Ese espíritu de sensatez y de consenso y esa capacidad de todos para “ceder” algo de su parte en aras del interés común es, precisamente, lo que ha faltado en estos momentos. Y ese es principalmente el mensaje que está llegando a la opinión pública, más allá de las consideraciones –nada inoportunas, por cierto– sobre quién tiene más responsabilidades en la falta de un tipo de acuerdo que en este momento sería muy positivo para que los ciudadanos cobraran mayor confianza en las posibilidades de futuro y pudieran empezar a salir de las actitudes de pesimismo, recelo y retraimiento económico que tan negativas son para la recuperación de la crisis y que tanto están afectando a las propias empresas.

La impresión que han dado algunos responsables socioeconómicos es, precisamente, que no entienden el fondo de la cuestión y que priorizan demandas inasumibles por todos y consideraciones políticas de desgaste del Gobierno, sin tener en cuenta suficientemente los perjuicios objetivos que tales procederes cerrados pueden causar al sector económico que representan.

En condiciones como las actuales, el acuerdo siempre es positivo porque transmite un mensaje de seguridad y de confianza a los ciudadanos y porque permite obtener algunas ventajas objetivas que favorecen el dinamismo económico. Desde luego, siempre será mejor obtener algo que nada. De ahí que sea difícil entender la cerrazón y el espíritu de órdago del actual Presidente de la Patronal.

En cualquier caso, el Gobierno de la Nación, que es el que tiene la responsabilidad de gobernar –y toda la legitimidad para ello– siempre podrá tomar por su cuenta las medidas que considere más adecuadas para estimular la economía, se avenga o no se avenga la cúpula actual de la Patronal a hacerse una foto con el Gobierno y los Sindicatos. El problema, por lo tanto, es de ineficacia y de disfuncionalidad, ya que tales acuerdos y tales fotos también beneficiarían a los empresarios, en la medida que contribuirían a generar elementos positivos de acuerdo y estabilidad, al tiempo que lograrían algunas ventajas concretas (aunque no fueran todas las que pretendían Díaz Ferrán). De ahí lo difícil que resulta entender determinadas formas de proceder, a no ser que se trate de una apuesta de mero carácter político o personal. Apuesta, por lo demás, bastante contraproducente, ya que a la par que se desgasta –eventualmente– al Gobierno se puede causar un daño objetivo a la economía y, por lo tanto, a los propios empresarios que se dedican estrictamente a lo suyo.

La resistencia de la actual dirección del PP a llegar a establecer unos acuerdos con el Gobierno similares a lo que fueron en su día los Pactos de la Moncloa se puede comprender en términos de estrategia política de desgaste, por mucho que no se comparta en términos de interés general. “Los del PP van a lo suyo” –podría convenir un ciudadano de la calle. Pero, los de la Patronal, ¿a qué van? ¿Cuál es lo “suyo” en estos momentos? ¿Qué intereses reales han estado representando en las últimas conversaciones? ¿De verdad piensan que son creíbles algunos de los argumentos que han puesto encima de la mesa? ¿Por qué han apostado tan fuerte y tan rotundamente en intentar hacer pagar un “peaje” inasumible al Gobierno para hacerse una foto de “consenso”, de la que los principales beneficiarios serían las empresas?

Obviamente no hay que extrañarse de que la opinión pública esté perpleja y que sean muchos los que no compartan las razones de algunos representantes empresariales de anteponer razones personales o criterios de desgaste político a unas exigencias bastante obvias de interés económico nacional y ¡también de interés empresarial!