsipras ha reconocido que busca un respaldo fuerte de la ciudadanía para así obtener un mejor acuerdo.

En cuanto a echar a Grecia de la unión monetaria, se trata de un curso de acción que no es ni deseable, ni sencillo. Aquellos que apoyan esta solución, por llamarlo de alguna manera, subestiman las devastadoras consecuencias que la expulsión del país heleno tendría para la credibilidad del proyecto de construcción europeo. Asimismo, no se tiene en cuenta que solo es posible salir del Euro por la vía de hecho, es decir, que Grecia tendría que decidir imprimir otra moneda. Si el Gobierno griego, como parece, se niega a abandonar el euro voluntariamente, habría que provocar el colapso definitivo de su sistema bancario para lo que sería necesario la colaboración del Banco Central Europeo, de cuyo accionariado, no lo olvidemos, forma parte Atenas, de modo que Fráncfort del Meno cortara el acceso a la llamada Asistencia de Liquidez de Emergencia[4]. Esta jugada no es fácil de justificar ni moral, ni política ni jurídicamente: se estaría penalizando a los bancos domiciliados en Grecia por la insolvencia de su Gobierno. Todo ello a pocos meses de que entre en funcionamiento la pieza clave de la unión bancaria, con su Mecanismo Único de Resolución al que los bancos griegos siempre tendrían el derecho a recurrir para ser recapitalizados u ordenadamente liquidados.

Incluso si Grecia, liberada de la carga de devolver la deuda pública en el supuesto de una fractura definitiva, siguiera sin poder cubrir todos sus gastos con ingresos fiscales, el Gobierno emitiría pagarés denominados en euros que circularían en paralelo a la moneda europea, pero sin abandonar la pertenencia de su Banco Central BCE ni renunciar a los derechos de aquél a imprimir billetes de euro en el marco del Eurosistema. Estaríamos en todo caso de manera explícita en el mundo de los hechos consumados y las acciones unilaterales, con todo lo que ello supone para la idea de Europa.

En cualquier caso, el escenario del lunes 6 de julio de 2015 será de renovada incertidumbre, y de nuevas negociaciones para tratar de resolver el problema de la deuda pública griega, bien con un Gobierno de Syriza fortalecido por el resultado del referéndum, bien con el que se forme elecciones generales mediante (lógicamente Tsipras tendría que dimitir si su propuesta es derrotada en la consulta).

Lo que es evidente es que Europa no funciona adecuadamente por la ausencia de estructuras federales de gobernanza económica, fiscal y financiera de su unión monetaria. El euro es un proyecto incompleto, al no contar con la necesaria dimensión presupuestaria que suavice los efectos de los llamados choques macroeconómicos asimétricos. La puesta en común de la fiscalidad y de la capacidad de gasto anticíclico requiere un salto cualitativo de corte federal que las élites políticas nacionales en muchos Estados miembros todavía se resisten a dar, en un ejercicio de miopía y de manipulación del mal llamado interés nacional verdaderamente notable, por no decir asombroso.

La alternativa, por defecto, para resolver las crisis es este método intergubernamental, caracterizado por interminables negociaciones opacas en el seno del Eurogrupo, donde ninguno de sus integrantes defiende el interés general europeo, y en el que no desempeña ningún papel el Parlamento Europeo, la institución que representa a la ciudadanía. Esta metodología no es eficiente ni democrática. El desastre griego, aunque se palie con el consabido acuerdo de última hora, es ya un hecho inapelable. Los líderes europeos deben extraer la lección y acelerar la profundización de la Unión Económica y Monetaria, a un ritmo y con una ambición mucho mayores que los planteados en el Informe de los 5 presidentes[5].

[1] Véase “La gestión de la economía: la realidad y los sueños” (06.02.2015) en https://fundacionsistema.com/Info/Item/Details/5756y  “El dilema de Grecia” (11.05.2015) en https://fundacionsistema.com/Info/Item/Details/5896

[2] Véase “Crédito y condicionalidad” (19.02.2015) en https://fundacionsistema.com/Info/Item/Details/5770y y  “El dilema de Grecia” (11.05.2015) en https://fundacionsistema.com/Info/Item/Details/5896

[3] Véase “El futuro de Grecia (y el de la Eurozona)” (22.06.2015) en https://fundacionsistema.com/Info/Item/Details/5958

[4] En inglés EmergencyLiquidityAssistance, conocido como ELA.

[5]Presentado ante la reunión del Consejo Europeo del 25 y 26 de junio de 2015, véase http://europa.eu/rapid/press-release_IP-15-5240_en.htm