En un abrir y cerrar de ojos estábamos en el 14 de Martínez Campos, puerta de entrada de la Institución Libre de Enseñanza. Entramos y pasamos corriendo el jardín: la plazoleta del verde y alto tejo, la de la morera, de suculentas hojas verdes para los gusanos de seda, la tercera plazoleta, con la yedra verde que subía por el muro, límite del con el convento de las monjas; del nogal tumbado y de la alta acacia, ya en los límites del terreno del frontón. A él llegamos donde nos esperaban nuestros compañero desde hacía unos diez minutos. Como estábamos en el recreo grande, el del bocadillo, algunos lo comían, pero no se perdió tiempo, se echó a suertes y los agraciados, dos parejas, empezaron a jugar una partida a tres tantos.

El frontón era de un tamaño adecuado para un colegio. La pared que hacía de frontón mediría unos doce metros de largo –ancho del frontón- por diez de alto. A la izquierda tenía una pared, a lo largo del frontón de unos 15 metros. No tenía pared de rebote, aunque en el tronco de la acacia, podía rebotar la pelota. A la derecha una media pared, de un edificio de clases, participaba también en el juego. En la pared frontón, una barra metálica, a la altura adecuada, indicaba las faltas.

Como todo frontón que se respete, el nuestro tenía sus “intríngulis”, que los jugadores conocíamos y que usábamos si se terciaba la oportunidad. Si la pelota llegaba al tronco de la acacia, era tanto seguro, salvo que un increíble “churro” del contrincante la devolviera al frontón. Otra solución era devolver de bolea la pelota antes de que botase, o devolverla a “bote pronto”, sin que alcanzase el tronco de la acacia.

Las esquinas eran también muy engañosas y el rebote en la pared de la derecha. Se comprenderá que lo “churros” y “chambas” eran frecuentes, lo que hacía más divertido el juego.

Al frontón había que mimarle. De ello nos encargábamos los jugadores. Cuando por las lluvias se formaba en la mitad un gran charco. Teníamos un escobón, al lado de la acacia. Para barrer el agua y extenderla en la superficie para que se secase antes. La acacia echaba algarrobas, hojas y pequeñas ramas que recogíamos, de cuando en cuando, barríamos el frontón. Todo ello nos lo agradecía.

Pero ¡ay¡ lo malo era cuando una pelota pasaba por encima de la red, y se “encolaba” en el jardín de las monjas. Cantábamos el “se ha encolao” y … se acabó el juego. No había forma de recuperar la pelota. Nos guardábamos mucho de echar la culpa al responsable, porque a cualquiera nos podía pasar. Las monjas eran intocables y no se las podía pedir que devolvieran la pelota.

En una ocasión, alguien llevo una pala. La copiamos en la clase de carpintería, con la ayuda del señor Hernández, y nos pusimos a jugar a pala. Los golpes sonaban secos y era una delicia, cuando se enganchaba bien a la pelota, salía disparada. Pero, nuestro gozo en un pozo, porque las palas, de pino, se rompieron y la pelota también. Así es que volvimos a darla con la mano. Con frecuencia ocurría que la mano se nos hinchaba. Era un orgullo pisárnosla para reducir la hinchazón.

Y así pasaron nuestros años de frontón.

Un comentario final. En la Institución nos enseñaban que el juego era para divertirse, no para ganar, ni para alardear de haber ganado.

Otro comentario, ahora sí, final. Las excavadoras han acabado con el frontón, el jardín y edificios emblemáticos, y hasta con las enseñanzas y tradiciones de la Institución. El negocio ha podido más que la moral y los principios.

Sin embargo, en el alba de los días del frío invierno, en el amanecer de la primavera, en el lugar del jardín donde estuvo el frontón, se oye un lejano eco de voces de niños que dicen: mía, pasa, falta, corta, de bolea, saca tú, se ha encolao… y es que, en ese rincón del jardín, los niños, siguen jugando al frontón.