En las sociedades de un pasado no tan lejano, los elementos de confrontación o de afirmación nacional se reflejaban generalmente en el plano político y bélico, de forma que la victoria o la derrota se producían frente a enemigos a los que se combatía con saña. Ahora, sin embargo, todo discurre por terrenos más sanos y sencillos, sin mayores riesgos o costes destructivos, como está ocurriendo en el fútbol y en otros deportes en los que la confrontación –y las correspondientes movilizaciones de identidad– se sustancian en los estadios y los campos de deporte, de manera pacífica y divertida. A veces, incluso con buenas muestras de deportividad.

En esta perspectiva, lo que está ocurriendo con el fútbol está adquiriendo unas dimensiones que desbordan con mucho a los círculos de forofos más organizados, que suelen desplazarse sistemáticamente a determinados lugares. Ahora estamos ante fenómenos que impregnan a sectores muy amplios de la sociedad, de todas las edades y procedencias sociales. Las banderas españolas que estos días se han enarbolado en coches y viviendas privadas, las pegatinas, camisetas y banderolas que exhiben con orgullo una gran cantidad de chavales y adolescentes revelan que hay mucha gente que está deseosa de manifestar su identidad por los procedimientos que sean.

Y este es un fenómeno del que debieran tomar buena nota algunos líderes y sectores políticos que, a veces, parecen como avergonzados ante cualquier posibilidad de hacer gala de un sano y no agresivo orgullo nacional. Desde luego, las realidades sociológicas y políticas de nuestro tiempo son muy distintas a las de aquellos períodos históricos en los que los “nacionalismos” extremos y los belicismos se utilizaban como poderosas armas políticas. A veces con los terribles resultados destructivos que todos conocemos. Ahora, la gran mayoría de los ciudadanos no se deja arrastrar tan fácilmente por las pasiones y los odios extremos. Ahora existe un clima más asentado de tolerancia y de capacidad racional y reflexiva, y mucha gente entiende sus identidades propias, no frente a otros, sino junto a otros, de manera más inclusiva y compleja. Pero…, como estamos viendo, sin que ello implique que no se esté deseando tener más espacios y oportunidades para exhibir unos componentes de identidad, que en otros terrenos de la convivencia civil parece que son administrados con demasiada cicatería. No me parece, pues, que estemos ante un asunto menor, que pueda ser despachado con un par de bromas.

¿Cómo van a evolucionar estas olas de identidad que se suscitan cada vez con más intensidad, especialmente en el fútbol? Es difícil saberlo, pero en cualquier caso hay que ser conscientes de que pueden dar lugar a resultados paradójicos. Por ejemplo, cuando escribo este texto se desconoce aún el papel que España podrá acabar teniendo en el campeonato mundial de fútbol. Pero hagamos por un momento una previsión hipotética. Imaginemos que la selección española gana la final del día 11 de julio. Pues bien, el día 10 de julio, precisamente, parece que vamos a ver una gran manifestación en Cataluña de expresión de sentimientos de identidad propios. Posiblemente acudirá mucha gente con banderas catalanas. Pero, si España gana el mundial, es harto probable que igualmente mucha gente, también en Cataluña, salga a las calles con banderas españolas, coreando ufanos eslóganes festivos del tipo del famoso “¡Yo soy español, español, español…!”. ¿Esto qué significaría? ¿El fútbol frente a la política? ¿El fútbol canalizando algo que en la política se está descuidando o debilitando demasiado?